Publicado en General el 21 de Febrero, 2007, 18:45
por Arcadio Sierra Díaz
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LA SEGURIDAD DE LA
SALVACIÓN ETERNA
LA SALVACIÓN ES UN REGALO
ETERNO DE DIOS
Por: ARCADIO SIERRA DÍAZ
2006
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ÍNDICE
1. La creación y caída del hombre
2. Conceptos implícitos en la salvación
3. La seguridad de la salvación
4. La salvación en tiempo pasado
5. La salvación en tiempo presente
6. La salvación en tiempo futuro
7. El propósito final de la salvación
8. La operación subjetiva de la cruz
Capítulo 1
LA CREACIÓN Y CAÍDA DEL HOMBRE
La complejidad de la caída del hombre
La salvación es un asunto fundamental y de transcendental importancia en el plan de Dios para con los hombres, y ocupa el mayor interés en la Palabra de Dios; y, claro, por eso mismo ha sido durante muchos siglos un tema controversial en la historia de la Iglesia, llegando incluso a desviarse la verdad escrituraria en torno a lo que respecta a la persona y la obra de Cristo como verdadero y único Salvador de los hombres, tanto que se llegó a comerciar con la salvación, de tal modo que cuando, con la Reforma, se empezó a regresar al principio de que es un regalo de Dios que se recibe por fe, de todas maneras quedó impregnado en el cristianismo la falacia de que la salvación depende del comportamiento del hombre, de sus obras, y de eso a que la salvación se pierde, quedó como una doctrina como si fuera bíblica. Desde el comienzo ha habido ataques de judaizantes, que han querido imponer que se cumpla ciertos ritos de la ley mosaica; otras corrientes han insistido que los creyentes deben hacer obras buenas para poder salvarse; otras corrientes han llenado al cristianismo de legalismos y pesadas cargas. Pero el Señor está restaurando todo el depósito del consejo de Dios, incluida la salvación de Dios como un precioso regalo por medio de Jesucristo.
La caída del hombre es muy compleja. El hombre en su caída quedó postrado; fueron afectadas sus tres partes: su espíritu murió porque fue separado de Dios; se enseñoreó el pecado en el hombre, y su alma, sin la influencia divina a través del espíritu, fue afectada tan fuertemente, que se pervirtió y se convirtió en el centro de la persona humana, y enseñoreándose vino a ser el ego, independiente de Dios, para hacer su propia voluntad, pero sometida y vendida a un nuevo poder maligno y perverso; y el cuerpo vino a ser esclavo de la concupiscencia, y ya convertido en la carne, quedó bajo la total soberanía del pecado y de la muerte que mora y opera en sus miembros. Como vemos, pues, el hombre cayó en un problema muy grave, muy complejo, que no se remedia con un simple perdón. Si fuera remediado con simplemente perdón, pues cada vez que pecáramos perderíamos esa salvación, y cada vez que volviéramos a ser perdonados, recuperaríamos esa salvación. Pero eso no es sólo el problema. El problema es más de fondo. El problema es que nuestra naturaleza fue afectada tan profundamente que ya no es sólo lo malo que hacemos, sino lo malo que somos. Heredamos de Adán un poder malévolo que no sale con un simple perdón. Integralmente nacimos afectados para muerte en el espíritu, en el alma y en el cuerpo. Y la única solución es que venga a morar dentro de nosotros un poder, una ley, más fuerte que la ley del pecado y de la muerte, que es la ley del Espíritu de vida en Cristo, que opera por la obra de Cristo en la cruz y en la resurrección, y que recibimos por la gracia de Dios cuando creemos. Opera por un nuevo nacimiento espiritual, y ese nuevo nacimiento no es temporal, sino eterno.
Sí, debemos ser perdonados cuando pecamos, pero del pecado, la fuerza interior maligna que heredamos en la naturaleza adámica, tenemos que ser libertados. Aclaramos que una cosa es el poder del pecado y de la muerte que está en nuestra carne, pero para contrarrestarlo, para vencerlo, tenemos que recibir un nuevo poder más fuerte, que es el poder del Espíritu de vida en Cristo. Esa es la vida de Dios en nosotros cuando creemos, que aplica el Espíritu cuando viene a morar y a darle vida a nuestro espíritu. Esa vida eterna jamás saldrá de nosotros.
Poder de Dios para salvación
Iniciamos esta enseñanza con una rotunda declaración del apóstol Pablo a los romanos: "16Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. 17Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá" (Ro. 1:16,17). El evangelio habla del poder de la obra de Cristo para salvarnos; y esa salvación no depende de nosotros, sino de la obra del Señor, cumpliendo la voluntad de Dios, salvación que se recibe por fe. No podemos apropiarnos de algo que nosotros ni hemos hecho ni podemos sustentar. Hoy comenzamos con los propósitos eternos de Dios para con nosotros al tomar la iniciativa de salvarnos. Vamos a estar atentos a lo que nos dice al respecto la Palabra de Dios. Para empezar, vemos que la salvación se hace realidad en nosotros por creer; sencillamente se recibe por fe.
La palabra salvación está traducida al castellano del término griego sotería [σωτηρία], que denota liberación, preservación, salvación; de ese término se deriva la palabra Soteriología, que es la parte de la Teología que trata acerca de la salvación. Los griegos usaban la palabra sotería para significar seguridad; es decir, estar a buen resguardo, y también para significar estar en buen estado; por ejemplo, estar en buen estado económico y otros aspectos de la solvencia. Incluso, algunos reyes griegos, como los descendientes de los cuatro generales que se dividieron el imperio que conquistó Alejandro Magno, solían agregarse un sobrenombre, sobre todo entre los descendientes de los Ptolomeos y Seléucidas. Sobrenombres como Evergetes (benefactor), Epífanes (dios manifestado), Filadelfo (el que ama al hermano), y otros el de Soter (salvador). Claro que la Palabra de Dios declara que nuestro verdadero Soter es Jesucristo: "Aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo" (Tito 2:13).
La salvación es de Dios
De acuerdo con las Sagradas Escrituras, podemos afirmar las siguientes tres declaraciones:
Primero
En primer lugar tengamos en cuenta que la salvación no se origina en el hombre, pues la salvación es de Dios. La Palabra de Dios tiene multitud de versículos que declaran enfáticamente que salvación es de Dios. La salvación es absolutamente de Dios. Por ejemplo, en el Salmo 37:39: "Pero la salvación de los justos es de Yahveh, y él es su fortaleza en el tiempo de la angustia". También lo podemos ver en Efesios 1:3-6: "3Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, 4según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, 5en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, 6para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado". Allí encontramos que la salvación es de Dios; es una determinación eterna de Dios salida de Su voluntad soberana, pues Él tiene Sus propósitos que tienen íntima relación con esa salvación. El hombre sin Dios, en su oscuridad ignora que necesita de salvación. Si la salvación dependiera del hombre, sería sobremanera frágil, sin meta, y nadie podría tener confianza en ella. Dios tuvo a bien, por Su voluntad soberana, escogernos en Cristo desde antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de Él. Nosotros no habíamos aún nacido y no habíamos hecho ni bien ni mal; es más, ni siquiera el mundo había sido creado, y Él ya había decretado en la eternidad que nosotros algún día veríamos Su rostro, por medio de la poderosa salvación provista por Su Unigénito Hijo, el Señor Jesucristo.
Segundo. La salvación es por Cristo y mediante Cristo
No hay otro medio por el cual nosotros seamos salvos. Al respecto encontramos en las Escrituras afirmaciones tan contundentes como la del apóstol Pedro en el contexto de su defensa ante el Sanedrín con ocasión de su arresto junto con Juan. En esa defensa, Pedro les dice a los ancianos del concilio supremo: "11Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. 12Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos" (Hch. 4:11,12). También el autor de Hebreos afirma que Jesús de Nazaret es el autor de nuestro salvación: "Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos" (He. 2:10). Cristo fue perfeccionado por aflicción. El que Cristo hubiese sufrido para ser perfeccionado, no significa que antes era imperfecto, pues Él de antemano ya tenía todas las cualidades necesarias, Él era el Cordero inmolado desde antes de la fundación del mundo, pero en su pasión y obra en la cruz, se ejercitó, llevó a la práctica esas aflicciones, y entonces fue perfeccionado para llegar a ser el autor de nuestra salvación, como lo dice también Hebreos en 5:9: "Y (Cristo) habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen", lo que también afirma Pablo, por ejemplo, en Gálatas 1:4: "El cual (viene hablando del Señor Jesucristo) se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre". Lo repetimos a fin de que tengamos la certeza bíblica y por el Espíritu, de que la salvación la recibimos únicamente por Jesucristo y Su obra redentora, conforme a la voluntad de Dios.
El versículo anterior dice que Cristo se dio a Sí mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre. Él hizo eso por nosotros. De manera, pues, que la Palabra dice que la salvación es de Dios por medio de Jesucristo, pero eso no es todo; veamos.
Tercero.
La salvación no se basa, no se fundamenta ni se origina en las obras del hombre
Cuando empezamos a pensar que nuestra conducta y nuestras obras se relacionan con nuestra salvación eterna, hay el peligro de que creamos que la salvación se pierde; pero si la salvación se fundamentara en nuestras obras, hermanos, nadie estaría aquí en esta reunión adorando a Dios; porque todos nosotros somos pecadores. Aun santos, pero santos pecadores. En Efesios 2:8 dice así: "8Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; (ahí no dice porque yo haga; ahí revela la Palabra una combinación de gracia y fe; dice que es un regalo de Dios que se recibe por medio de la fe, no por lo que yo haga) y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9no por obras, para que nadie se gloríe". La obra de Cristo, por su gracia, nosotros la recibimos sencillamente por fe. Por ejemplo, Pablo, hablándole a los romanos del remanente judío que ha escogido por gracia, les explica: "Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia (porque el que obra está trabajando y merece su paga) y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra" (Ro. 11:6).
También tenemos la exhortación del apóstol Pablo a Timoteo: "8Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, preso suyo, sino participa de las aflicciones por el evangelio según el poder de Dios, 9quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos". (2 Ti. 1:8,9). Él no nos llamó porque fuéramos buenos o malos. Creo que Él soberanamente nos llamó por amor, como dice en Efesios 1, por su buena voluntad nos llamó. Porque nadie es mejor que otro; nosotros somos los que hacemos esas categorías en las personas. Pero Dios mira el corazón, y obra según el propósito suyo. Él desde la eternidad tiene un propósito; Dios dictó un decreto eterno. "Sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos". La gracia fue también declarada, decretada para nosotros "antes de los tiempos de los siglos". Hay un decreto, hay un propósito eterno de Dios para con nosotros; no es solamente, hermanos, que nosotros no vayamos al infierno, como tal vez lo creíamos.
Creíamos que solamente la salvación era para que no fuéramos al infierno. De pronto, al morir, iríamos a estar encaramados en una nube, con un arpa, vestidos de pronto con una batica blanca; no. Él tiene propósitos de mayor alcance que eso, tanto que la salvación es la entrada a vivir la vida de Dios, para practicar en nosotros un nuevo nacimiento, para experimentar, vivir con el Señor los propósitos eternos que Él tiene desde toda la eternidad, que van más allá de toda expectativa meramente humana. La nueva creación en nosotros, ¿para qué será?. El Señor tiene unos propósitos grandes y eternos con Su Iglesia, más allá inclusive de ser la morada de Él. El nuevo hombre que es Cristo, nosotros con Él lógicamente, tiene propósitos mucho más altos. Tiene propósitos para que el Reino de Dios, el gobierno de Dios llegue a todas las confines de la creación, parte de la cual había usurpado el enemigo; y todavía ese enemigo no ha sido despojado de esas prerrogativas, aunque la sentencia contra él ya fue dictada.
Tampoco la salvación es por el cumplimiento de la ley. El apóstol Pablo, en el capítulo 3 de Romanos, habla de que el mundo entero es culpable ante Dios, de que no hay justo ni aun uno, y entonces declara: "19Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios; 20ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado. 28Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley" (Ro. 3:19-20,28)". Porque esa justificación es por la obra del Hijo de Dios y no por ningún mérito nuestro.
La primera parte del capítulo 3 de la carta de Pablo a Tito habla de la fe y las obras, y dice: "3Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros. 4Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, 5nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, (por Su misericordia es que estamos aquí hablando) por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo" (Tito 3:3-5). Cuando creímos fuimos regenerados, nacimos de nuevo. La renovación es operada en el alma, pero antes debe realizarse la regeneración en el espíritu. La renovación ocurre en el alma por el Espíritu Santo cuando ya mora en nuestro espíritu humano.
Cuarto
Debido a que el hombre es un ser tripartito; es decir que consta de tres partes: espíritu, alma y cuerpo, entonces la salvación, como lo vamos a ver más detalladamente en el presente estudio, entonces la salvación se cumple en tres etapas o tiempos: pasado, en el espíritu; presente, en el alma, y futuro, en el cuerpo. Todas las citas bíblicas que se refieren a la salvación eterna (la del espíritu), sus verbos se encuentran en pasado; todas las que se refieren a la salvación del alma se hayan en tiempo presente, y todas las que se refieren al cuerpo, en tiempo futuro. ¿Por qué será esto? Podemos contestar con la siguiente revelación bíblica: El creyente, desde el momento en que fue regenerado espiritualmente, ya ha sido redimido de la culpa y pena eterna del pecado; al presente, por la transformación ejercida por el Espíritu, se está librando del poder que el pecado ejerce sobre su alma; y finalmente, en el futuro, será librado de la presencia del pecado en su ser. Cuando ello llegue plenamente a su realización, el creyente será conformado perfectamente a la imagen de Cristo.
Las tres Personas de la Trinidad y la salvación
En la salvación, entonces, ya vemos que interviene el Padre, luego el Hijo y más tarde el Espíritu Santo. Las tres personas de la Divina Trinidad trabajan y han intervenido y están interviniendo en nuestra salvación.
El Padre
Por ejemplo, la participación del Padre lo leímos en 2 Timoteo 1:8-10: "8Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, preso suyo, sino participa de las aflicciones por el poder de Dios, 9quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo (el propósito del Padre) y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos, 10pero que ahora ha sido manifestada por la aparición de nuestro salvador Jesucristo, el cual quitó la muerte y sacó a la luz la vida y mortalidad por el evangelio". El Padre tiene un propósito, y nos predestina, hermanos; ya está el decreto, ya está el propósito, ya está la elección, existe la predestinación del Padre desde antes de la fundación del mundo. Todo estaba determinado, pero se necesitó el cumplimiento de un tiempo de Él a fin de que se encarnase el Hijo, el Verbo de Dios.
El Hijo
Entonces interviene el Hijo para dar cumplimiento al propósito del Padre. El Hijo interviene en su encarnación; interviene el Hijo en su vida humana, en su ministerio, en su muerte en la cruz, carga sobre Sí nuestros pecados y nuestras culpas; luego en su resurrección, en su ascensión y glorificación en su envío del Espíritu y empieza la obra del Espíritu en etapas. Primeramente el Padre, luego viene la obra del Hijo y lo vemos en 1 Pedro 1:18-20, que habla de la intervención del Hijo, y dice así: "18Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata (la salvación es con cosas incorruptibles), sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un Cordero sin mancha y sin contaminación (en el decreto eterno de salvación del Padre, mira lo que estaba también incluido en ese decreto), 20ya destinado desde antes de la fundación del mundo, (o sea que el Cordero estaba destinado a morir por nosotros, a ser sacrificado por nosotros desde antes de la fundación del mundo, porque Dios sabía que el hombre iba a pecar) pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros". Esa es la obra del Hijo para dar cumplimiento según la voluntad de Dios. del Padre, y luego como decíamos en este momento, empieza la parte del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo
Cuando entra a morar la vida de Dios en nuestro espíritu, empieza un proceso de aplicación de la salvación en todo nuestro ser. El Hijo le da el cumplimiento al decreto del Padre, pero el Espíritu Santo lo aplica a nuestra personalidad; comenzando por el espíritu, que estaba muerto espiritualmente; le da vida al espíritu. Eso es lo que se llama vida eterna. Pero como nosotros tenemos tres partes, empieza el Espíritu a hacer un trabajo integral; si es que lo dejamos; porque a veces no queremos que Dios se meta con nuestra vida.
A menudo hay personas que dicen: Dios me hizo así, y así sigo siendo. Pero no, Él quiere cambiarnos, Él quiere renovarnos. Ya hubo una regeneración en el espíritu, ya hubo un nuevo nacimiento a la vida espiritual cuando creímos, pero ahora Él quiere renovar nuestra vida, la vida del alma, empezando por la mente, nuestra mente que reside en el alma, en nuestro yo, como dice en Romanos 12:2: "No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta"; y luego es necesario que siga renovando todo nuestro ser para que podamos utilizar mejor nuestra mente cuando los mensajes del Espíritu en nuestro espíritu pasen a nuestra mente y podamos nosotros comprender lo que ya sabe el espíritu, comprenderlo también con el alma, y luego actuar en la voluntad de Dios usando nuestra voluntad. Si nosotros no le permitimos al Señor esa renovación, nuestra transformación se alarga mucho, y las etapas se hacen mucho más lentas, y el trabajo de aplicación de la salvación del Espíritu en nosotros se hace más tardía, si acaso llega al cuerpo.
La predestinación
Hay algo aquí que hemos mencionado muy superficialmente, que es lo relacionado con la predestinación. Esto de la predestinación en la salvación es uno de los conceptos más controversiales que hay dentro del campo de la Soteriología, y ha habido mucha tinta vertida, muchos libros escritos y muchas corrientes y escuelas doctrinarias acerca de este espinoso asunto; pues la Biblia revela una preordinación de parte de Dios. Pero ¿qué es la predestinación? Como aquí en estas modestas enseñanzas no pretendemos dar cátedra de Teología, sino algo sencillo que la gente escuche y más tarde pueda leerlo y entenderlo, entonces digamos que la predestinación o preordinación, es el acto de Dios por el cual se efectúa la salvación del hombre, de acuerdo con la voluntad de Dios. Ya hemos leído algunos textos bíblicos donde la Palabra de Dios revela lo de la predestinación. Ahora tomamos otro ejemplo. Cuando con ocasión del primer viaje misionero del apóstol Pablo, encontramos un versículo acerca de la predestinación que realmente es importante ponerle cuidado. Los apóstoles habían estado predicando el evangelio en Antioquía de Pisidia, durante el primer viaje misionero de Pablo, y dice en Hechos 13:48: "Los gentiles, oyendo esto, se regocijaban y glorificaban la palabra del Señor, y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna". Sólo creyeron los que estaban ordenados; los que no estaban ordenados para la salvación, no creyeron.
Hermanos, en esto hay un misterio, porque nosotros fuimos creados con un libre albedrío; somos libres de hacer lo que nos plazca. Si queremos obedecer al Señor bien; y si no, también; sino que después tenemos que afrontar lo se que nos viene; pero ahora Dios respeta nuestras decisiones. Pero ¿cómo entonces conciliar la libre voluntad mía, mi libre albedrío, mi determinación de creer en el Señor o rechazarlo, con la voluntad soberana de Dios de salvarme? Él no me salva si yo no quiero que me salve. Él ya determinó salvarme, pero yo debo ejercer mi voluntad para aceptar esa salvación que Dios ha determinado para mí. Entonces es cuando interviene el Espíritu Santo; el Espíritu Santo viene en mi ayuda; la gracia de Dios es aplicada en mí por el Espíritu Santo a fin de iluminar mi entendimiento y hacerme ver mi estado pecaminoso, hacerme ver, y convencerme de que yo soy reo de muerte frente a la justicia de Dios. Por medio de la gracia Dios ayuda mi voluntad, pues viene luz de Dios a mi oscuridad; es como una herramienta que Dios me da, como una poderosa lámpara para que yo vea mi pecado y la necesidad del Salvador. Ahora lo pude contemplar todo, y lo acepté; pero yo debo usar mi voluntad. Hay una doble acción que se encuentran: yo creo, uso mi voluntad para aceptar, pero a la vez hay una voluntad soberana de Dios para salvarme. Dice, hermanos, que creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna. Las dos cosas son valederas. Algún día lo entenderemos mejor, cuando estemos con el Señor. Hasta ahí lo vamos a dejar.
La expiación ilimitada
Claro, tú lees la Palabra y ves que dice que la expiación es ilimitada; pero algunos dicen que no. Algunas corrientes doctrinales dicen que Cristo murió solamente por los salvos; que por los que se pierden, no. Pero la Palabra dice que murió por todos. Les voy a dar unos dos o tres versículos. Por ejemplo, leamos las palabras del apóstol Pablo en el Areópago de Atenas; dice: "Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar (y todos son todos) que se arrepientan" (Hechos 17:30). Hay una oportunidad para todos los hombres de todo el mundo. Entonces la salvación es para todos. También lo leemos al final de la conversación del Señor Jesús con Nicodemo: "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Juan 3:16). Entonces, hermanos, ¿cómo les parece? Pero a la vez de que la expiación es para todos, es universal, sin embargo, ahí está la voluntad soberana de Dios de que hemos hablado; está Su propósito eterno; de modo que nosotros no podemos irnos ni para un lado, ni para el otro. Nos iríamos a transitar terrenos peligrosos. Debe haber un equilibrio entre la voluntad del hombre para ejercer su fe, y el propósito eterno de Dios. Ahora, la incredulidad de los hombres que se pierden, no es culpa de Dios. Miren lo que dice la Palabra hablando del embarazo de Rebeca, la esposa de Isaac y madre de Esaú y de Jacob, Estaban todavía los gemelos en el vientre de la mamá; dice: "(pues no habían aún nacido, ni habían hecho ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese no por las obras, sino por el que llama)" (Ro. 9:11). Si nos vamos a un extremo, nos vamos a una herejía; y si nos vamos al otro extremo, nos vamos a otra herejía.
Centrémonos; hay una voluntad soberana de Dios y hay también un propósito eterno de Dios, que es soberano, pero también hay una voluntad, un libre albedrío en el hombre, que Dios respeta. Es un misterio, no podemos negarlo. ¡Gloria al Señor! Dios no deja las cosas al acaso. Dios tiene un propósito eterno bien delineado en todos sus detalles, según el designio de Su voluntad, y ahí estamos incluidos nosotros; por eso nos ha predestinado con todo cuidado para salvarnos y hacer de nosotros un pueblo escogido para Sus designios. Él nos tiene designado algo especial, íntimo, para Él. Todo eso incluye que nos salvó para ser Su morada eterna, Sus hijos, Su templo con Cristo, Su esposa, Sus co-regentes, Su familia, Su casa, y otras cosas. Dice el apóstol Pablo: "En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad" (Ef. 1:11). Y todo ese propósito no debe estar supeditado a que la salvación que nos ha dado siga bailando en el vaivén de que hoy somos salvos y de pronto mañana de pronto no lo somos. Ahí vemos nosotros que hay un pero. Es para que se salve todo aquel que crea, pero hay un propósito en Dios. Sin haber nosotros hecho ni bien ni mal, ya estábamos, digamos, en alguna lista; yo pienso así a lo humano. En una lista de Dios.
La presciencia de Dios
Habla también la Palabra de la presciencia de Dios. La presciencia de Dios puede definirse como el atributo divino mediante el cual todas las cosas son conocidas por Dios desde el principio. Algunos dicen que Él nos predestinó debido a que Él sabía quiénes iban a creer; pero Dios no supedita su voluntad a un conocimiento previo de quienes iban a creer en la historia, y ya, a ellos los elijo. No. Por el atributo de la presciencia, Dios lo sabe todo, y Él sabía desde la eternidad quiénes serían los convertidos, pero debe haber un equilibrio entre la presciencia de Dios y Su acto de escogernos a nosotros antes de la fundación del mundo (cfr. Efesios 1:4), como una manifestación soberana del poder de Dios para realizar lo que le agrada. En la 1 Pedro 1:2 dice: "elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo". También en Romanos 8:29 también habla de la predestinación. "Porque a los que antes conoció, también los predestinó (ese antes es antes de la fundación del mundo) para que fuesen hechos conforme a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos". Entonces vemos que es difícil reconciliar la presciencia de Dios con Su soberanía absoluta. De todas maneras vemos que nos enfrentamos aquí con un misterio divino en el cual Dios desarrolla Su voluntad soberana de manera que mantiene inviolable la prerrogativa de libre albedrío implícita en el momento de la creación del hombre a imagen de Dios.
La creación del hombre
Bien, nosotros para poder comprender mejor la salvación, los propósitos de Dios, tenemos que entender cómo fuimos creados, cuál es nuestra constitución. Nosotros tenemos una creación que no fue como las demás criaturas. Nos vamos a Génesis para ver cómo fuimos creados; vamos a ver un poquito la creación del hombre en Génesis 2:7. Dice así: "Entonces Yahveh Dios formó al hombre del polvo de la tierra (Él hizo de alfarero, tomó la tierra y empezó a trabajar como un alfarero e hizo el cuerpo), y sopló en su nariz aliento de vidas (así dice en el original: aliento de vidas), y fue el hombre un ser viviente". Sopló; ese aliento de vidas es el espíritu, que no es del Espíritu Santo; es el espíritu humano que sale de Dios. Allí la palabra hebrea rûaj es viento, aliento, hálito, es el espíritu. Se sabe que el espíritu y la carne son entre sí incompatibles, no hay, ni puede haber comunicación entre ellos. Revela la Palabra de Dios, por ejemplo en Romanos 8, que entre el espíritu y la carne no puede haber un diálogo; entonces se necesita un intermediario entre esas dos partes del hombre. Jamás el espíritu le da una orden directamente al cuerpo; tiene que ser a través de un intermediario que administre.
Entonces ya podemos entender qué sucedió en Génesis cuando Dios sopló el aliento de vidas; al contacto entre el espíritu y el cuerpo, la fusión entre el espíritu y la carne, la tierra, ese envoltorio de tierra, dice que ocurrió algo, dice que el hombre fue un ser viviente. Esa palabra ser viviente es la palabra hebrea nephesh, que traduce alma; o sea que el hombre es un alma viviente. El alma viviente es la sede de la personalidad del hombre. Un ser totalmente diferente, porque allá en el capítulo 1 de Génesis dice que el Señor hizo al hombre a su imagen y semejanza, o sea que era diferente a todas las criaturas vivas de la tierra. Tenía un espíritu que ningún ser tenía; un espíritu semejante al espíritu de los seres angelicales, que ningún ser inferior lo tiene. Además de eso se le forma un alma que es parecida a un alma de los animales, si me perdonan la redundancia. Por eso se les llama animales, pero nuestra alma es superior porque nuestra alma tiene rasgos de Dios, puede razonar, puede pensar, tiene su individualidad, toma decisiones, posee sentimientos especiales, porque en el alma está el centro de nuestro yo. Nosotros tenemos un intelecto en el alma, tenemos sentimientos en el alma, tenemos una voluntad en el alma que no lo tienen los animales. Los animales poseen instintos. Entonces así se formó el alma.
Las tres partes del hombre
Cuando el hombre cayó, hubo un desnivel en el hombre. Es como si el hombre hubiera sufrido una hecatombe. Vemos, pues, que al ser creado, su cuerpo del polvo de la tierra, el espíritu soplado por Dios, y luego el alma al haber la fusión, en el hombre había una nivelación entre todas sus partes. Se nivelaron, digamos, esos tres órganos del hombre: cuerpo, alma y espíritu eran iguales. Auque el espíritu era quien daba las órdenes, sin embargo, el alma recibía las órdenes y las trasmitía al cuerpo como intermediaria, pero no había ningún desacuerdo. Se puede decir que ninguno de los tres superaba, descollaba, pues había una maravillosa armonía entre el espíritu, el alma y el cuerpo en el hombre. Ahora se estilan unos diagramas, sobre todo en las estadísticas o las encuestas, o en los factores de producción, para ver las diferencias o las nivelaciones de los parámetros. Así se podría intentar realizar uno para las partes del hombre, antes de la caída, cuando el alma, el cuerpo y el espíritu estaban nivelados, y para el desnivel después de la caída. Pero cuando el hombre cayó, hubo una muerte en el espíritu, hubo un bajón en el espíritu, entonces el alma fue inflada y el alma empezó a hacer cosas que lo apartaron de Dios. El alma, en cambio de estar bien con el espíritu, empezó a inflarse, a independizarse y a obedecer las necesidades del yo, del cuerpo, de lo que es el mundo y las concupiscencias de la carne.
El hombre, pues, y lo dice San Pablo en 1 Tesalonicenses, tiene tres partes. "23Y el mismo Dios de paz os santifique por completo (o sea que la santificación debe ser integral, en las tres parte), y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible (o sea que no tenga nada de qué ser reprendido) para la venida de nuestro Señor Jesucristo. 24Fiel es el que os llama, el cual también lo hará" (2 Tes. 5:23-24). Está bien claro, que nosotros estamos constituídos por esas tres partes. Somos seres tripartitos.
Y también en Hebreos 4:12 la Palabra de Dios menciona las tres partes del hombre en otra forma. Dice: "Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; (a veces nosotros vivimos en el alma, pensamos en el alma, tomamos decisiones con el alma, o experimentamos sensaciones con el alma y creemos que es del espíritu. Entonces debemos tener una claridad de que lo que es del alma es del alma y lo que es del espíritu es del espíritu, especialmente nosotros que somos creyentes) y penetra hasta partir (hasta dividir) el alma y el espíritu, (debe haber una división, debe haber una claridad porque lo que es del alma es del alma y lo que es del espíritu es del espíritu) las coyunturas y los tuétanos, (ya es del cuerpo) y discierne los pensamientos (que son del alma) y las intenciones (que también son del alma aunque ahí dice corazón) del corazón".
La connotación bíblica de corazón es lo que comprende toda el alma con sus diferentes funciones, más la conciencia del espíritu, porque el alma hace parte del corazón. El corazón piensa, porque el alma hace parte del corazón. El corazón toma decisiones, porque es una función del alma. Cuando dice alguien: Te quiero con todo mi corazón, es el alma. O te odio, o estoy triste, mi corazón está triste. Dice el apóstol Juan: "Amados, si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos en Dios" (1 Juan 3:21). Y lo dice así debido a que en el corazón también está la conciencia del espíritu, en el cual mora Dios y nos habla.
El espíritu humano tiene tres partes:
la parte que decide lo que está mal o bien, es la conciencia; la conciencia misma te dice: ¡Cuidado!, o puedes caminar hacia allá, o no lo hagas. ¿por qué? Porque la conciencia recibe información de otra parte del espíritu que se llama intuición, que no es del conocimiento tuyo en el alma porque te dicen cosas, porque piensas cosas, porque escuchas y conoces. No; son conocimientos diferentes que vienen de Dios. Esos conocimientos que uno recibe por la intuición del espíritu también las participa el alma para que nos controle con la conciencia. Y la tercera parte del espíritu es la adoración o comunión. A Dios hay que adorarlo en espíritu y en verdad. Muchas veces nosotros lo estamos adorando en el alma y nos sentimos muy contentos en el alma y pensamos que lo estamos adorando en el espíritu. Entonces miren la diferencia que hay entre el alma y el espíritu, que son dos cosas muy diferentes.
La creación especial de la mujer
Hay algo que quisiera decirles allá en Génesis con relación a la creación de la mujer. Primero dice la Palabra de Dios en Génesis 1:27 en forma general que Dios creó al hombre en el sexto día, incluyendo la creación de la mujer dentro del contexto de la creación del hombre. "Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó". Pero luego en el capítulo 2, el texto sagrado explica con detalles la formación del hombre y luego de la mujer, que era necesario para poder entender luego algunas cosas sobre la caída. Él mismo creó a Adán; Él mismo le sopló aliento de vidas, le dio espíritu y se formó el alma. Pero la creación de la mujer no fue así. La creación de la mujer fue de algo tomado de Adán. Dice en Génesis 2:18: "Y dijo Yahveh Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él". Y luego dice: "21Entonces Yahveh Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras éste dormía, tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar. 22Y de la costilla que Yahveh Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre. 23Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del varón fue tomada. 24Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne" (Gé. 21-24). ¿Por qué estamos leyendo esto?
Dios es Espíritu, y Dios le dio al hombre su espíritu al momento de soplarle aliento de vidas. Entre la carne y ese aliento de vidas, al recibir el hombre el espíritu y tocar el cuerpo, se formó el alma. Dios no tiene alma; solamente la tiene Jesús en Su humanidad; ahora mismo el Señor Jesús tiene alma humana; pero Dios como Padre, en ese tiempo no tenía alma. Entonces vemos ahora que la mujer es hecha de Adán, de una persona que sí tiene alma. ¿Qué significa eso? Que por las características y origen de su creación, la mujer se alejó un poco de la exactitud de la imagen de Dios, para acercarse más a la imagen de Adán; tenía más fuerza en ella haber salido de su esposo, y eso contribuyó a que en ella hubiese más fuerza del alma. De ahí que en la mujer funcione un poco más la imaginación que en el hombre; la mujer es más emotiva; y toma decisiones más apresuradas, pensándolo menos. La mujer es más controlada por sus emociones y sus vanidades, porque es más almática que el hombre, y es más curiosa. Estas aseveraciones respecto de la mujer incidieron en la caída del hombre en el Jardín del Edén.
La caída del hombre
Analicemos un poco lo de la caída del hombre, tomando el texto de Génesis 3: "1Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Yahveh Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?" Parece ser que la serpiente en ese tiempo tenía una apariencia diferente a la repugnante que hoy luce. En ese tiempo es posible que tuviese alas, era erguida, erecta y de apariencia hermosísima. Era uno de los animales más hermosos que había. No se arrastraba; se vino a arrastrar después que recibió la maldición (v. 14). Parece que lucía unas hermosas y relucientes escamas doradas, y todo hace pensar que en ese tiempo había una especie de comunicación entre el hombre y los animales, especialmente con la serpiente. Y eso se desprende debido a que en el texto bíblico no vemos que Eva se haya sorprendido de que una serpiente le hablara. De manera que este animal era muy llamativo. Entonces vemos que la usó Satanás, el príncipe rebelde, para hablarle a la mujer. Usó ese medio para no despertar sospechas.
Pero, ¿qué estaba haciendo la mujer por ahí solita? Se desprende que la mujer, en vez de estar al lado de su esposo, ayudándole en sus tareas que el Creador les había encomendado, se fue por ahí toda curiosa buscando ese árbol cuyo fruto Dios les había prohibido comer. Porque Dios les había dicho: "16De todo árbol del huerto podrás comer (aun del árbol de la vida, que estaba en medio del huerto); 17mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás" (Gé. 2:16-17). Esta advertencia se la hizo Dios al hombre por amor. Seguramente aquello le quedó sonando en el pensamiento a Eva, y se fue por ahí conociendo bien las cosas, y se fue acercando al árbol del fruto prohibido. ¿Qué tendrá de extraño ese árbol? De pronto lo hacía con muy buena intención, pero con esa curiosidad propia de la mujer; y ese era el preciso momento y la ocasión propicia que necesitaba Satanás para acercarse a Eva en forma de serpiente, diciéndole: "¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?" La serpiente le inyectó una verdad cargada de mentira, o una tergiversación de la verdad. Le hizo una pregunta sutil llena de picardía. ¿Con qué objetivo lo hacía? Para trabajarle la mente, al intelecto. Eso es lo primero; de ahí a pasar a los sentimientos y a la voluntad, es un paso.
Ella, con su curiosidad, mirando al atractivo árbol, no se sorprendió de la intervención de la serpiente, por lo que explicamos arriba. Entonces empezó el diablo a trabajarle en su alma, no en el espíritu, comenzando por la mente, para luego poder dominar su voluntad. Y sigue diciendo el relato sagrado: "2Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer (bueno, hasta ahí estaba bien); 3pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis". Aquí aparece una mentira de Eva; ya su mente estaba afectada. Dios no había dicho que no se tocara el árbol, ni tampoco "para que no muráis", pues con eso estaba ablandando el castigo. Dios había dicho: "El día que de él comieres, ciertamente morirás". El astuto de Satanás le estaba trabajando a la mujer en su mente, inyectándole duda, ablandamiento, mentiras mezcladas con verdad. Otra cosa, ¿por qué Satanás no fue a tentar directamente a Adán? Si él hubiese ido directamente donde Adán, es posible que Adán hubiese caído; no vamos a decir que no; pero ese trabajo de la caída no hubiera sido tan fácil, y además hubiese quedado incompleto, pues el hombre es integral: hombre y mujer; y entonces, después de haber caído Adán, la mujer hubiera comido del fruto prohibido, no voluntariamente sino por obediencia al marido. Ahí no hubiera habido cabal culpabilidad; de modo que todo lo concerniente a la tentación y la caída no huera sido perfecto. Satanás, pues, sabía lo que convenía hacer.
"4Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis (ahí la serpiente estaba calumniando a Dios y tildándolo de mentiroso); 5sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal". Como diciendo: Dios es egoísta, y algo está escondiéndoles a ustedes, pues Él está temiendo que ustedes se conviertan en posibles rivales frente a Él, y eso lo trata de evitar a toda costa. Eso es lo que Satanás le estaba inoculando en la mente a la mujer. "6Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer (concupiscencia de la carne [cfr. 1 Juan 2:16]), y que era agradable a los ojos (concupiscencia de los ojos), y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría (vanagloria de la vida); y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella".
Nótese que Satanás también tentó al Señor usando esas tres motivaciones. Eso se puede ver en Lucas 4 y Mateo 4: Concupiscencia de la carne: "3Vino a él el tentador, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, dí que estas piedras se conviertan en pan". Concupiscencia de los ojos: "5Entonces el diablo le llevó a la santa ciudad, y le puso sobre el pináculo del templo, 6y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está: A sus ángeles mandará acerca de ti, y, en sus manos te sostendrán, para que no tropieces con tu pie en piedra". Vanagloria de la vida: "8Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, 9y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares".
Entonces ese veneno fue sembrado en el hombre desde ese momento hasta el día de hoy. "6Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella". El hombre tiene la tendencia a estar buscando lo prohibido; pero nosotros los hijos de Dios debemos hacer todo lo contrario, alejarnos de lo prohibido y de lo que encierre tentación y peligro para nuestra comunión con el Señor. El caso es que cuando Eva llegó hasta donde estaba su esposo, ella le ofreció y él comió de aquel fruto, sabiendo perfectamente lo que estaba haciendo. Aunque Pablo le dice a Timoteo: "13Porque Adán fue formado primero, después Eva; 14y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión" (1 Ti. 13,14), sin embargo, Adán comió consciente y voluntariamente. ¿Por qué lo hizo? Porque amaba a su mujer más que a él mismo. A lo mejor le tendría un amor rayano en la idolatría, y por amor a ella pecó voluntariamente.
En el momento en que Adán pecó, su espíritu sufrió la pérdida de la presencia de Dios; Dios se separó de él, y murió el hombre espiritualmente; entonces su alma empezó a experimentar un desarrollo espectacular, inusitado y llegó a ser el yo del hombre, su ego, el centro de su personalidad y de sus determinaciones. El alma empezó entonces a llevar al hombre a independizarse de Dios. Hoy la humanidad está siendo manejada, guiada, por las fuerzas del alma bajo los parámetros de los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida. Ese es nuestro trasfondo, y de allí nos ha sacado el Señor, y nos está libertando por completo; ese es Su deseo a fin de que le podamos servir al Señor. El Señor Jesucristo también experimentó muchos sufrimientos para poder realizar la obra del Padre. Para poder caminar con Cristo, nosotros tenemos que pedirle con valor y con valentía que Él haga una renovación total en nuestra alma.
Luego de la caída, y en medio de las maldiciones, vemos la primera promesa del Salvador. Le dice Yahveh Dios a la serpiente: "Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar" (Gé. 3:15). Allí se predice el conflicto de las edades entre la simiente de la mujer y la simiente de la serpiente. Empieza una gran guerra, un gran conflicto en la historia, entre la simiente de la mujer y la simiente de la serpiente; conflicto que tendrá vigencia hasta la venida del Señor Jesucristo a reinar.
Simbología de Israel con la Iglesia
Con el tiempo la humanidad se saturó tanto de maldad, que Dios tuvo que acabar esa cultura por medio de un diluvio universal; pero la humanidad siguió sus propios derroteros, y para dar testimonio de Dios y para que naciera y encarnara el Salvador prometido, fue creada la nación de Israel, la cual fue liberada (salvada) de su esclavitud en Egipto. Dios tenía que darle cumplimiento a Sus propósitos eternos y la caída del hombre no lo iba a detener. Todo lo que le ocurre a Israel en el Antiguo Testamento, su liberación (salvación) de Egipto, su caminar por el desierto hasta ocupar la tierra prometida; su tratamiento reflejado en las jornadas por el desierto (cfr. Número 33), la toma de la tierra en tiempos de Josué, su idolatría en el reino y desobediencia a Dios, los cautiverios y el regreso del remanente desde Babilonia para la reconstrucción del templo y restauración de la nación, ocurre para nuestro ejemplo, como una simbología de lo que está ocurriendo en la Iglesia; y eso comienza desde que Israel fue liberado de Egipto por la mano de Moisés.
Nótese que fueron millones de hebreos los que fueron liberados, y cuando en el desierto algunos de ellos fallaron y pecaron, ninguno de ellos fue devuelto a Egipto (el mundo), a hacer de nuevo ladrillos al Faraón; sino que allí recibieron el castigo o la disciplina merecida por lo que habían hecho. Nadie dejó de ser del pueblo de Dios. Claro, muchos no entraron en la tierra prometida, como muchos de la Iglesia no entrarán en el reino milenial con el Señor, sino que quedaron en el desierto; pero nadie volvió a la esclavitud. Hay hermanos que no son dignos de caminar con Cristo, o que no quieren caminar con Él, aunque no pierden su salvación. Seguimos siendo hijos de Dios, pero quien no pase ahora por un proceso de transformación, no podrá disfrutar del Señor, sino después de seer tratado y apto para vivir con Él y gozar de Su presencia. Nosotros, el día que recibimos la salvación, empezamos a ser hijos de Dios eternamente. Entonces hay hijos de Dios que caminan con Cristo, y otros que no. En la Iglesia hay vencedores, y otros que no lo son. Hay una diferencia que estaremos estudiando en los próximos capítulos. No podemos adelantarnos ahora a fin de que no haya confusión.
En la plenitud de los tiempos
Luego en Israel nace el Salvador en la plenitud de los tiempos; en tiempos del emperador romano Augusto César, y crece como hombre en un hogar de Nazaret de Galilea, trabaja como carpintero, se bautiza a los treinta años de edad y desarrolla su ministerio por tres años y medio, y lleva a cabo Su obra en la cruz en tiempos del emperador romano Tiberio César, siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, y Herodes tetrarca de Galilea, y siendo sumos sacerdotes Anás y Caifás. Allí en Jerusalén entrega su vida por nosotros, para darnos vida eterna; pero resucita al tercer día, y asciende en gloria a los cuarenta días después de resucitar, y se sienta a la diestra del Padre. Desde allí es enviado por el Padre y el Hijo, el Paracleto, el Espíritu Santo para que se encargara de venir a morar en todos los que creyeren, a traernos la vida de Dios, y aplicar en nosotros todo lo que el Hijo logró en la cruz del Calvario, en cumplimiento y realización del plan eterno del Padre.
Una vez que el Espíritu Santo mora en nosotros, en nuestro espíritu. es cuando experimentamos la gracia del perdón de nuestros pecados, y somos justificados ante Dios; es también cuando empezamos a experimentar la gracia de la liberación del pecado, y empieza en nosotros a progresar la santificación y renovación de nuestra alma.
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Publicado en General el 21 de Febrero, 2007, 5:03
por Arcadio Sierra Díaz
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Capítulo 2
ALGUNOS CONCEPTOS
IMPLÍCITOS EN LA SALVACIÓN
Un capítulo parentético
Es nuestra oración que el Señor nos ilumine por Su gracia en el sentido de que estas enseñanzas sean lo más sencillas posibles, centrándonos en el aspecto de la salvación como un regalo de Dios, que nosotros recibimos inmerecidamente, y que como regalo, la salvación es incondicional. Yo tenía hace tiempo el deseo de exponer estas cosas; pero el otro día el Señor me dio una confirmación, pues íbamos por allá por la Avenida Rojas Pinilla con el hermano Alejandro Pacheco, y delante de nosotros de pronto vimos un camioncito de esos que tienen un dispositivo como en forma de caballete propio para publicidad; no pudimos ver a qué cosa le daban la publicidad, pero en la parte trasera, en letras rojas bien grandes, decía: "LA SALVACIÓN NO SE PIERDE". Eso me alegró muchísimo y sentí muy profundamente como una confirmación del Señor respecto de mi carga por esta enseñanza.
La vez pasada estuvimos viendo acerca de cómo fue creado el hombre, un ser de una unidad pero compuesto de tres partes. Estuvimos viendo cómo cayó, y estuvimos diciendo que desde toda la eternidad Dios hizo la provisión para salvar al hombre y poder ejecutar la motivación por la cual creó todo lo que vemos para poder tener un ambiente propicio para la vida del hombre sobre la faz de la tierra. Entonces quiso salvarlo para Él llevar a cabo ese propósito. De manera que hoy vamos a seguir el estudio de la salvación, pero vamos a ver algunos conceptos involucrados dentro de la salvación, a la manera de un capítulo parentético. Vamos a ver cómo, en el propósito de Dios, se desarrollan esos conceptos que tienen que ver con la salvación. Esto tratamos de adelantarlo con la suficiente sencillez como para que logre la comprensión de todos nuestros hermanos. Hoy vamos a ver los aspectos más fundamentales que se relacionan con nuestra salvación, que están incluidos e involucrados dentro de la esencia misma de la gran obra de Dios a favor de nosotros por medio de Su Hijo y aplicada por Su Santo Espíritu. Todo eso está registrado en la Palabra, dentro del hecho portentoso de Dios para salvarnos. Hay una concatenación de esos conceptos, de tal manera que el uno depende del otro.
La Propiciación
Lo primero que surge en la Palabra de Dios es la propiciación. De la propiciación se desprende la redención; de la redención sale la justificación, y de la justificación, la liberación. Entonces en ese orden vamos a ver primeramente un poquito sobre la propiciación. Lo vamos a ver usando muy poquitas citas bíblicas por causa del tiempo y del propósito mismo del presente estudio. Veamos Romanos 3:24,25, donde aparecen las primeras etapas de la salvación. Dice: "24Siendo justificados gratuitamente por su gracia (miren, hermanos, cómo nuestro deseo es destacar la revelación bíblica de que la salvación es un regalo de Dios, que no se pierde. Aquí dice que es gratuitamente y no tenemos nosotros que comprar, que hacer; es gratuita, es un hecho de Dios) mediante la redención que es en Cristo Jesús". Dios puso a Su Hijo como propiciación. Ahí lo dice al revés, pero la una sale de la otra. Dice: "24Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, 25a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados". Fíjense que pascua significa pasar por alto. En Egipto el ángel veía la sangre en las puertas de las casas y pasaba; no hería de muerte al primogénito.
¿Qué significa propiciación? Es la acción y efecto de propiciar. Alguien está duro, tiene endurecido su corazón, porque está enemistado o enojado con otro; los separa un pleito, una enemistad; entonces una de las partes empieza un proceso de entendimiento, hay una disposición a ablandarse, y empieza un acercamiento. Eso es propiciar, ablandar, aplacar la ira de alguien para que sea favorable, para que sea benigno, para que sea propicio. Ojalá que el corazón de alguien se ablande, o sea que sea propicio. Sé propicio tú, Señor; ablándate el corazón; ya no estés enojado conmigo, haz algo por mí. Sé que tú estás enojado conmigo, y tienes razón de estarlo; pero tú eres misericordioso y puedes ablandarte un poco. Haz tú lo quieras hacer conmigo, pero séme propicio.
"Y él (Jesucristo) es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo" (1 Juan 2:2). De ahí, hermanos, que la tapa del arca del Antiguo Testamento se llamaba propiciatorio. ¿Por qué? Porque en el propiciatorio era vertida la sangre de animales que eran sacrificados en sustitución de los oferentes, por sus pecados; se ofrecía la sangre de animales inocentes; eso propiciaba el perdón. En el propiciatorio se ve que hay una obra, un derramamiento de sangre, hay una muerte; porque Dios, sabiendo que el pecado no se cubría si no había derramamiento de sangre y si no había muerte, exigía que debía morir alguien. Si yo la pago, debo morir, pero si yo me muero, no veo jamás a Dios. Dios determinó, pues, desde toda la eternidad, morir por mí en la persona de Su Verbo. Él fue propicio dando a Su Hijo para que pasara por un proceso de encarnación, un proceso de vida humana, un proceso de ir a la cruz, un proceso de derramamiento de su propia sangre y muerte expiatoria, y luego resucitar. Por eso la propiciación se relaciona con la sangre.
Hermanos, a veces nosotros contemplamos solamente el dolor físico del Señor en la cruz, su llaga; claro, derramó su sangre, pero no solamente fue el sufrimiento de Él en la parte física; también fue el sufrimiento de Él en Su alma. Una semana antes de la pasión, decía: "Ahora está turbada mi alma" (Juan 12:27); y ya la noche en que iba a ser prendido, dijo: "Mi alma está muy triste, hasta la muerte" (Mr. 14:34). Imagínense ustedes antes de ser prendido, cuanto más con esas fiebres altísimas; sus manos y sus pies traspasados en ese madero, con unos horrendos calambres, ya anémico, muriendo por nosotros. Ese es el precio, la propiciación.
Expiación.
Cuando uno lee propiciación en el Antiguo Testamento, es lo mismo que expiación en el Nuevo Testamento. Tengamos presente que propiciación y expiación es lo mismo. Una palabra viene del hebreo y otra viene del griego, pero es lo mismo; expiación. La propiciación se relaciona con la sangre. Cuando aquel publicano dijo: "Dios, sé propicio a mí, pecador" (Lc. 18:13), ¿cómo iba Dios a ser propicio? ¿Diciéndole sencillamente: Te perdono? No. Eso iría en contra de la justicia de Dios. La justicia de Dios tenía que ser satisfecha. Alguien tenía que cargar con el correspondiente castigo. Entonces, no pudiendo el hombre hacerlo, el castigo tenía que recaer en el propio Hijo de Dios, derramando Su sangre. ¿Qué es, pues, expiación? Es la acción y efecto de borrar la culpa, purificarse de ellas por medio de algún sacrificio, por la ación del derramamiento de sangre de algún sacrificio, pero no del mío ni de otra criatura. Ninguna criatura podía morir por mí. Solamente el sacrificio de Cristo me servía.
El verbo expiar, que lo podemos encontrar allá mismo en Hebreos 2:17, viene de la palabra griega hilaskomai, propiciar, hacer propicio, ofrecer reparación a satisfacción. Está relacionada con la palabra hebrea kipper, que significa piel. La piel es la que cubre nuestro cuerpo. De ahí viene la frase Yom Kipur, día de la expiación, que se celebraba en los primeros días de octubre, cuando entraba el sumo sacerdote a derramar la sangre de los animales sobre el propiciatorio en el Lugar Santísimo del Tabernáculo. Cuando había derramamiento de sangre, entonces había un cubrimiento. En el Antiguo Testamento los pecados eran cubiertos por la piel, o sea, por la sangre. En el Nuevo Testamento los pecados no son cubiertos sino quitados. Dice Juan Bautista del Señor: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Juan 1:29). Ahora no son cubiertos los pecados, ahora son quitados; El Señor los quita eternamente de nosotros cuando creemos. Entonces propiciar es hacer propicio, ofrecer una reparación, una satisfacción. Pero nada satisface la justicia de Dios, sino que se haya derramado la sangre. Ninguno de nosotros podía ofrecerse porque estamos manchados delante de Dios. Solamente el sacrificio de Su propio Hijo era acepto.
En la expiación van, entonces, involucrados tres elementos:
1) la idea de tapar; cubrir, de kipper (piel), que, como ya dijimos, es la connotación veterotestamentaria; tapar o expiar;
2) la idea de reconciliación, que estaremos considerando con más detalle más adelante, y
3) la idea de sustitución. Dice Isaías 53:5: "Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados".
Podemos resumir diciendo que el sacrificio expiatorio de Cristo propicia a Dios y lo reconcilia con el hombre. "Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida" (Ro. 5:10).
La Redención
Entonces una vez que es provisto el sacrificio, el precio, lo que viene a ocurrir es que se efectúa la redención. ¿Qué es redención? Es rescatar, pagar el precio; es comprar algo que estaba en manos de otro, que tú vendiste mal vendido, que tú empeñaste. Cuando empeñas algo, como no vayas a tiempo a rescatarlo, a redimirlo, lo pierdes. Pero si tú vas con el valor estipulado, entonces te lo devuelven. Ahora está muy de moda en nuestro país el secuestro; una persona secuestrada, entonces sus captores demandan el pago de un rescate. El rescate es, pues, el precio es la propiciación, y el acto de la liberación, es la redención. Eso es lo que ha hecho el Señor Jesús con nosotros. Mediante la expiación se tapaba, como dijimos, pero ahora se quita el pecado, se reconcilia. Antes éramos enemigos de Dios; el hombre cayó en pecado y empezó a huir de Dios. Dios buscando al hombre, y el hombre huyendo de Dios. Pero viene el sacrifico de Cristo mediante la propiciación y mediante la redención y ocurre lo que se llama la reconciliación. Nosotros todos éramos reos de muerte, y esos vínculos que antes nos unían con Dios fueron rotos; pero Dios es propicio y se abre para nosotros nuevas esperanzas desde el cielo; todos los obstáculos empiezan a ser quitados. Y no sólo eso, sino que, cuando ya se efectúa la expiación mediante Cristo, Dios empieza a destruir los muros que nos dividen a los hombres. Allá en Efesios 2:14-16 dice que Dios quita la pared intermedia que dividía a los judíos y a los gentiles, y de los dos pueblos hace uno solo. O sea que hay una reconciliación del hombre con Dios y del hombre con el hombre; y empiezan a derribase los límites, las fronteras, y Dios está haciendo de la Iglesia una sola nación, vengan de las etnias que vengan; porque hay un hecho divino que se llama la reconciliación, que tiene que ver con la redención.
De manera que el sacrificio expiatorio de Cristo, propicia a Dios y lo reconcilia con el hombre. Luego, podemos ver la redención en Romanos 8:23 que dice así: "Y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo". Hay que tener en cuenta que las tres partes del hombre deben ser salvas; después más adelante miraremos con detenimiento los tres tiempos de nuestra salvación; pero el cuerpo es tan importante, como el espíritu y el alma, incluso dice Pablo en la 1 Corintios 3:16: "¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?". Vuestro cuerpo es templo de Dios, y ese cuerpo para el Señor es un templo. También en 1 Corintios 6:19,20 podemos verlo. Dice así: "19¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? 20Porque habéis sido comprados por precio (¿Sí ven? Ahí está incluida la redención); glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios". Esta última frase, "y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios", no está en los manuscritos más antiguos, pero algún copista los metió porque es verdad. El versículo llega hasta vuestro cuerpo; pero es una verdad que se encuentra escrita. Nosotros somos redimidos, y eso viene a partir de la propiciación de Dios. La propiciación no es de nosotros es de Dios, a Él se le ablandó el corazón.
La sustitución.
La redención, tiene íntimamente que ver con la sustitución. El sacrificio de Cristo es vicario. Él murió por nosotros, luego nosotros morimos con Él. Por favor, leamos Isaías 53, porque ahí dice claramente que es un sacrificio sustitutorio o vicario. En Isaías 53:5 dice la Palabra: "Mas él fue herido pro nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados, (no por los de Él, porque Él nunca fue rebelde ni nunca pecó) el castigo de nuestra paz (esta versión está un poco mal, hecha con inexactitud; es el castigo que recayó sobre Él para que nosotros tengamos paz) fue sobre él, (para que nosotros vivamos en paz fue Él castigado) y por su llaga fuimos nosotros curados". Se refiere a la llaga del Señor. Entonces, una vez que ha habido propiciación o expiación y por la propiciación, la redención, entonces ya somos justificados.
La Justificación
¿Qué es justificación? Es un acto jurídico de Dios por el cual nos declara a nosotros inocentes. Pero no nos declara inocentes sin que nada ocurra, sino que nuestra culpa es imputada al verdadero inocente, que es Su Hijo, y viceversa, la inocencia de Él, a nosotros. Se acredita la justicia de Cristo a la cuenta del creyente. La justificación tiene relación con la absolución. "5Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. 11Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos" (Is. 53:5,11).
Cuando un juez declara a una persona inocente, esa persona es justificada ante la ley; ya queda a paz y salvo con la justicia. Entonces nosotros delante de Dios por la obra vicaria de Cristo, la redención, ya lo entendemos así, somos justificados y estamos a paz y salvo, y como dice "el castigo fue sobre Él", es que ya estamos justificados delante de Dios. Dios propició, Dios nos redimió, Dios nos regeneró, Dios nos justificó, Dios nos salvó, es una obra totalmente de Dios, por Su voluntad, y les digo una cosa, no es una blasfemia lo que voy a decir: ahora ni Dios nos quita la salvación, pues eso una contradicción para con Él mismo, y Dios no se contradice. La salvación de Dios para con nosotros es un regalo, es un hecho histórico que ha hecho Dios por medio de Su Hijo, es algo eterno que Él ha hecho con nosotros. "Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él" (2 Co. 5:21). Nos confiere a nosotros ahora tomar las cosas del Señor con seriedad, mayormente nuestra salvación. Le pido al Señor que nos dé cada día más seriedad para con Él; que los que estamos ahora frente a Dios podamos realmente valorar y vivir lo que Él ha puesto en nuestras manos. Esto es algo muy serio. Bendito el nombre del Señor. Leámoslo en la epístola de Pablo a los Romanos: "21Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; 22la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, 23por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, 24siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, 25a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados" (Ro. 3:21-25). "El cual (el Señor Jesús) fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación" (Ro. 4:25).
Entonces nosotros hemos sido justificados, acto judicial que Dios ha hecho por nosotros, pero por la obra de su propio Hijo. Ahí en Romanos 4:6-8 lo podemos leer: "Como también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras, diciendo: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas". Porque ya hubo un proceso con Su Hijo. Es bienaventurado aquel a quien el Señor perdona sus iniquidades. ¿Por qué? ¿Cómo se logra eso? Por fe. Creyendo en la obra del Hijo de Dios. "Y ser hallado en él (en el Señor Jesucristo), no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe" (Fil. 3:9). A nosotros se nos atribuye la justicia, se nos justifica y a Cristo, entonces, Él llevó nuestra culpabilidad, nuestros pecados en la cruz del calvario.
Allá en la 1 de Corintios 1:30 dice: "Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios (Dios lo hizo así) sabiduría, justificación, santificación y redención". Ningún ser humano puede justificarse con buenas obras. Ninguno. Nadie es suficientemente bueno para llegar al cielo por su propia cuenta Nadie, ni el más santo, ni el más perfecto, sino a través de la justificación en Cristo Jesús por su obra. No hay otra manera de hacerlo. "5Así también aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia. 6Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra" (Ro. 11:5-6).
En Gálatas 2:21 dice así: "No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo". Y la ley, nosotros la hemos cumplido porque Cristo la cumplió por nosotros. Así de sencillo. ¿Lo entienden, hermanos? ¿Por qué decimos que si Cristo cumplió la ley por mí, entonces yo ya la cumplí? Pues sencillamente si Él la cumplió por mí, entonces yo la cumplí, si Él ya pagó por mí, entonces yo ya pagué; si Él resucitó por mí, yo ya resucité. Todo lo que Él es, todo lo que Él está haciendo, es porque vino a morar en mí por Su Espíritu. Entonces todo lo que Él es y todo lo que ha hecho, yo, en realidad lo vivo. Puedo decir, yo lo hice. Hay que recibirlo, y hay que vivirlo así.
Entonces, hermanos, la base de la justificación es la obra expiatoria de Cristo allá en el Gólgota; es la única base. No se nos olvide eso jamás eso. "Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu" (Ro. 8:1). En Romanos 5:9, esa gran carta de Pablo, dice: "Pues mucho más, estando ya (lo dice en tiempo pasado) justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira". Por Él y solamente por Él. ¡Gloria al Señor!
La Reconciliación
Una vez salvos mediante la propiciación, la redención y la justificación, lo que viene ya es la reconciliación con Dios; así nosotros entramos en una etapa de amistad con Dios. El mundo no conoce a Dios; el mundo es enemigo de Dios. El hombre pecó y salió huyendo de Dios, pero con Cristo, hemos vuelto a ser amigos de Dios, quien nos ha dado el poder de ser hechos hijos de Él. Nosotros los creyentes no dejamos jamás de ser hijos de Dios. No dejamos de tener nuestra salvación eterna. Pero si pecamos, lo que se corta es la comunión con nuestro Padre. El pecado corta la comunión con Dios, no la salvación; pues no deja la persona de ser un hijo de Dios. Ahora, es muy fácil reanudar la comunión con el Señor: ya está hecha la obra en la cruz; vaya delante del Señor y pídale perdón; y además pídale fortaleza para no volverlo a hacer. Una vez perdonado, se reanuda la comunión, pues ya estamos reconciliados con Él mediante Jesucristo, quien también es nuestro abogado delante del Padre. Hay muchos textos en la Biblia, pero hay uno muy atractivo, que es 2 Corintios 5:17-19. "17De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. 18Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, (todo viene de Dios; Él mismo nos reconcilia y no lo hace porque nosotros hayamos obrado bien, sino por Su Hijo, por la obra de Su Hijo) y nos dio el ministerio de la reconciliación; 19que Dios estaba con Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación". A nosotros. Dice la Palabra de Dios que nosotros somos reconciliados con Dios:
1) Por la muerte de Su Hijo.
"1Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; 2por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. 10Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida. 11Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en Dios por el Señor nuestro Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación" (Ro. 5:1,2,10,11).
2) Por la sangre de Su cruz.
"Y por medio de él (del señor Jesucristo) reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz" (Col 1:20). "Y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades" (Ef. 2:16).
La Regeneración
También hay otro concepto que tiene que ver con la salvación, que es la regeneración. Ya hemos visto la propiciación o expiación, la redención, la justificación, un poquitito de la reconciliación y ahora venimos con la regeneración. Recuerden la conversación que tuvo el Señor con un maestro de Israel llamado Nicodemo, allá en el capítulo 3 del evangelio de Juan. Cuando Nicodemo le llega al Señor con unas inquietudes y unas declaraciones sobre Su persona y sus obras, el Señor encara el asunto con la siguiente y sorpresiva declaración a Nicodemo: "De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere e nuevo, no podrá ver el reino de Dios" (v. 3). Y luego, ante la incomprensión de Nicodemo, Jesús le aclara: "De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios" (v. 5). ¿Qué es nacer de nuevo? ¿Será inscribirme en una religión? El nuevo nacimiento nada tiene que ver con nuestra vinculación a religión alguna. Es más bien vincularnos por la fe en la persona de Cristo, Su encarnación y en Su histórica obra expiatoria en la cruz. Si damos ese paso de fe, ya Él lo ha hecho todo. Entonces el día que creímos en Él, el día que aceptamos que ya nosotros fuimos redimidos, ese día fuimos justificados, ese día fuimos reconciliados con Dios; ese mismo día nacimos de nuevo. ¿Por qué nos sucede todo en ese día? Porque el Espíritu de Dios viene a entrar en nuestro espíritu y hace en nosotros Su morada. Viene Dios a morar dentro de nosotros. A partir de ese momento ya no es necesario decir: Ven, ven, Espíritu Divino. No. Él ya vino. Él está dentro de nosotros; y al momento de venir a nosotros, nos trajo algo que nosotros no teníamos, nos trajo a nosotros vida, la vida de Dios; El Espíritu Santo nos trajo la vida increada y eterna de Dios; nos trajo a nosotros esta luz que empezó a iluminar nuestro espíritu, y entonces nuestro espíritu vino a ser una perfecta lámpara de Dios. "Lámpara de Dios es el espíritu del hombre" (Pr. 20:27). El día que nacimos de nuevo, el Espíritu nos trajo el aceite, la luz a nuestro espíritu, y esta lámpara de Dios empieza a tener luz. ¿Por qué ocurre todo esto en nuestro espíritu? Porque el Espíritu de Dios se hace uno con nuestro espíritu.
Cuando el hombre pecó allá en el Jardín del Edén, su espíritu murió debido a que se separó de Dios; y así nació todo hombre con el espíritu muerto. En toda persona humana, el espíritu está allí pero muerto, porque no tiene la vida de Dios. Sin embargo, hay personas que tienen un espíritu más poderoso que su misma alma. Lógicamente que por medio de esa actividad que tienen, esa energía que tienen, aunque no conocen a Dios, pero sí conocen al diablo. Y de ahí que los parapsicólogos, los brujos, y toda esa gente con poderes espirituales de las tinieblas, tienen una poderosa actividad espiritual dentro de ellos. Incluso hay evidencias de satanistas cuyos espíritus trabajan a la par con los espíritus diabólicos. Sí, en el mundo espiritual ocurren estas cosas.
Además, la Palabra revela que hay una unión bien trabada entre el alma y el espíritu. Es por eso que, cuando una persona lee la Palabra de Dios por el espíritu, la Palabra se convierte en una cortante espada de doble filo que actúa directamente para dividir el alma y el espíritu. Es necesario que lo del alma se diferencie bien de lo del espíritu, porque, como el alma se fortaleció demasiado después de la caída, se da el caso de que el espíritu obedezca al alma, y haga lo que el alma quiera. Incluso, si hay una clara división entre el alma y el espíritu, puede confundirse claramente la persona, y llegue a pensar que está adorando a Dios con el espíritu, cuando lo que está haciendo es una adoración externa, anímica, emocional; sencillamente le está dando gusto a su propia alma en vez de agradar a Dios. Puede haber, pues, mucha confusión cuando los pensamientos del alma, las intenciones del alma, las emociones del alma están unidas al espíritu; y eso hay que dividirlo.
Bien, cuando creemos, viene la vida de Dios a nosotros; el Espíritu de Dios nos trae la vida de Dios; la vida que no ha sido creada viene a nosotros; la vida eterna, la vida que en griego no es la vida bios (la biológica, la del cuerpo), ni la vida psiqué (la del alma), sino la vida que en griego es Zoé, la vida que no ha sido creada, la vida divina. Y cuando esa vida viene a nosotros, ocurre un nuevo nacimiento en el que cree, un nacimiento al mundo espiritual, un nacimiento, hermanos, que en griego es palingenesia (de palin, de nuevo; y génesis, nacimiento), de donde se deriva la palabra genes. Nuevo nacimiento; nacer de nuevo. El que no ha nacido de nuevo no puede ver el reino de Dios, ni escuchar a Dios. La cosa no es simplemente porque ya eres evangélico, no. Es porque naciste de nuevo, y empiezas a interesarte por las cosas de Dios. Pero a veces, aunque hayamos nacido de nuevo, nosotros nos amañamos con lo que traemos y no lo queremos soltar. Pero Dios quiere crecer en nosotros en la persona de su Hijo, y que entendamos que lo que Dios nos da, no nos lo va a quitar jamás. O sea que esta salvación es eterna, es incondicional y no va a acabar. Es la salvación del espíritu; sólo que lo que sigue es que el Señor quiere salvarnos, liberarnos, de nosotros mismos.
Entonces tenemos nosotros, hermanos, un nuevo nacimiento cuando creemos, y sin esa regeneración no podemos ser salvos. Leamos Tito 3:5 donde dice: "Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo". Si alguna persona es regenerada es porque ha pasado de muerte a vida, y ya ha llegado la vida de Dios a su espíritu; entonces empieza a haber un trabajo del Espíritu realizando una transformación en el alma. Ese trabajo del Espíritu de Dios en nuestra alma humana se llama renovación; hacer todo nuevo en nuestro yo, ir eliminando las viejas costumbres, los resabios, ser libres de nuestro mal carácter, renunciar a los pecados ocultos y todo lo que a nosotros nos quiere enredar en nuestro andar por el mundo; debemos alejarnos del mundo, evitar ciertas amistades que nos incitan a descuidar nuestra comunión con Dios; dejar de pensar como lo solíamos hacer antes, y entrenarnos a pensar como Dios, y recibir y entender los mensajes de Dios; analizar y saber que Dios nos está hablando y qué es lo que nos dice. Venimos arrastrando ciertas costumbres sociales, ancestrales, religiosas, políticas. De modo que cada día debemos decirle al Señor: «Señor, sigue tratando mi alma, continúa tu trabajo de renovación en mí; ayúdame a despojarme de toda cobardía y a romper con todas mis tradiciones y costumbres que han venido haciendo una gruesa pared entre Tú y yo, Señor, estorbando una perfecta obediencia y santidad». Todo eso lo quiere limpiar el Señor, y hacer de nosotros nuevas criaturas.
En la regeneración la carne no se transforma; sigue permaneciendo igual; en ese instante somos librados de la pena del pecado, pero no de su poder. Antes de que Dios empiece a desarraigar lo viejo de la carne, primero restaura nuestra comunión con Él. La regeneración no es un acto externo, ni un protocolo, ni un pacto simplemente oral. La regeneración es interna, subjetiva, pues es la vida de Dios en nosotros; es pasar de muerte a vida. Es imposible que experimentemos varias veces la regeneración. Como se nace una sola vez de nuestros padres, así también la regeneración no puede repetirse. El nace en el Espíritu, nace para siempre.
Poderes que activan la regeneración
Entonces, hermanos, hay unos poderes que activan la regeneración, que obran para que se realice la regeneración de nuestro espíritu y continúe en la renovación de nuestra alma, empezando por el entendimiento, que son: la Palabra de verdad y el Espíritu Santo. La Palabra de verdad la encontramos en Santiago 1:18: "18Él (el Padre de las luces), de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas". También nos lo revela el Señor por el apóstol Pedro: "22Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro; 23siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre" (1 Pe. 1:22,23). El otro poder activo es la persona misma del Espíritu Santo, que ya hemos mencionado, y que está en Juan 3:3,5. Tenemos que nacer en el Espíritu; el Espíritu es el agente; el Espíritu es el que interviene en la persona, como lo revela la Palabra en Juan 16:7-10, el que convence de pecado, de justicia y de juicio, y le muestra al hombre la necesidad que tiene de la salvación. Es como si le dijera: «Tú estás en un barrial lleno de inmundicia; tú estás perdido; tú eres reo de muerte eterna; pero hay una opción: Cristo murió por ti; Él cargó con todos tus pecados». Esa obra la hace el Espíritu Santo; entonces la persona tiene la opción de usar su voluntad para aceptar aquel ofrecimiento, hermanos.
La base de la regeneración es la muerte sacrificial de Cristo. Lo leemos en 1 Corintios 15:2,3: "2Por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano. 3Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras". Esa es la base. ¿Y cuál es entonces el elemento indispensable para ser beneficiarios de la regeneración? Se desprende que ese elemento indispensable es la fe personal en Jesucristo. Eso es personal; eso no se hereda. Como lo dice el apóstol Juan en el versículo 13 del primer capítulo de su evangelio. Dice que los hijos de Dios no son engendrados ni de carne ni de sangre, sino por la voluntad de Dios: "12Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; 13los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios" (Jn. 1:12,13). Por eso que el bautismo de niños no sirve para nada, pues ellos ni siquiera saben lo que les están haciendo; cuando crezcan, si personalmente creen en Jesucristo, entonces reciben y experimentan y son beneficiarios de la vida de Dios en nosotros, que se llama regeneración.
Beneficios de la regeneración
El creyente recibe por lo menos cuatro beneficios de la regeneración:
1) El primer beneficio que recibe el creyente de la regeneración es que todo nacido de nuevo (del Espíritu) es hijo de Dios. Queremos que la Biblia misma nos indique que una persona es un hijo de Dios cuando cree, es un hijo de Dios mañana, es un hijo de Dios dentro de diez años, y es un hijo de Dios para siempre. Si nosotros un día nacimos de nuestros padres terrenales, nacimos para siempre. ¿Cómo hacen esos padres para afirmar que ese hijo no es de ellos? Si ese hijo nació de sus entrañas, para siempre es hijo de esos padres. Aunque lo nieguen, sigue siendo hijo de ellos. De manera que si nosotros nacimos en el Espíritu en virtud de la obra expiatoria de Cristo, somos constituidos eternamente hijos de Dios. Si hoy soy un hijo de Dios, y mañana no tengo la seguridad de que lo sea, entonces ¿para qué dice la Palabra de Dios que va a haber un tribunal de Cristo para juzgar a la Iglesia? ¿Qué objeto tendría ese tribunal y ese juicio? El tribunal de Cristo sobraría; ¿por qué? Sencillamente porque todo aquel que peque ya dejaría de ser un hijo de Dios. Entonces, ¿quiénes comparecerían ante el tribunal de Cristo? Solamente los vencedores, los cuales serían, al fin de cuentas, los únicos hijos de Dios. Por tanto, ¿a quiénes iría el Señor a juzgar en Su tribunal en Su venida? ¿Las obras de quiénes? Pero la Palabra de Dios dice que todos nosotros compareceremos allí y tendremos que dar cuenta de nuestras obras, de todo lo que hayamos hecho mientras estamos en esta tierra, sea bueno o sea malo. Entonces el primer beneficio de la regeneración es ser hijos de Dios. Lo leemos con toda claridad en el evangelio de Juan: "12Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; 13los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios" (Jn. 1:12,13). También lo dice Pablo en sus epístolas a los Gálatas y a los Romanos: "Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús" (Gá. 3:26). Lo anterior se lo dice a los gálatas a pesar de que al comienzo de la carta les decía que se estaban dejando convencer de unos judaizantes para seguir un evangelio diferente. "16El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. 17Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados" (Ro. 8:16,17).
2) El segundo beneficio del nuevo nacimiento es que el creyente es una nueva criatura. Ya hemos leído muchas veces esta declaración de Pablo: "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí (han venido) las cosas nuevas (esa es la traducción correcta)" (2 Co. 5:17). "Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación" (Gá. 6:15). "Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas" (Ef. 2:10)).
3) El tercer beneficio de la regeneración es que el creyente participa de la naturaleza divina. Ahora mismo nosotros participamos de la naturaleza de Dios por la regeneración, el nuevo nacimiento que experimentamos desde el momento en que creímos en Cristo. "3Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, 4por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia" (2 Pe. 1:3,4).
4) Otro beneficio que recibe el que ha nacido de nuevo es que participa de la victoria del Señor Jesucristo sobre el pecado y sobre el mundo, sobre su propia persona, sobre su entorno, etc., conforme a la medida de su fe. "4Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. 18Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios, no practica el pecado, pues Aquel que fue engendrado por Dios le guarda, y el maligno no le toca" (1 Jn. 5:4,18). A nosotros aveces se nos olvida que esa victoria es nuestra; y encontramos a creyentes llevando una vida derrotada. Nosotros ya somos hijos de Dios. Los hijos de Dios pecan, pues todos pecamos, pero no practicamos el pecado; no es nuestro propósito tener al pecado como una práctica. Claro, habrá excepciones de creyentes que voluntariamente pecarán, pero a esas personas les va muy mal. Nosotros no es que no pequemos, sí pecamos, pues aun en eventuales vivencias que puede que no tengan malicia, cosas que a uno le agradan mucho, que no se considera que constituyen pecados, pero le estás proporcionando a tu alma ese gozo, en esas cosas pecamos. ¿Quiere Dios que tú le proporciones gozo a tu alma todos los días? Dios no nos dice que le estemos dando gozo a nuestra alma; es lo contrario; Dios dice que si tú ahora quieres que tu alma se goce, que ganes tu alma, entonces para Dios la pierdes; de manera que no le des tanto gusto a tu alma. Claro, hay hermanos que tienen sus comodidades, tienen dinero, y es legítimo que se lo quieran gastar para darse sus gustos; por ejemplo, que quieras viajar mucho. «Hermano, que rico que este año he podido ir a San Andrés Islas, estuve paseando por España y Europa, y ya estoy empacando las maletas para irme a Israel». ¿Se lo has consultado al Señor? ¿Estará de acuerdo Dios con todo esos goces continuados? Pregúntaselo al Señor. Claro, yo no pretendo ser un aguafiestas. Solamente les transmito lo que siento transmitirles de parte del Señor y el espíritu de la Palabra. Tú ahora puedes gozarte; darle mucho gozo y satisfacción a tu alma y a tu cuerpo, pero, ¡cuidado, no sea que con tanto gozo aquí vayas perder tu gozo con el Señor en el reino! Digo yo, y la Palabra también.
Muchas veces cree uno que como vive todo está bien, que nada de eso ofende al Señor; nada de eso es pecado. ¡Ah! Yo lo sigo haciendo así. Viendo telenovelas horas de horas, comprando muchas cosas innecesarias, conversando sandeces sin parar, y otras boberías por el estilo.
La santificación
Bien, ya hemos visto la propiciación o expiación, también hemos visto la redención, luego vimos la justificación y la reconciliación. Entramos en los terrenos de la regeneración. Miremos un poquito la santificación, que también está dentro del vasto campo de la salvación. La palabra santificación es traducida de la palabra griega hagiasmós, que proviene de hagios, santo. La santificación tiene dos sentidos:
1) El día que creímos, el día que fuimos regenerados fuimos santificados de una; allí ocurre una separación posicional. Uno es separado en el momento de la conversión. Posicionalmente Dios nos apartó del mundo para Su propiedad y Su servicio. Esa es una connotación de la santificación: "Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad" (2 Ts. 2:13). "En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre" (He. 10:10).
2) Pero también hay proceso de crecimiento espiritual. Una vez nosotros estemos apartados del mundo, ya somos santificados. Porque hay creyentes que piensan que no son santos. Pero fíjate en el caso de los corintios. En esa primera epístola Pablo les dice carnales, niños en la fe, que entre ellos hay inmoralidad sexual, conatos de divisiones, desórdenes en los ágapes, que no disciernen el cuerpo de Cristo, y otras cosas, y sin embargo, en el saludo de la carta, Pablo les dice: "a los santificados en Cristo Jesús".
Veamos algunas citas bíblicas referentes a este proceso de santificación. "19Hablo como humano, por vuestra humana debilidad (esto se lo dice Pablo a los santos de Roma); que así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia". Es decir que los santos también tienen que santificarse. Ya habéis sido libertados del pecado; ahora soy siervos de Dios, es decir, ya hubo la primera santificación, pero ahora tenéis otra cosa por delante, tenéis por vuestro fruto la santificación; como diciendo, ustedes ahora ocúpense en vuestra santificación. Trabajad en ella. "22Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios (es decir, ya tenéis la primera santificación), tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna" (Ro. 6:19,22). O sea, ustedes trabajen en su propia santificación. "3Pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación. 7Pues no nos ha llamado Dios a inmundicia, sino a santificación" (1 Ts. 4:3,7). "1Tú, pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús. 5Y también el que lucha como atleta, no es coronado si no lucha legítimamente" (2 Ti. 2:1,5). "Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor" (He. 12:14).
La primera santificación, es la santificación es del espíritu; la segunda es la del alma. Nosotros ahora estamos en ese proceso. Entonces, la primera connotación de santificación es que somos apartados del mundo para el Señor, para que le adoremos a Él, para que le sirvamos a Él; pero una vez que somos apartados, hay un proceso de santificación. Una vez separados, en nosotros empieza un crecimiento espiritual. Hay santos muy carentes de madurez espiritual; hay santos que están experimentando un buen desarrollo espiritual, y hay santos espirituales; así como hay santos carnales, los hay también espirituales. Hay santos bebés que son muy delicados, muy sensibles, que de pronto se sienten si tú no los saludas con todo el cuidado y la amabilidad. Eso se llama carnalidad, niñería. Hay santos intocables, pero son santos. Dice Nee que los del mundo son pecadores-pecadores, y que nosotros somos pecadores santos.
Dios, antes de la fundación del mundo, predeterminó para nosotros los creyentes el estado de santificación; esto es, a los que en gracia Él llama, pero para ello no basta con empezar, sino también persistir y perseverar. Obrar en nuestra santificación con constancia. Nosotros los creyentes tenemos ese proceso ahora entre manos.
Otro aspecto importante y digno de tener en consideración es que la santificación procede del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La Palabra de Dios nos da constancia de ello, por los menos, en las siguientes citas bíblicas: "Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo" (1 Ts. 5:23). "Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos" (He. 2:11). "Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta" (He. 13:12). "Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios" (1 Co. 6:11). "Para ser ministro de Jesucristo a los gentiles, ministrando el evangelio de Dios, para que los gentiles le sean ofrenda agradable, santificada por el Espíritu Santo" (Ro. 15:16).
Como lo hemos venido analizando, la justificación y la regeneración son hechos divinos que son realizados en nuestras vidas de una vez y para siempre dentro de nuestra salvación. Son actos irrepetibles. Para Dios ya estamos justificados y ya hemos nacido de nuevo. Son realidades que no se pierden en nuestras existencias, pues son irreversibles. En cambio la santificación es progresiva y seguirá obrando hasta que nuestra vida terrenal termine. Entonces, como hemos visto, en la justificación Dios hace algo por nosotros; en cambio, en la santificación, Dios hace algo en nosotros. La justificación tiene que ver con nuestra posición ante Dios; la santificación concierne a nuestro carácter y conducta.
La Renovación
También habla la Biblia de una renovación en nuestra alma, empezando por nuestra mente, como lo leemos en Romanos 12:2: "No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta". La renovación es la aplicación de la salvación en nuestra alma por el Espíritu Santo, y lo primero que debe ser renovado en nosotros es nuestra forma de pensar, luego nuestra forma de sentir. En los originales griegos la palabra transformación es metamorphosis, cambio de forma, cambio de modo de pensar; entonces debe haber una configuración a Cristo, y para que haya una configuración a Cristo, para que cada día seamos configurados a la imagen de Cristo, debe haber una metamorfosis en nosotros; metamorfosis operada en nuestra alma comenzando por la mente. "Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros" (Gl. 4:19). "22En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, 23y renovaos en el espíritu de vuestra mente, 24y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad" (Ef. 4:22-24). Debemos llegar a ser semejantes al Señor en todo. "A fin de conocerle (a Cristo), y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte" (Flp. 3:10).
La renovación encierra dos aspectos: uno negativo y otro positivo; es decir, por un lado es necesario que nos despojemos de lo viejo, que nos separemos de todo lo que nos aparta de Dios, lo malo, lo perverso; pero por otro lado conlleva el principio y la necesidad de vestirnos de lo nuevo, lo que Dios nos trae en Cristo. Por un lado implica separación, un despojarse, y por el otro implica un conducirnos a una nueva conformación y unión, una nueva vestidura, la de Jesucristo. Esa es la meta final de la renovación. "Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro" (Ro. 6:11).
También es provechoso tener en cuenta las siguientes citas bíblicas: "5Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría. 8Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca. 12Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; 13soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. 14Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto. 15Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos. 16La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales. 17Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él" (Col. 3:5,8,12-17). "Pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación" (1 Ts. 4:3). La configuración de los hijos de Dios a Cristo se usa: a) de la conformidad de los hijos de Dios "a la imagen de su Hijo", a su perfección. "28Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. 29Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. 30Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó" (Ro. 8:28-30).
b) de su futura conformidad física a Su cuerpo de gloria. "El cual (Cristo) transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas" (Flp. 3:21).
La Liberación
Cuando ya somos salvos por la gracia, salvación que nos es asegurada por medio de Jesucristo, como consecuencia recibimos la libertad cristiana. Dejamos de ser esclavos de muchas cosas; de la ley, de la maldición de la ley, del temor a la muerte, del pecado, del yugo de las ordenanzas ceremoniales del Antiguo Testamento. Pero esa libertad no ha de usarse como excusa para el pecado, ni debe convertirse en libertinaje. La palabra griega soteria (salvación) denota también liberación, preservación. La versión Reina-Valera de 1960 la traduce "liberación" en Flp. 1:19: "Porque sé que por vuestra oración y la suministración del Espíritu de Jesucristo, esto resultará en mi liberación". El Señor Jesucristo nos saca, nos aparta, del mundo para Sí mismo: "El cual se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre" (Gl. 1:4), y venimos a ser siervos de Él..
La Glorificación
Llegados ya a este punto de la nuestra salvación, ¿cuál será nuestro ámbito actual como hijos de Dios? La Palabra de Dios dice que Dios, juntamente con Cristo "nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús" (Ef. 2:6). Jesucristo, después que resucitó, fue glorificado, subió a la gloria del Padre. La gloria se relaciona con la buena reputación, la fama, el renombre, el honor y la majestad. Las Escrituras la usan con relación a Dios y a su Cristo. "Estas cosas habló Jesús, y levantando los ojos al cielo, dijo: Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti" (Juan 17:1). "El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su Hijo Jesús, a quien vosotros entregasteis y negasteis delante de Pilato, cuando éste había resuelto ponerle en libertad" (Hch. 3:13).
Como hemos dicho, Jesús, después de la resurrección, fue ascendido al cielo y glorificado; y Dios ha glorificado a los que han creído en Él. Es un acto divino consumado. "29Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. 30Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó" (Ro. 8:29,30).
Gloria viene del griego doxa, dokeo, parecer. Significa primariamente opinión, estimación; y de ahí el honor resultante de una buena opinión. La gloria de Dios siempre ha resplandecido en la persona de Cristo, y siempre resplandecerá. "Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese" (Jn. 17:5). "El cual (Cristo), siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas" (He. 1:3).
La gloria de Dios fue exhibida en el carácter y en los actos de Cristo en los días de su carne. "Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad" (Jn. 1:14). "Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él" (2:11).
La gloria de Dios se manifestó en la resurrección de Cristo: "Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva" (Ro. 6:4) y en su ascensión y exaltación: "Y mediante el cual creéis en Dios, quien le resucitó de los muertos y le ha dado gloria, para que vuestra fe y esperanza sean en Dios" (1 Pe. 1:21).
De la misma forma, fue manifestada en el monte de la transfiguración. "Pues cuando él recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia" (2 Pe. 1:17).
También la gloria de Dios habla del carácter y caminos de Dios exhibidos por medio de Cristo y a través de los creyentes. "Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor" (2 Co. 3:18).
También la glorificación habla del estado de bienaventuranza o bendición al cual los creyentes han de entrar al ser hechos a la semejanza de Cristo. "18Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse. 21Porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios" (Ro. 8:18,21). "El cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas" (Flp. 3:21). "1Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano también con ellos, y testigo de los padecimientos de Cristo, que soy también participante de la gloria que será revelada. 10Mas el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca" (1 Pe. 5:1,10). "Teniendo la gloria de Dios. Y su fulgor era semejante al de una piedra preciosísima, como piedra de jaspe, diáfana como el cristal" (Ap. 21:11). ¡Que el Señor nos ayude!
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Referencias (0)
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Publicado en General el 20 de Febrero, 2007, 22:17
por Arcadio Sierra Díaz
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Capítulo 3
LA SEGURIDAD DE LA SALVACIÓN
Somos hijos de Dios eternamente
Hoy, con la ayuda del Señor, vamos a continuar con nuestro estudio acerca de la salvación, pero queremos adelantarlo hablando de la seguridad de la salvación que Dios nos ha dado por medio de Su Hijo. No podemos darnos el lujo de dudar de que la salvación que Dios nos ha dado está supeditada a los vaivenes de nuestra vida, de nuestra conducta ni de nuestro proceder. No habría garantía ni seguridad para Él, de ninguna manera, edificar una Iglesia de estructura tan endeble cuya estabilidad dependiera de nosotros. Por eso la salvación es segura, la salvación es veraz, la salvación es eterna y verdadera, porque se basa, no en nuestras obras, no en cumplimiento de leyes y de principios y reglamentos por parte de nosotros, sino en la obra eterna y poderosa del Señor Jesucristo. Hay que tener en cuenta que Dios no está improvisando, y mucho menos con algo tan serio e importante como la justificación de los que hacemos parte del cuerpo de Cristo, piedras vivas para la edificación del templo vivo de Dios.
En la Biblia hay un caso, un ejemplo muy diciente en la Palabra de Dios, en el cual nosotros aprendemos que desde el momento en que Dios nos adopta como Sus hijos, nunca jamás dejaremos de ser hijos de Dios, suceda lo que suceda. "4Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, 5para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos" (Gá. 4;4,5). El ejemplo lo encontramos en el capítulo 15 del Evangelio de Lucas. Allí aparecen tres parábolas de gracia narradas por el Señor Jesucristo, pero por el momento nos interesa analizar un poco la tercera, la del hijo perdido, o hijo pródigo.
"11También dijo: Un hombre tenía dos hijos; 12y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes". Piensen, hermanos, en que la Palabra dice que un padre tenía dos hijos, y que el menor tomó la determinación de pedir la parte de su herencia e irse de la casa. Es muy interesante saber que se trata del menor, pues se supone que el mayor tenía más madurez y estabilidad emocional. En la Iglesia hay hermanos de más madurez espiritual que otros. Se supone que los de mayor madurez espiritual, esa madurez espiritual se refleja en su vida, en su obediencia, en su mayor humildad, su paciencia, su amor para con los hermanos; su andar con el Señor es más estable que el que aún es un niño en la fe. Actúa con mayor cordura, tolerancia y prudencia. El creyente maduro espiritualmente no suele tomar decisiones apresuradas, no suele enojarse muy fácil con sus consiervos; se puede contar con los hermanos de madurez espiritual.
De manera, pues, que el hijo menor le dice a su padre que le entregue lo que le corresponde a él de la herencia, y el padre se la entregó. Obró como una persona muy respetuosa con las decisiones de sus hijos. Así es Dios. Él nos entrega dones y talentos, respetando nuestro comportamiento. Dice: "13No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente". No muchos tiempo después, en una provincia apartada, este muchacho inexperto dilapidó toda esa riqueza que había recibido. Irse a una provincia apartada es salirse de ciertos límites y principios que rigen el reino que realmente debe vivir la Iglesia. Ya nosotros empezamos a conocer esos principios del reino del Señor. Quien no se someta a ellos, empieza a alejarse del Señor y Su obediencia, y empieza a caminar por sendas donde no hay luz suficiente (cfr. 1 Juan 1:5-7). En una provincia apartada perdemos la cobertura de nuestro Padre.
Sigue diciendo el Señor: "14Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle. 15Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos. 16Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba". Este joven se fue lejos, quería respirar aires de libertad, independencia y autosuficiencia, y para ello se le dio por gastarse toda aquella plata, y cuando ya no le quedó ni un solo centavo, se vio obligado a buscar trabajo, con la desgracia que lo único que encontró fue un trabajo muy asqueroso sobre todo para un judío, el de ir a apacentar cerdos. ¿Por qué le sucedería esto a este joven? En vez de este joven pon a un hermano de la iglesia andando por ahí enterrando sus talentos en el mundo. El Señor le puede poner una encerrona para que abra los ojos. Hasta allí lo lleva el Señor a tener una experiencia amarga. Un hijo de Dios que se aparta de la obediencia a su Señor y Padre, no deja de ser un hijo de Dios, pero por amor lo lleva Dios a vivir muchas experiencias amargas, sufrimientos con la mira a que ese hijo alejado pueda llegar a madurar. Nadie llega a madurar si no pasa por pruebas, muchos dolores, sufrimientos. No es bueno rehuir las pruebas. Dice el apóstol Pedro que uno debe estar armado del pensamiento de que nos puede sobrevenir padecimientos, a fin de vivir según la voluntad de Dios y no según nuestras propias concupiscencias (cfr. 1 Pe. 4:1,2), para que nada nos vaya a caer por sorpresa. El Señor mismo pasó por un proceso de sufrimiento, cuánto más nosotros. Si nuestra comunión con nuestro Padre está rota y sobrevienen la necesidades, en vez de acudir a Dios, buscamos ayuda en el medio donde nos movemos, en el mundo.
De manera que aquel hijo menor experimentó esas pruebas, pasó mucha hambre y necesidad lejos de su hogar, y fue cuando se acordó que tenía un padre amoroso y lleno de compasión; recapacitó en su pecado y necedad. Por eso la parábola sigue diciendo: "17Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! 18Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. 19Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros". Quiere decir que los jornaleros en la casa de aquel padre disfrutaban de mejor trato y standard de vida de lo que este joven vivía lejos de su familia. Ya la independencia empezó a saberle a cacho. Y en vista de todo eso tomó la decisión de regresar y humillarse ante su padre, pues él jamás había dejado de ser hijo, ni el padre lo había desechado.
"20Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó". Lo curioso que veo aquí, y que me llama mucho la atención es que, a juzgar por el contexto, el padre iba todos los días a cierto lugar alto a mirar a lontananza a ver si veía venir a su hijo. Todos los días lo estaba esperando. Lo amaba mucho; y preciso, el día que su hijo regresaba, ahí estaba su padre esperándolo. El padre no lo había rechazado, aunque él se había alejado del padre. Nosotros somos los que nos alejamos de Dios. Él siempre está esperándonos. El pecado se levanta como una oscura barrera entre el Señor y nosotros.
"21Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo". Aquel joven llegó famélico pero apenado y arrepentido. "22Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies". Aquel joven llegó harapiento, casi desnudo, desprotegido. Cuando nosotros estamos en la obediencia de Dios, estamos vestidos de Cristo. Si estamos vestidos de Cristo, no andamos desnudos. Lo de andar vestidos de Cristo es de suma importancia para nosotros. Antes de la caída, Adán no veía su desnudez porque lo cubría Dios; pero como él pecó contra Dios, entonces se vio desnudo, quedó sin la protección de Dios, y corrió a buscar hojas para cubrirse su desnudez, pero por muy anchas que fuesen las hojas, no lograban cubrir su desnudez. Siempre que el hombre quiere cubrirse por su cuenta, por su erudición, por su filosofía, por su corrección y modales humanos, por su justicia propia, por su comportamiento religioso externo, siempre seguirá desnudo. Eso le sucedió a Adán, y por eso se escondía de Dios; entonces Dios tuvo que hacer provisión para cubrirlo, y lo hizo derramando la sangre de algún animal inocente; sacrificó Dios al animal y cubrió a Adán y a Eva con la piel. Solamente con sangre se puede cubrir; así es la gravedad del asunto. Recordemos que la vez pasada decíamos que la palabra hebrea kippur (expiación) es derivada del hebreo kipper (expiar), cubrir por medio de un sacrificio expiatorio y eso se debe a que significa piel, y con la piel se puede cubrir. Eso fue lo que hizo Dios con Adán y Eva, los cubrió con la piel de un animal que había sacrificado. Dice el padre del joven: "poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies". Con el anillo le dio autoridad en la casa, y el calzado significa separación. Recuerden que en la armadura de Dios dice: "calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz" (Ef. 6:15); el evangelio nos separa a nosotros del mundo, pues el calzado no nos permite tocar la tierra.
La salvación es un regalo de Dios
Dice en Lucas 15: "23Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; 24porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse". El padre siempre consideró que aquel joven era su hijo aunque se hubiese ido del hogar y malgastado toda su herencia. Ese es el punto de vista de Dios respecto de nuestra salvación.
Hace un momento hablábamos con nuestro hermano Jorgito. Me decía él que en estos días ha estado ayudando a unos hermanos que tienen esta filosofía de que la salvación que Dios nos da en Cristo, se puede perder cuando nosotros buscamos que se pierda. Jorgito les dijo: Bueno, si ustedes tienen un hijo que se pierde en la drogadicción y llega un momento en que no regresa a casa, y de pronto llega a vivir a la Calle del Cartucho, donde viven todos esos "ñeros", y para abastecerse llega a la delincuencia y hasta a la criminalidad, y a lo mejor lo mandan a la cárcel de La Picota. ¿Esa persona deja de ser hijo de ustedes? Jamás; siempre seguirá siendo nuestro hijo. ¿Entonces por qué ustedes piensan que Dios a Sus hijos los va a rechazar y declararlos no hijos cuando pecan?
Hermanos, conste que no le estamos haciendo la apología al pecado; con esto estamos diciendo que tenemos la seguridad de que somos hijos de Dios. Nosotros somos hijos de Dios, y todos los días ofendemos a Dios, y en la medida en que lo ofendemos, debemos responsabilizarnos por los castigos que nuestro Padre celestial puede usar para corregirnos, por Su disciplina; porque no somos bastardos, sino que somos hijos de Dios por la obra de Cristo. ¿De dónde nos sacó nuestro Padre? Del mundo, cuando estábamos muertos en delitos y pecados. Lo dice el apóstol Pablo en Efesios 2:1-3: "1Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, 2en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia (éramos esclavos, encadenados por el mismo Satanás) 3entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás". Estábamos expuestos a la ira de Dios. ¿Qué sucedió entonces? Miren lo que dice Pablo a continuación:
"4Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, 5aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida (el verbo dar está en tiempo pasado; no es que de pronto nos da, o es que de pronto nos va a dar. Bueno, si te portas bien. Bueno, ¿será esta salvación segura? ¿Habrá firmado Dios el decreto de nuestra salvación? El documento está firmado por medio de la sangre de Cristo) juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), 6y juntamente con él nos resucitó (tiempo pasado), y asimismo nos hizo sentar (tiempo pasado) en los lugares celestiales con Cristo Jesús". El versículo 6 de Efesios 2 se relaciona mucho con el capítulo 6 de Romanos. Hacemos esta importante pegunta: ¿Cuántas veces murió Cristo en la cruz? Una sola vez. ¿Cuántas veces resucitó? Una sola vez. La palabra de Dios dice que nosotros morimos con Él en la cruz; y nosotros también resucitamos cuando Cristo resucitó. ¿Cuántas veces vamos a resucitar? Si yo hoy me declaro perdido, u otros hermanos dictaminan que estoy perdido, ¿será que ya perdí la salvación porque a otros se les ocurre juzgarme y declararme perdido? En ese caso, ¿cuándo iría yo a volver a morir con Cristo, si ya Él no vuelve a morir? Y el paso siguiente, ¿cuándo sería mi segunda resurrección, si ya Cristo no vuelve a resucitar? Yo morí una sola vez y resucité una sola vez.
Luego siguen dos versículos muy recurrentes cuando se habla de la salvación como un regalo de Dios. Porque, hermanos, la Palabra de Dios es muy clara para decirnos que la salvación es un regalo de Dios que no depende de nosotros, salvo en usar nuestra voluntad para recibirla por fe. Dice Pablo en Efesios 2:8,9: "8Porque por gracia sois salvos (es un regalo que no hemos merecido jamás) por medio de la fe (no por lo que yo haga o deje de hacer, que piense o deje de pensar, que omita o deje de omitir; es un regalo que Dios nos entregó); y esto no de vosotros, pues es don de Dios (que se recibe por fe); 9no por obras, para que nadie se gloríe". Supongamos que se encuentran dos hermanos creyentes, y le dice el uno al otro: Mira, hace un mes supe que ya no eras salvo, que te habías descarriado. Pero te veo bien. ¿Ya volviste a ser salvo? ¿Te arrepentiste? Sí, yo creo que superé la cosa –le contesta el otro–. Pero, ¿la sangre y el sacrificio de Cristo que los hiciste? ¿Qué hiciste mientras tanto con Su obra expiatoria en la cruz? Ah pues, yo me propuse y me dije: Voy a volver a la iglesia, voy a volver a ser salvo. (Esta conversación que resumimos acá, puede llegar a tenerse en la práctica). Pero el caso es que ese hermano que posiblemente tuvo un desliz, lo confundieron diciéndole que estaba perdido, pero el asunto es que Cristo nos salvó y somos salvos eternamente.
Si tú pecas, busca el perdón; arrepiéntete, y se restaurará la comunión con el Señor, de hijo con su Padre celestial. "18Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. 19Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros". Es decir, si tú me tratas por lo menos como a uno de tus jornaleros, eso me bastará para ser feliz a tu lado; lo importante es estar en tu casa. Pero el padre lo estaba esperando para tratarlo como a su hijo, que nunca lo había dejado de ser; no como a un jornalero.
Vemos, pues, hermanos, que la salvación es un regalo de Dios Padre por medio de Su Hijo; es otorgada por Dios por Su gracia. Gracia es un favor gratuito, inmerecido. De ninguna manera nosotros merecemos la salvación; es un regalo que se recibe voluntariamente por medio de la fe. Si yo extiendo la mano para darle un regalo a alguien, y esa persona no lo quiere recibir, pues no lo recibe; pero el caso es que nosotros sí hemos recibido ese regalo que Dios nos dio. Yo pienso que todos los que nos encontramos aquí reunidos, un día le dijimos: Creo en Ti, Señor; soy un pecador; necesito de tu salvación. Claro, tengamos en cuenta que a menudo llegan personas a la congregación que nunca han sido salvas, y de pronto no lo serán jamás.
Dios da vida eterna a los que creen en Cristo
Vamos a Juan 1:11-13. Hablando de la primera venida de Jesucristo, dice: "11A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. 12Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; 13los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios". Nosotros somos engendrados como hijos de Dios, por la voluntad de Dios; me refiero a la esfera espiritual, al nuevo nacimiento. Bendito el nombre del Señor. Así Dios nos ha hecho Sus hijos. Dios promete y da vida eterna a todos los que creen y reciben por la fe a Cristo como Salvador. Eso es un hecho trascendental. Debemos, pues, tener toda la seguridad de que somos salvos, de que poseemos la vida eterna. ¿Qué dice el apóstol Juan en su primera carta? Miremos el motivo por el cual se escribió esta carta: "Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios" (1 Juan 5:13). Es algo que el Señor nos dice por Su Palabra: «Tengan la plena certeza de que ustedes son hijos de Dios».
Otras afirmaciones también las encontramos en los siguientes versículos del capítulo 3 del evangelio de Juan: "16Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida (¿condicional? No) eterna. 18El que en él cree, no es condenado (miren qué frase tan atrevida, ¿no? El que cree en Jesucristo no es condenado); pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. 36El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él". Si hubiera algo que a nosotros nos despojara de la vida eterna recibida de Dios, el Señor lo diría en Su Palabra. ¿No lo creen ustedes? Ahí diría más o menos: «excepto aquellos que pequen», o alguna frase parecida. Pero ahí lo que dice es que "el que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él". Porque, ¿qué me sucederá si yo, como creyente, como hijo de Dios, peco? ¿Será que si yo peco, el Señor seguirá igual conmigo? No; si yo peco, me sobrevienen unas consecuencias dolorosas; y si no me arrepiento a tiempo, las tengo peores. Tarde o temprano mi pecado me alcanzará. Hagas tú lo que quieras hacer ofendiendo a Dios, no te descuides ni te confíes, que tarde o temprano te alcanza lo que estás haciendo; ahí está escrito en los libros de Dios; porque somos hijos de Dios, de un Dios delicado, de un Dios santo, de un Dios purísimo, y Él quiere que Su pueblo, su familia, también sea santo. Sí, todos los días pecamos, hermanos, de acción, de pensamiento, de omisión, de falta de amor. Por ejemplo, es muy bueno conversar con los hermanos, pero aveces se nos desliza la lengua, y caemos en la tentación de hablar mal de ciertos hermanos que de pronto no nos caen muy bien, y zas, pecamos. Y no pensamos que nuestros hermanos son también hijos de Dios, partes también del mismo Cuerpo con nosotros. Con esto estamos pecando, metiéndonos con los ungidos del Señor.
Vamos al capítulo 6 del evangelio de Juan: "37Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera (ahí no hay condiciones: no le echo fuera; esa es una afirmación rotunda y categórica). 38Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió (y ¿cuál será la voluntad de Dios? Lo dice a continuación). 39Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió (o sea, si yo quisiera echar a alguien, no puedo, porque debo hacer la voluntad de mi Padre; y ¿cuál es la voluntad de mi Padre?): Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero. 40Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. 47De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna". Vemos, pues, que todo creyente tiene vida eterna.
Nadie nos arrebata de las manos de Dios
Me agrada mucho también y fortalece mi fe leer las afirmaciones del Señor en el capítulo 10 de Juan: "26Vosotros (se dirige a los judíos que le interpelaban) no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho. 27Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, 28y yo les doy vida eterna; y no perecerán (¿qué?) jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano (nadie; no hay una sola criatura ni en el cielo ni en la tierra, ni debajo de la tierra que tenga ese poder de arrebatarnos de las manos de Él). 29Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre". Bendito el nombre del Señor. ¡Qué precioso!
Hermanos, el creyente se asegura por la fe de los beneficios que nos otorga Dios; la clave es creer. "De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida" (Juan 5:24). Por eso la vez pasada explicábamos por la Biblia cómo murió el espíritu de Adán, cómo dejó el hombre de tener la comunión y la amistad con Dios, cómo quedó desnudo, y eso no los dejó a nosotros como herencia; pero aquí dice que en Cristo ya pasamos de muerte a vida. No importa, hermanos, que tengamos que gustar la muerte física; cuando eso ocurra, entonces estaremos con el Señor; es mejor.
Ahora, el libro de Hebreos, como su nombre lo indica, es una carta enviada a los hebreos de la dispersión; a los hermanos que conocieron a Cristo, pero que antes habían militado en el judaísmo, y habían practicado todo aquello de los sacrificios, los ritualismos, la circuncisión y todo eso que se relacionara con el templo y los preceptos del Antiguo Testamento. Entonces aquí en el libro de Hebreos encontramos unas declaraciones en el sentido de que todos aquellos rituales y sacrificios eran apenas unos tipos veterotestamentarios de la verdad, que es Cristo y la Iglesia, en el Nuevo Testamento. Y vemos, por ejemplo, en Hebreos 10:14, comparando los miles y diferentes sacrificios del Antiguo Testamento con el sacrificio único del Señor, dice: "Porque con una sola ofrenda hizo (en tiempo pasado) perfectos para siempre a los santificados". Por tanto, es un hecho divino en Jesucristo, en su sacrificio; todo aquel que se acerca y cree en ese sacrificio, en esa misma hora queda santificado para siempre. No tiene que ofrecer de nuevo ninguna ofrenda. Algunas personas, hermanos, se aferran a cierto texto bíblico para sostener que, por esos versículos la Biblia dice que se puede perder la salvación. Pongámosle mucho cuidado, pues en cualquier momento te pueden alegar blandiendo esos versículos.
El texto está en Hebreos 10:26-31: "26Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, 27sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. "28El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. 29¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia? 30Pues conocemos al que dijo: Mía es la venganza, yo daré el pago, dice el Señor. Y otra vez: El Señor juzgará a su pueblo. 31¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!". Pero para analizar el texto anterior, tengamos en cuenta el contexto, es decir, lo que venía diciendo el autor en los versículos 24 y 25: "24Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; 25no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca". Aquí la Palabra nos habla exhortándonos a permanecer firmes en nuestra fe en la Iglesia del Señor; serle fieles a Cristo. Eso significa que el dejar de congregarnos, de reunirnos con el resto del cuerpo, el apartarnos de la comunión de los santos, es pecado.
El apartarse de la comunión de la Iglesia es apartarse de la comunión del Señor. Si yo me aparto de la comunión contigo, hermano, me estoy apartando de la comunión del Señor; pues toda diferencia que tenga contigo la tengo con el Señor, y debo solucionarla pronto; ni debo ver tus defectos, tu forma de ser, sino a Cristo en ti. Debo estar en paz contigo. "26Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados". ¿Para dónde se iban ellos? De pronto se volvían a la sinagoga. ¿Entendido? Ya no iban a estar con la iglesia de los santos, sino que se iban de nuevo a practicar los ritualismos y los legalismo del judaísmo en la sinagoga. "27Sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios". Esta carta dice que con la aparición y la obra de Cristo, los sacrificios del Antiguo Testamento son abolidos; de manera que una persona que se aleje de la Iglesia y se vuelva a la sinagoga, ¿qué sacrificios podría ofrecer por sus pecados? Ninguno, y entonces lo que le espera es una horrenda expectación de juicio y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios. No pierde la salvación, si es que creyó, pero le espera juicio cuando venga el Señor. Y a donde quiera que fuere a parar, no saldrá de allí hasta que haya pagado hasta el último cuadrante. Saldrá, pero no antes (cfr. Mateo 5:25,26). ¿Entendido?
"28El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. 29¿Cuánto mayor castigo (recibirá castigo) pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?" Si fue que creyó, hermanos, si se trata de un creyente, porque esta carta fue enviada a creyentes cristianos, si es un creyente, no va a perder la salvación, pero sí va a comparecer ante el Señor para dar cuenta de sus hechos. Por eso es el tribunal de Cristo; esa es su razón de ser, dar cuenta allí al Señor de nuestros actos y de nuestra conducta ahora como hijos de Dios. En el cristianismo hay escuelas doctrinales que sí reconocen la realidad del tribunal de Cristo, pero no lo tienen como un tribunal de juicio de la iglesia, sino sólo para recibir unos galardones. Sí, esto está bien, pero sólo es una parte, porque, ¿qué sucederá con los que no son galardonados? ¿y qué, entonces, lo que se refiere a las obras, las acciones malas de los santos durante su vivir en esta tierra? Porque la Palabra de Dios dice que allí, todos nosotros tendremos que dar cuenta de lo que estamos haciendo ahora, sea bueno o sea malo (cfr. 2 Co. 5:10). Entonces no es solamente para recibir galardones. No todos los santos son dignos de recibir galardones. Siendo que el galardón es el reino, ¿a los que no lo reciban qué les espera? Lo dice a continuación en el contexto de Hebreos que estamos considerando: "30Pues conocemos al que dijo: Mía es la venganza, yo daré el pago, dice el Señor. Y otra vez: El Señor juzgará a su pueblo. 31¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!" ¿Lo entendemos? Esa enseñanza amerita ocuparnos de ella más tiempo (una, dos o tres horas), pero para el objetivo de esta corta serie, consideramos que esta parte está bien así por el momento.
Ahora, la última parte del capítulo 9 de Hebreos habla de que Cristo es la ofrenda suficiente por el pecado; entonces el versículo 26 dice: "De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado". El de Cristo es un sacrificio efectuado una vez para siempre. Ya somos salvos mediante la obra de Cristo. Pero por otro lado, ocurre también en nosotros algo que debemos tener claro. Ya sabemos, hermanos, que a nosotros, en este momento, se nos ha perdonado los pecados y hemos recibido de Dios una poderosa ley que la Biblia llama la ley del Espíritu de vida en Cristo, tan poderosa que contrarresta una fuerza contraria, una ley muy poderosa que está dentro de nosotros, que es la ley del pecado y de la muerte; pero esa ley del pecado y de la muerte que heredamos de Adán, sigue allí dentro de nosotros, en nuestros miembros; aun siendo cristianos la llevamos dentro. Es por eso que el Espíritu de Dios que mora en nosotros, en la profundidad de nuestro espíritu, deba realizar un trabajo en nuestra alma para liberarnos de ese poder que mora en nuestros miembros. Recuerden las Palabras de Pablo: «Quiero hacer el bien, pero no puedo; porque hay una ley en mí, en mis miembros que me lo impide, que me lleva cautivo a la ley del pecado, la cual me obliga a hacer lo malo»; y ante lo cual exclama: "24¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? 25Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro" (cfr. Ro. 7:17-25). Eso lo hace la vida de Cristo en nosotros. En la medida en que Cristo se fortalece en nosotros, Él es quien nos libera de ese nefasto poder.
Claro que en la resurrección del cuerpo ya seremos liberados totalmente de esa ley de pecado en nosotros. Como lo vamos a ver en futuras enseñanzas, la salvación tiene lugar en nosotros en tres tiempos, porque nosotros estamos constituidos de tres partes, y cada una de ellas tiene su tiempo de salvación; es decir, la salvación de Cristo viene al espíritu, y posteriormente debe ser aplicada a nuestra alma, y por último a nuestro cuerpo. Cuando uno no distingue la salvación del espíritu de la del alma, ni tampoco la distingue de la del cuerpo, y mira ciertos textos bíblicos no habiéndose librado de esta confusión, entonces lo más seguro es que piense que la salvación se pierde; pero no estabas viendo que leías sobre la salvación del alma y no del espíritu, o del cuerpo, que es en el futuro.
Entonces es un hecho eterno el sacrificio efectuado por el Señor de una vez y para siempre; por la eternidad. Eternidad es una palabra traducida del término griego aionios, que significa "duración de las edades". Cuando nosotros leemos la expresión "vida eterna", en el original griego del Nuevo Testamento se refiere a una vida que se prolonga en la eternidad, en la duración de las edades.
El propósito principal de la encarnación del Verbo
El propósito principal de la encarnación del Verbo y Su obra en la cruz, de Su resurrección y glorificación, es salvarnos. Lo dice el Señor en su oración sacerdotal. El Señor le dice al Padre: "2Como le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste. 3Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado" (Juan 17:2,3). Cuanto más y mejor conocemos quién es Dios y quién es Cristo, más seguro está el creyente de su propia salvación, y podemos entender mejor que el propósito principal de la encarnación del Señor es dar la vida eterna en los que creen en Él. Esa es Su promesa. "Y esta es la promesa que él nos hizo, la vida eterna" (1 Juan 2:25).
En Romanos 8 encontramos un texto preciso, contundente, donde Dios afirma que la salvación es cierta, verdadera, rotundamente confiable. Toda la carta a los Romanos viene desarrollando el tema del evangelio comenzando por la culpabilidad del hombre, la justificación y salvación por la fe, tomando a Cristo como única base, el creyente unido a Cristo en Su muerte, la lucha del cristiano, la vida en el Espíritu; y de pronto dice: "29Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. 30Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó"; todo como un hecho consumado. Entonces Pablo dice: Bueno, frente a todo eso, ante todos esos hechos divinos indubitables, ¿a qué conclusión podemos llegar? Pero lo dice con las siguientes palabras:
"31¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? (Miren qué declaración) 32El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? 33¿Quién acusará a los escogidos de Dios? (¿Por qué hace Pablo esta pregunta?) Dios es el que justifica. 34¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió (¿Quién me puede condenar a mí, siendo que mi propio juez pagó mi condena y yo mismo morí con Él en la cruz?); más aun, el que también resucitó (y nosotros resucitamos con Él), el que además está a la diestra de Dios (dice la Biblia que Él nos tiene escondidos allí con Él), el que también intercede por nosotros (Él es nuestro abogado [cfr. 1 Juan 2:1]). 35¿Quién nos separará del amor de Cristo? (¡qué pregunta! ¿no, hermanos?) ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?" Cualquier creyente puede verse en una situación de intimidación y amenaza. Por causa de su fe en el Señor se puede ver privado de su libertad, destituido del trabajo y hasta amenazado de muerte. Incluso nuestra fe puede verse seriamente afectada. Pero cualquiera que sea la situación y las consecuencias, nada de eso nos hace perder nuestra salvación.
"36Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero (todos nosotros ya morimos con Cristo en la cruz, somos muertos). 37Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó". Se supone, hermanos, y eso es lo que quiere el Señor, que todos seamos vencedores; no solamente el cincuenta por ciento, como en el caso de las diez vírgenes, sino que todos seamos vencedores, y por eso las siguientes palabras del apóstol Pablo, escritas por inspiración del Espíritu Santo: "38Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados (se refiere a los ángeles caídos, pues los ángeles de Dios no procuran separarnos de Dios), ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, 39ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro". ¡Qué atrevido es Pablo! La verdad es que yo no sé si mañana voy a caer en pecado, en uno de esos pecados en que algunos suponen que ya uno pierde la salvación; el Señor me ayude; y Pablo me dice que ni lo por venir. ¿Tú sabes lo que vas a hacer mañana? No. Pero hay hermanos que afirman que de pronto mañana pierden la salvación. Aquí la Palabra de Dios afirma lo contrario. Aquí dice que no la vamos a perder; que en el porvenir yo no voy a perder la vida eterna que me ha dado el Señor. Eso está claro. Yo creo que esta afirmación de Dios no nos da margen ni siquiera para dudarlo. ¿Para qué lo vamos a dudar? ¿Hay alguna duda entre ustedes, hermanos? Por ahí hay muchos hermanos que piensan que ya perdieron la salvación; y se están haciendo mucho daño. Ya se creen condenados; y el diablo se vale de eso para susurrarles que no intenten volver porque ya están condenados, perdidos.
La religión de las apariencias
Yo vengo de ese mundo religioso, un mundo donde han retomado muchos de los rudimentos del Antiguo Testamento. ¿Por qué el Antiguo Testamento está tan cargado de esos rudimentos y ceremoniales? Es lo que dice la epístola a los Hebreos; son los conocimientos rudimentarios para la preparación del pueblo de Dios en su etapa de inmadurez, antes de la venida de Cristo. Pero ahora estamos en la etapa de la venida de Cristo, su encarnación, su vida humana, su muerte, resurrección y glorificación, la vida del Espíritu en nosotros; ya no necesitamos observar esos rudimentos, leyes de sacrificios de sangre, prohibiciones alimentarias, que sólo eran sombras que señalaban hacia Jesús de Nazaret y Su Iglesia. Pero hay mucha gente dentro de la Iglesia que vive aún esa situación farisaica de hagas y no hagas, no manejes; un mundo de no comas; un mundo en el cual es pecado hasta tomarse un refresco que tenga apariencia de cerveza. La Biblia condena tanto el ascetismo como el ritualismo. La santidad no consiste en prácticas exteriores; la santidad comienza profundamente, en el corazón, emanada de la vida de Dios en nuestro espíritu. Pueda que yo no practique algo prohibido, pero si mi corazón lo quiere hacer, por demás que aparente no hacerlo, ya estoy pecando. En el mundo religioso, el caminar suele ser muy superficial y aparente.
Miren cómo pinta Pablo esta situación: "20Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos 21tales como: No manejes, ni gustes, ni aun toques 22(en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres), cosas que todas se destruyen con el uso? 23Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne" (Col. 2:20-23). Los preceptos, el legalismo y los rudimentos del mundo van de la mano, pues los rudimentos (del griego stoiqueion) significa las primeras cosas de las otras que surgen en una serie, un primer principio, los principios elementales, los principios rudimentarios de la religión. No podemos agradar a Dios practicando esos rudimentos; debemos dejarlos atrás. Entonces una persona madura en la fe sabe perfectamente que para ser santo no se comienza con lo exterior, el vestido, la comida, la bebida, los modales vacíos, sino que el trabajo de Dios para santificarnos es desde lo más interno de nuestro ser. Lo demás ya se irá dando. Nadie puede decir que tiene una mente tan limpia que no se le ocurre algo malo; y precisamente por eso es que la oración del Padre Nuestro dice: "Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal" (Mt. 6:13). De otra manera, ¿el Señor para qué lo habría de decir? Él diría más bien: Bueno, recibe mi vida y todo cambia ya. Desde ahora empiezas a ser un místico; un dechado de perfección.
Pero el asunto es a otro precio. El trabajo del Señor con nosotros es con lágrimas. Lágrimas del Señor y lágrimas del que le sigue, pues no es fácil que nosotros nos dejemos realizar una metamorfosis dentro de nosotros, en nuestro yo. Nuestro yo es muy difícil de tratar. A veces nuestro yo es inabordable, duro y hasta tirano. Nuestro yo no quiere admitir la intromisión de nadie, así sea el Señor. Nuestro ego es a menudo intocable; pero la meta del Señor es hacernos a la imagen de Su Hijo, y que reconozcamos delante de Dios lo podridos que somos. Todo lo bueno, todo lo puro es Cristo en nosotros; por eso es que Él quiere transformar nuestra mente, nuestro modo de pensar Por eso dice en Colosenses: "20Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos 21tales como: No manejes, ni gustes, ni aun toques 22(en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres), cosas que todas se destruyen con el uso?" Nada de eso tiene poder para transformarnos. Aun las personas que son criadas con tanta rigidez, con la pretensión de que sean muy morales, ¿esas personas llegan en verdad a experimentar un cambio en su corazón? No; dice la Palabra que eso no se logra jamás. Aun teniendo la vida de Dios en nosotros, es una verdadera lucha del Señor para lograr nuestra transformación de adentro hacia afuera.
Porque, ya lo hemos expuesto arriba, la transformación no empieza por lo externo, por el vestido, por la indumentaria, sino desde lo más profundo, comenzando por el fortalecimiento de nuestro hombre interior, luego nuestro corazón, y cuando nuestra alma sea salvada, eso se traslucirá en la apariencia externa, pero no al contrario. El cambio no es de afuera para adentro, como lo quiere hacer el diablo; el cambio es desde adentro, un corazón limpio donde more Cristo y empiece a trabajarle al resto, hasta que al fin llegue la salvación a nuestro cuerpo, hasta que se someta el cuerpo, hasta que el alma sepa que allí quien manda es Cristo. Cuando el alma sepa distinguir cuál mensaje es mío y cuál es del Señor, empieza en nosotros a funcionar la salvación que Dios nos ha dado. Eso es algo diferente. Pero que no manejes, que no comas, que no toques, eso no tiene asidero en nosotros; y es por eso que a nosotros se nos critica, pero la realidad es que cuanto más santos somos, más libres somos; no para pecar, sino para vivir una vida sin tanta mojigatería. La apariencia de santidad la relaciona la Palabra de Dios con la levadura de los fariseos, la hipocresía.
La muerte de nuestro viejo hombre
En Romanos 6:6 habla del viejo hombre, el que heredamos de Adán, el que fue crucificado juntamente con Cristo: "Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado". Si andamos en nuestro viejo hombre, es porque lo queremos revivir cada día; pero ya ha sido crucificado. También el apóstol Pablo lo declara en 2 Corintios 5:17: "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es (ya el hombre viejo murió en la cruz); las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas". No vayamos al basural a recoger las cosas viejas que ya hemos tirado; no, vivamos en las nuevas, las que nos ha traído el Señor. Pablo mismo nos relata su experiencia personal en su carta a los Gálatas. El apóstol viene hablando de que no somos justificados por el cumplimiento de la ley ni por obras, y dice: "18Porque si las cosas que destruí, las mismas vuelvo a edificar, transgresor me hago. 19Porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios. 20Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. 21No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo" (Gá. 2:18-21). Esto lo dice un hombre que ya vivía esta etapa con Cristo, pero la cosa es que él no era diferente a nosotros; sino que él vivía la realidad de la muerte de su hombre viejo. Pablo era un hombre exactamente como nosotros, para que nosotros también lo logremos alcanzar y decir: Es Cristo el que vive en mí.
Nosotros éramos esclavos. Cuando Adán se entregó, y comió y desobedeció a Dios, voluntariamente firmó un acta. Ahí había un acta de decretos en contra de nosotros, que nos condenaba. Nosotros entonces nacimos siendo reos de muerte; y el acta estaba clavada en lo alto, en contra nuestra, pero la Palabra de Dios dice que vino alguien de parte de Dios a morir por nosotros, a pagar por nosotros esa culpa; alguien que no estaba incluido en esa acta, pues jamás había pecado antes ni pecó después. Lo declara Pablo en Colosenses. "11En él también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha a mano, al echar de vosotros el cuerpo pecaminoso carnal, en la circuncisión de Cristo; 12sepultados con él en el bautismo, en el cual fuisteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos. 13Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, 14anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, 15y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz. 16Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o días de reposo, 17todo lo cual es sombra de lo que ha de venir; pero el cuerpo es de Cristo" (Col. 2:11-17).
Esta declaración no la hace la Palabra ni en presente ni en futuro, lo dice en tiempo pasado. Dios respetaba ese decreto, Dios no lo podía quitar hasta que hubiera justicia, y la justicia se hizo por medio del Hijo de Dios. Entonces esa era una acusación perpetua. En la cruz Cristo triunfó sobre las potestades de las tinieblas y anuló el acta que nos condenaba. ¿Para qué vamos a permitir que otro nos condene por medio de cumplimientos de preceptos, rudimentos, reglamentos y legalismos? Aquella vieja acta que nos condenaba fue anulada, derogada, borrada en la cruz del Calvario; esa acta ya no existe. Es obra de Cristo.
Una vez anulada esa acta condenatoria; una vez que nuestro viejo hombre fue crucificado con Cristo, empieza en el creyente una vida victoriosa, una vida en el Espíritu. Ya no hay condenación para el creyente. Pablo lo declara en Romanos 8:1,2: "1Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. 2Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte". Uno está en Cristo Jesús, pero si la persona peca contra Dios, el diablo puede llegar a acusarlo; pero si la persona se apresura a arrepentirse y pide perdón, es perdonada, pues ante el Padre tenemos un abogado. Sigue diciendo Romanos 8: "Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne" (v. 3).
Imagínense, hermanos, el Señor sufría cuando se le acercaba su hora de amargo dolor. Porque el Señor era humano también, de manera que se le acercaba la hora de tomar la cruz, y Él sufría; y el Señor se puso triste, pues él pensaba por lo que tenía que atravesar. ¿Por qué, hermanos? Porque el Señor cargó con todos los pecados de toda la humanidad; y llegó un momento en que el Espíritu de Dios le fue quitado, y se vio tan solo, tan abandonado y alejado del Padre, que gritó estando en la cruz, y le dijo: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Mr. 15:34). Eso tenía que ocurrir para Él poder darnos una salvación verdadera, confiable; una salvación en la que nosotros podamos estar seguros de que por la obra de Cristo, por haber quedado solo soportando aquella muerte tan dolorosa, sin ninguna ayuda, allí traspasado por esos calambres, su anemia; de pronto hasta se le estalló el corazón, nosotros ahora podamos decir con toda la certeza de que tenemos la vida eterna en Jesucristo, y somos hijos de Dios.
La salvación es por gracia
Amerita en esta parte del tema de hoy hablar de la gracia; de que la salvación es por gracia de Dios. La palabra gracia es traducida del término griego caris (χάρις), la cual tiene varios usos en la Biblia, pero a nosotros nos interesa verla por la connotación del don o favor que se hace sin merecimiento particular; concesión gratuita, como la que hemos recibido de Dios. Por ejemplo en Hechos 14:26, refiriéndose Lucas al primer viaje misionero de Pablo, dice: "De allí navegaron a Antioquía, desde donde habían sido encomendados a la gracia de Dios para la obra que habían cumplido". De manera que la gracia, en este caso, se puede definir como "el favor inmerecido de parte de Dios" hacia el pecador. Dios ofrece todo por nada a los que merecen solamente lo completamente opuesto. En Dios se destaca, por tanto, su libre disposición y universalidad, su carácter espontáneo, como en el caso de la gracia redentora de Dios, y el placer o gozo que Él se propone para el que la recibe.
La revelación suprema de la gracia de Dios se halla en la encarnación, el ministerio y sacrificio propiciatorio del Señor Jesús, en toda su extensión. De manera que la Escritura enseña que:
1. La justificación es por la gracia
Lo afirma Pablo en su epístola a los Romanos: "Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús" (Ro. 3:24). También cuando le escribe a Tito: "Para que justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna" (Tit. 3:7). Nosotros jamás hubiéramos logrado justificarnos ni cumpliendo la ley ni tratando ser buenos. Si no hubiéramos sido justificados por la gracia de Dios por medio de la obra de Cristo, nos hubiéramos perdido eternamente.
2. La salvación en cada punto y en todos sus aspectos es por la gracia
Esta aseveración de las Escrituras la podemos ver en dos texto de la epístola de Pablo a los Efesios. "7En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, 8que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia" (Ef. 1:7,8). Aquí está hablando de la obra de Cristo, del Amado. Es nuestro objetivo abundar en textos bíblicos, a fin de que sean las Escrituras mismas las que nos muestren que la salvación es un regalo de Dios, que hemos recibido por Su gracia, no porque nosotros la merezcamos, ni la podamos garantizar portándonos bien. "4Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, 5aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), 6y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, 7para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. 8Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9no por obras, para que nadie se gloríe" (Ef. 2:4-9).
3. La elección es por la gracia de Dios.
"5Así también aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia. 6Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra" (Ro. 11:5,6). Aún no había Dios creado al mundo cuando nos eligió según el puro afecto de Su voluntad. Como nosotros no habíamos aún nacido, entonces no habíamos hecho ni bien ni mal. ¿Por que Dios nos eligió a nosotros? Por Su amor desbordante y Su voluntad soberana.
4. La fe también es un don de la gracia de Dios
"8Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9no por obras, para que nadie se gloríe" (Ef. 2:8,9). La salvación es por la gracia de Dios y el hombre se la apropia por la fe solamente. Pero primero se manifiesta la gracia, y luego esa gracia nos beneficia porque nos la apropiamos por la fe; pero tengamos en cuenta que la fe también es un don de Dios. La fe implica la aceptación y la confianza en Cristo y sus promesas. La fe bíblica es creer en la verdad de Cristo sencillamente porque así lo dice Dios. Otro ejemplo de las Escrituras nos las trae Lucas en Hechos con ocasión de la predicación de Apolos: "Y queriendo él pasar a Acaya, los hermanos le animaron, y escribieron a los discípulos que le recibiesen; y llegado él allá, fue de gran provecho a los que por la gracia habían creído" (Hch. 18:27).
5. Los dones espirituales son de la gracia de Dios
"De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada, si el de profecía, úsese conforme a la medida de la fe" (Ro. 12:6). Los diferentes dones que recibimos en la Iglesia provienen, no de mérito alguno de parte de nosotros, sino de la gracia de Dios. También la consolación, esperanza y fortaleza nacen de la gracia, como vemos en la respuesta del Señor al apóstol Pablo en la ocasión cuando le rogó al Padre que le quitara un aguijón que le golpeaba su carne; veamos: "Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo" (2 Co. 12:9). Y las palabras de Pablo a los hermanos tesalonicenses: "16Y el mismo Jesucristo Señor nuestro, y Dios nuestro Padre, el cual nos amó y nos dio consolación eterna y buena esperanza por gracia, 17conforte vuestros corazones, y os confirme en toda buena palabra y obra" (2 Ts. 2:16).
¡Que el Señor nos ayude! Amén.
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Referencias (0)
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Publicado en General el 20 de Febrero, 2007, 6:27
por Arcadio Sierra Díaz
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Capítulo 4
LA SALVACIÓN EN TIEMPO PASADO
LA SALVACIÓN DEL ESPÍRITU
Los tres tiempos de la salvación
Hoy vamos a continuar con el tema que nos dio el Señor acerca de la salvación. Hoy vamos a iniciar los tres tiempos de nuestra salvación integral, que son: pasado, presente y futuro. Hoy vamos a considerar nuestra salvación en el tiempo pasado. Cuando uno, al leer en la Biblia los versículos relacionados con nuestra salvación, se encuentra con el verbo salvar en tiempo pasado, y los confunde con versículos cuyos verbos están en tiempo presente, o en tiempo futuro, entonces no lo puede entender con claridad, o puede quedar confundido, porque la Biblia habla de que ya somos salvos, también habla de que nos ocupemos de nuestra salvación ahora, de que estamos siendo salvados, pero también habla de que seremos salvos. De manera que encontramos en las Escrituras estos tres tiempos de nuestra salvación, y es importante que estemos claros en este tema, que no nos confundamos, que lo vivamos, que entendamos bien todo lo relacionado con estos tres tiempos de la salvación.
El tiempo pasado se refiere a la salvación eterna, a la vida que nos dio Dios el día que creímos; esa la vida de Él, la vida eterna, la vida increada que nos trajo el Espíritu el día que fuimos regenerados porque nacimos de nuevo, que es el nuevo nacimiento a la vida espiritual.. Es la salvación del espíritu.
Cuando la Palabra de Dios habla de la salvación en tiempo presente, ya no es del espíritu, ya no se trata de la vida eterna; se refiere a la misma vida pero aplicada entonces al alma. Esa vida eterna que Dios nos da, debe ser aplicada entonces, no al espíritu, pues ya la tenemos en el espíritu, sino al alma nuestra, al alma humana, en la cual debe empezar un proceso de salvación.
Y en el futuro nuestro cuerpo también debe ser salvo. Cuando no se entiende esto, reina la confusión en el creyente, y termina por creer que la salvación no es segura, que se pierde, subestimando de paso la sangre derramada por el Señor y Su gran obra en la cruz por nosotros.
Entonces, hermanos, una persona puede haber transcurrido un mes, un año, o aun diez años, de haber recibido y creído en Cristo; esa persona es salva eternamente, ya tiene su salvación en el espíritu, la vida de Dios ha venido a esa persona, pues Dios comparte su naturaleza con nosotros cuando nacemos de nuevo, pero su alma puede aún estar no siendo salva. Es salvo eternamente, pero ¿pero qué sucede con su alma? que sus pensamientos, se deslizan, sus pensamientos se descarrían, se untan de mundo sus sentimientos. Muchos viven y se mueven por el sentir. Hay personas que son muy emotivas; de manera que si no sienten ciertas cosas, entonces piensan que ya perdieron la salvación; pero la salvación no es por el sentir. Claro que la presencia de Dios en nosotros tiene en nosotros ciertos motivos que afectan nuestros sentimientos, pero los sentimientos del alma deben ser tratados por Dios. Una cosa es vivir en los poderes de los sentimientos y de las emociones, porque las emociones son poderosas; hay personas que quieren vivir en esos poderes de las emociones; pero es mejor vivir en los poderes de la resurrección y no en los poderes de los sentimientos. No significa que el Señor nos despoja de los sentimientos, no; sino que los canaliza, los renueva, los transforma a fin de que en nosotros sean manifestados de acuerdo con el carácter y los intereses de Dios: amemos lo que Dios ama, y odiemos lo que Dios odia, como al pecado. Cuando en nosotros comienza a ser renovada el alma, es cuando en realidad Dios comienza a canalizar nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y, como consecuencia, nuestra voluntad empieza a determinarse por la voluntad del Señor.
Miremos, pues, en la Palabra por lo menos un versículo que se relacione con la salvación pasada (salvación del espíritu), otro versículo que tenga que ver con la salvación presente (salvación del alma) y otro versículo que muestre la salvación futura (salvación del cuerpo). Se encuentran muchos más textos bíblicos que estos, pero no es el propósito de nuestro estudio profundizar, sino apenas lo necesario para exponer con claridad lo que la Palabra de Dios nos revela acerca de la salvación de las tres partes de nuestro ser humano y sus correspondientes etapas.
Pasado.
En tiempo pasado hemos sido redimidos de la culpa y pena del pecado. Una persona no salva es esclava del pecado. Pero con lo que se refiere a una persona salva, ya ha sido pagado un precio. Lo vemos en la segunda epístola de Pablo a Timoteo 1:9. Viene hablando del Señor, cuando dice: "Quien nos salvó (miren que está en tiempo pasado; ya no hay que dudar que nosotros somos salvos, pues Él nos salvó, y de todos los años que llevamos siendo salvos, somos salvos; hemos pecado, y hemos acudido al Señor, diciéndole: Señor, pequé, y Él nos perdona por la obra de Su Hijo, y seguimos siendo hijos de Dios. Somos salvos) y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada (tiempo pasado) en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos". Entonces es un hecho de que somos salvos; somos hijos de Dios; ya nacimos de nuevo, y hemos pasado de muerte a vida. Nadie que haya nacido físicamente de sus padres, vuelve a nacer en la carne. Nadie cumple años dos veces. Asimismo cuando pasamos de muerte a vida espiritualmente, y nacemos de nuevo, eso ocurre una sola vez. Nuestro nacimiento espiritual no es sino una sola vez.
Presente.
En el tiempo presente estamos siendo liberados del poder que ejerce el pecado sobre nosotros. Antes fuimos redimidos de la culpa y pena del pecado, ahora es del poder. Cuando una persona es salva, ya frente a Dios está justificada; ya es libre toda culpa delante de Dios y no merece pena alguna, porque esa pena ya fue pagada, pero hay un poder que sigue manejando a esa persona. Miren, cuando el hombre interior, donde mora el Señor, se inclina a obedecer lo que le pide el hombre exterior, y empieza a inclinarse y a acercase a las pretensiones del hombre exterior, se va apartando de Dios, porque es una fuerza que lo quiere obligar todos los días a pecar. Entonces ahora, en la salvación que debe estar ocurriendo en nosotros, en el alma, estamos siendo liberados de ese poder del pecado en nosotros. Amerita recordar lo que dice Pablo en Romanos 7: Quiero hacer lo bueno, pero no puedo, hay una fuerza dentro de mí que me lo impide y me lleva a hacer lo que no quiero. ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? El versículo clave para mostrar la salvación en tiempo presente lo encontramos en Santiago 1:21: "Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas". Ahí no habla de la salvación del espíritu. Téngase en cuenta que esta carta está enviada a creyentes cristianos, que ya son salvos eternamente en el espíritu. Esto que estamos tratando lo podemos constatar detalladamente a través de una minuciosa lectura personal de las Escrituras, ojalá valiéndonos de una buena concordancia bíblica.
Futuro.
En el tiempo futuro, entonces, seremos librados de la presencia del pecado. El pecado es una fuerza, un poder interno que nos obliga a pecar; pero de ese poder seremos totalmente liberados cuando estemos ya revestidos de un cuerpo glorioso. Por ejemplo, hablando del Señor Jesucristo y de nuestra resurrección, la Palabra dice: "20Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; 21el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra (el cuerpo que tenemos ahora es un cuerpo de humillación), para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya (seremos conformados perfectamente a la imagen de Cristo), por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas" (Flp. 3:20,21). En ese cuerpo glorioso que tendremos, ya habrá sido eliminada esa fuerza nefasta que se llama pecado, que todavía en este momento está en nosotros. Pero ahora en nosotros, como creyentes, a esta fuerza la contrarresta una fuerza más poderosa, que es la ley del Espíritu de vida en Cristo. Esta nueva ley en nosotros contrarresta la ley del pecado. En nuestro cuerpo está todavía, y por eso es que el creyente peca, aunque no debemos pecar. Entonces seremos librados de esa presencia, y finalmente seremos conformados a la imagen de Cristo.
Ya somos salvos en nuestro espíritu
Vemos, pues, que nosotros ya somos salvos en el espíritu. Nuestro espíritu ya recibió la vida de Dios por medio del Espíritu Santo. ¿Cuándo dejamos de ser salvos? Jamás. No hay ni un versículo en la Biblia que manifieste que un creyente deja de ser hijo de Dios. A veces me pongo a pensar. Si un hijo de Dios, que es salvo por Cristo Jesús, que de pronto se le diera por manifestar voluntariamente: «No quiero la salvación que me ha dado Cristo», ¿qué le ocurriría? Es algo que no lo tengo del todo claro. Me inclino por creer que sigue siendo un hijo de Dios (cfr. Ro. 8:38,39). Pues si expresa esta frase es posible que jamás haya sido salvo, pues la Biblia dice que el que es hijo de Dios, lo será eternamente.
En el mundo a veces se da el caso de que por alguna circunstancia alguien le diga a sus padres: «Desde hoy ya nos los consideraré más mis padres: no soy hijo de ustedes desde este momento». ¿Será que lo deja de ser? No. Sigue siendo hijo de sus legítimos padres, aunque no lo quiera. Asimismo, en el caso de los hijos de Dios, aunque alguien renuncie a su condición de Dios, seguirá siendo hijo de Dios, y de eso dará cuenta ante el tribunal de Cristo, porque el nacimiento espiritual es tan verdadero como el natural de nuestros padres terrenales. Aunque es posible que esto, de que una persona renuncie de su condición de salvo, de que Dios es nuestro Padre, jamás ocurra.
Estamos viendo en el presente capítulo lo relacionado con la salvación en tiempo pasado. Hoy no vamos a hablar de la salvación del alma, sino de la del espíritu, la cual es un regalo de Dios, que nadie en el mundo ha merecido ni merecerá jamás. Cuando aún éramos pecadores, cuando estábamos hundidos en el fango, Él nos salvó; vino del cielo a darnos ese regalo; y dice la Palabra de Dios que es un regalo incondicional, como lo hemos visto en nuestros capítulos anteriores, pero es necesario que también lo analicemos aquí.
Volvamos a Efesios 2: "1Y él os dio (tiempo pasado) vida a vosotros, cuando estabais (tiempo pasado) muertos en vuestros delitos y pecados, 2en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, 3entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás". En ese tiempo no teníamos conciencia de nuestra depravada condición; y de ahí nos sacó el Señor, de esa esclavitud diabólica, de esa esclavitud carnal y concupiscente; nos sacó de esa aparente independencia. Éramos esclavos de un faraón invisible cuyos tentáculos llegaron hasta el corazón mismo de nuestro degenerado ser.
"4Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, 5aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio (tiempo pasado) vida juntamente con Cristo (por gracia sois [presente continuo] salvos), 6y juntamente con él nos resucitó (tiempo pasado; estamos resucitados; ya Cristo resucitó, y nosotros también resucitamos en la resurrección de Cristo), y asimismo nos hizo sentar (tiempo pasado) en los lugares celestiales con Cristo Jesús". Ese es nuestro lugar; y en la medida que nuestra alma sea salva, más lo viviremos. Nosotros experimentamos muy poco estar en ese lugar de gloria con Cristo debido a que todavía a la salvación de nuestra alma le falta mucho; pues aún nuestro diario vivir depende en mucho de nuestra alma no renovada, o con una renovación que aún deja mucho que desear; una renovación incompleta, mediocre; aún tenemos una mente, un entendimiento, no transformado, no renovado; seguimos pensando casi como antes; lo mismo ocurre con nuestros sentimientos, pues seguimos motivados por emociones carnales, y, claro, nuestra voluntad, como consecuencia, no está sometida todavía a la voluntad de Dios.
"7Para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. 8Porque por gracia sois salvos (presente continuo) por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; 9no por obras, para que nadie se gloríe". Si la salvación dependiera de nuestras obras y de nuestra conducta, no habría ni una sola persona salva, y entonces no habría Iglesia. ¿Por qué? Porque hoy soy salvo; hoy aparentemente no estoy pecando; pero de pronto mañana sí; entonces mañana pierdo mi salvación; pierdo mi nuevo nacimiento. Entonces, ¿cuándo volveré a nacer de nuevo? ¿Es viable que eso ocurra? Pero, hermanos, quien no es salvo, no es salvo, y ya; y el que es salvo, es salvo. Ahí no hay término medio. Eres salvo eternamente, o no lo eres. Ahora, si una persona cree, llega a ser salva.
Las obras cuando ya somos salvos
En cambio en el versículo 10 habla de obras, pero no para salvación, sino obras para los que ya han sido salvos. ¿De qué obras habla ese versículo? "10Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras (nosotros somos un poema de Dios), las cuales Dios preparó (Dios preparó obras para cada uno de Sus hijos) de antemano para que anduviésemos en ellas". Nosotros ahora tenemos una responsabilidad que Dios nos ha asignado; me ha asignado a mí, te ha asignado a ti, que cada uno debe llevar a cabo, no para que por esas obras lleguemos a salvarnos, pues ya somos salvos, ya somos hijos de Dios. De que realicemos esas obras o no, de eso debemos dar cuenta al Señor en Su venida. No son mis obras, no; son las obras que Dios ha asignado para que yo las haga para Él y con Él. "7Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado. 8Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de los santos" (Ap. 19:7,8). Es una responsabilidad que ha recaído en cada uno de nosotros. Si nosotros dejamos de hacer algo que Dios nos ha asignado que ejecutemos para Él, entonces cuando estemos en el tribunal de Cristo, el Señor no me va a aceptar que yo le diga que no hice eso porque otro hermano me lo impidió, o me estorbó, o no conté con los medios o el tiempo necesarios. Ese es el caso del que enterró su talento. ¿a dónde fue a parar? A las tinieblas de afuera. Pues entonces debo actuar por encima de todos esos inconvenientes reales o imaginarios. Yo soy un hijo de Dios y tengo esa responsabilidad; y si no la tenemos, pidámosla al Señor: Señor, hazme responsable en la obra que tú estás llevando a cabo. Porque la obra es del Señor. Cada quien que haga lo que tiene que hacer. Yo no voy a dar cuentas al Señor por lo que haga o deje de hacer otra persona, sino sobre lo mío.
Somos hijos de Dios
"2Amados, ahora somos hijos de Dios (notemos cómo lo afirma Juan, con esa entereza: ahora, no es mañana, o quién sabe, si de pronto; no), y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. 14Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida (pasar de muerte a vida es más que una mera salvación virtual), en que amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano, permanece en muerte" (1 Juan 3:2,14). La Palabra de Dios no puede hablar más categóricamente; no deja lugar a dudas ni a cavilaciones. Hemos pasado de muerte a vida para siempre. Y aquí muestra una señal inequívoca, de que nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida cuando amamos a los hermanos; y el que no ama a su hermano permanece en muerte; eso nos da la seguridad, aunque ahora no estamos hablando de ese tema; pero encaja.
Un capítulo muy rico en enseñanzas acerca de la seguridad de nuestra salvación en nuestro espíritu es Romanos 6: "1¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? 2En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado (tiempo pasado: ya morimos), ¿cómo viviremos aún en él? 3¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados (tiempo pasado) en su muerte? (ya es un hecho histórico) 4Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva (nosotros ya resucitamos). 5Porque si fuimos plantados (tiempo pasado) juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección (cuando Él murió, toda la humanidad estaba incluida; ahí estábamos nosotros. Cuando Cristo resucitó, nosotros también fuimos incluidos en esa resurrección); 6sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado". Este capítulo dice que en la cruz hubo una liberación, pues hubo muerte, de manera que en la medida que vivimos esa muerte y esa resurrección, somos librados, pues Él lo hizo con nosotros en la cruz. ¿Por qué? "7Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. 8Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él; 9sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. 10Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. 11Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro".
Sigue diciendo Romanos 6: "22Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna". Es un hecho; somos siervos de Dios en Cristo. Antes éramos esclavos del pecado, ahora somos esclavos de Dios; es una esclavitud que reemplaza a la otra, pero que son totalmente diferentes. Una es esclavitud subyugante, de odio, de dolor, de maldad, de muerte, de cadenas; la otra esclavitud es una sujeción con lazos de amor, llena de gozo y alegría, felicidad, de vida. "23Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva [regalo inmerecido] de Dios es vida eterna [que no tiene fin] en Cristo Jesús Señor nuestro".
La Biblia declara que no hay justo ni aun uno; que no hay quién entienda; que no hay quién haga lo bueno; no hay ni siquiera uno. Entonces, si no hay quién haga lo bueno, una persona que pierda su salvación, ¿cómo haría para volver a salvarse? Porque si la salvación dependiera de mí, estaría dependiendo de un fundamento nulo, porque no hay quién haga lo bueno (cfr. Romanos 3:10-18); dice que la boca de las gentes está llena de veneno de víboras; que toda la humanidad a una se desvió hacia el mal. Entonces, hermanos, ¿cómo el Señor va a darnos una salvación tan endeble, que se basa en el vaivén de nuestra conducta? Siendo que Sus hijos estamos siendo ahora edificados como Su casa, como el cuerpo de Cristo, como Su templo, ¿cómo nos va a dejar a la deriva, que si hace o no hace, que si obedece o no obedece, que si obra bien u obra mal? Entonces no sería Dios quien estuviera haciendo una cosa tan extraña para Su carácter. El Señor mismo dice en Mateo 7:18: "No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos".
Nosotros somos esos árboles. Quien hace lo bueno en nosotros, no somos nosotros mismos; es la vida de Dios en nosotros, Cristo en nosotros. Más bien nosotros le estorbamos al Señor en Sus propósitos, porque somos malos. La bondad que hay en nosotros es Él. Lo dice Pablo en Filipenses 2:13: "Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad". Si nos proponemos hacerlo, vamos a fracasar. Es Dios el que lo hace en nosotros, con nosotros, claró está. En la medida en que Él vaya avanzando en la renovación de nuestra alma, en la transformación de nuestro yo, entonces experimentaremos victoria, habrá algo positivo en nosotros, algo que a Él le honre, según vaya poniendo en nosotros el querer como el hacer. A veces Él nos puede decir algo, pero nosotros no queremos, porque estamos en otro cuento, en nuestra propia voluntad.
Ya hemos visto también lo que dice el Señor en Juan 6:44: "Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero". Hasta eso hace Dios; el Padre nos trae a Cristo; el Padre nos revela a Cristo, y el Espíritu Santo nos convence y nos hace objetos de la gracia divina para que nosotros podamos reaccionar y usar nuestra voluntad y ver que somos pecadores que necesitamos de la salvación tan grande que Dios nos da, que viene del Padre a través del Hijo y aplicada por el Espíritu Santo.
¿Cómo es salvado el espíritu?
En el capítulo 3 del evangelio de Juan se desarrolla una conversación entre el Señor Jesús y un doctor, un maestro de Israel, miembro del Sanedrín, llamado Nicodemo. Él era un religioso judaico, pero vio en el Señor a un enviado de Dios, y fue a visitarlo una noche. Nicodemo no tenía ni la más remota idea del nacimiento espiritual, como tampoco tenía suficiente claridad del verdadero carácter del reino de Dios; y el Señor, yendo directamente al grano, le dice: "3De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios". Al reino de Dios no se le puede ver por el hecho de que uno profesa alguna religión cristiana o judía o monoteísta; tampoco es por sentimientos; no es por tener ciertas ideas filosóficas; tampoco es por poseer una erudición fuera de lo común; no es por gozar del aprecio por ser una persona de muy buena moral, una persona de sanas costumbres, una persona que practica las normas de la Urbanidad de Carreño; sino que la persona, para ver el reino de Dios, debe nacer de nuevo. Como Nicodemo no entendía lo de nacer de nuevo, y lo relacionaba con el nacimiento natural de los humanos, entonces el Señor le confirmó, diciéndole: "5De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios". ¿Cómo puede hacerse eso? ¿Puede un ser humano común y corriente entender eso? Imposible. De esto se ha hablado mucho; pero digamos que para nosotros nacer de nuevo, por la revelación de Dios en nosotros, debemos vincularnos a la obra de la cruz; tenemos que pasar por ahí, como lo declara el Señor seguidamente: "6Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. 7No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. 8El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu. 14Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, 15para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna". El Señor aquí está relacionando su sacrificio expiatorio con el relato del libro de Números 21:4-9, cuando Israel peregrinaba por el desierto, y empezaron a murmurar contra Dios y contra Moisés quejándose porque los habían traído a que murieran en ese desierto; que estaban cansados de comer ese pan tan liviano, y otras cosas. Cuando se murmura contra Moisés se murmura contra Dios, porque Moisés es puesto por Dios. Entonces, para que el pueblo aprendiera, Dios les envió serpientes venenosas, que mordían al pueblo, y murió mucha gente, pues las serpientes del desierto tienen un veneno más mortal.
El pueblo aprendió la lección y se acercaron a Moisés a declarar su pecado y a decirle a Moisés que rogara a Dios les quitara esas serpientes. Entonces Moisés le planteó el asunto a Dios y oró por el pueblo. Dice la Palabra: "8Y Jehová dijo a Moisés: Hazte una serpiente ardiente, y ponla sobre una asta; y cualquiera que fuere mordido y mirare a ella, vivirá. 9Y Moisés hizo una serpiente de bronce, y la puso sobre una asta; y cuando alguna serpiente mordía a alguno, miraba a la serpiente de bronce, y vivía" (Nm. 21:8-9). Todo aquel que fuere mordido por serpiente y no quisiera morir, debía alzar la vista hacia la serpiente de bronce; ellos debían vincularse con todo lo que Moisés estaba haciendo por orden de Dios.
Mirar es creer, y no creer es morir. Si una persona quiere ser salva, no le basta con ser matriculada en una religión, sino sencillamente creer en el Señor Jesús, vincularse a la obra del Señor en la cruz, creer que Jesucristo fue crucificado y derramó Su sangre para salvarlo. Cuando eso se efectúa, inmediatamente pasa la persona de muerte a vida, pues llega a participar de la vida de Dios; nace en el Espíritu como un hijo de Dios, y eso es lo que la Palabra llama regeneración. Eso es nacer de nuevo. Es cuando la persona puede mirar el reino de Dios; y en la medida que lo va conociendo, creciendo, madurando, obedeciendo, negándose a sí mismo y tomando su cruz, entonces puede entrar en él. Para participar en la manifestación del reino en el milenio cuando el Señor regrese, debemos entrar en él ahora tomando cada día nuestra cruz.
No hay condenación para el creyente
Sigue diciendo Juan 3: "16Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna". El que cree, ha salvado su espíritu. "18El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios". "El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha", dice el Señor en Juan 6:63. Son citas claves que nos aclaran lo que estamos tratando. La Palabra de Dios misma nos da testimonio de esta gran verdad. "El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios" (Ro. 8:16). ¿Por qué? Porque el Espíritu de Dios y el nuestro han venido a hacerse uno, con la vida de Dios en nosotros. Ya somos salvos, ya no hay condenación eterna para nosotros, aunque puede haber alguna culpabilidad temporal. Dice Pablo en Romanos 8: "1Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu". ¿Por qué esta explicación? Porque los creyentes ya han sido librados de la muerte eterna, del lago de fuego, pero al andar en la carne todavía, tienen que dar cuenta de la vida que llevan. Pablo da por sentado que el creyente debe andar conforme el Espíritu. Esa es la vida normal de un creyente cristiano. Lo asevera el apóstol en el siguiente versículo. "2Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte". Aquí la Palabra se refiere a una condenación subjetiva, en potencia; no una condenación objetiva, pues se refiere a una derrota de la ley del pecado, algo intrínseco en nuestra humanidad. La ley del pecado está, pero ha sido derrotada. De manera, pues, que no hay condenación para nosotros los que hemos creído en Cristo.
Esto que estamos viendo no es fácil de entender cuando no hay revelación; puede que la persona sea versada en teología, pero si no tiene revelación, le es muy difícil, por no decir que imposible recibirlo. Cuando se ha recibido la revelación, todo lo ve muy claro. En la vida del creyente hay etapas espirituales. Pablo, en su primera epístola a los Corintios habla de dos clases de creyentes. Así como el Señor se refiere a vírgenes prudentes y otras insensatas, también en el capítulo 3 de esa epístola, Pablo se refiere a creyentes maduros, espirituales, y a creyentes carnales. Dice Pablo a los hermanos de Corinto: "1De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo". En los dos primeros capítulos de la epístola, Pablo trata el problema de la división en que ellos se están enredando; son creyentes, les acaba de tratar de hermanos; pero cuando les dice que ellos son carnales, con eso no les está diciendo que ya perdieron la salvación. No se entienden entre sí, pero son hermanos, son santos del Señor. "2Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía (eran hermanos que no soportaban una enseñanza profunda de la palabra, sino los primeros rudimentos; hay hermanos que duran veinte años aprendiendo los rudimentos), 3porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres? 4Porque diciendo el uno: Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de Apolos (yo soy metodista, yo soy pentecostal, yo soy bautista), ¿no sois carnales?".
Diferencia entre la salvación del alma y del espíritu
Entonces, la salvación del espíritu es tener vida eterna; en cambio la salvación del alma es sencillamente poseer el reino. Un alma que sea salva desde ahora debe poseer el reino; y un alma que no ha sido salva, todavía no ha empezado a vivir en la realidad del reino en este tiempo de la Iglesia. Recuerden, hermanos, esa gran parábola de las diez vírgenes.
"1Entonces el reino de los cielos (acabamos de decir que la salvación del alma es poseer el reino; no se relaciona con la salvación eterna) será semejante a diez vírgenes (toda la Iglesia) que tomando sus lámparas (sus espíritus), salieron a recibir al esposo. 2Cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas. 3Las insensatas, tomando sus lámparas, no tomaron consigo (su yo, su alma) aceite; 4mas las prudentes tomaron aceite en sus vasijas (sus almas), juntamente con sus lámparas. 5Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron (murieron). 6Y a la medianoche se oyó un clamor: ¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle! (la segunda venida del Señor) 7Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron, y arreglaron sus lámparas (la resurrección e la Iglesia). 8Y las insensatas dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite (la unción del Espíritu Santo); porque nuestras lámparas se apagan (no se habían apagado porque eran salvas). 9Mas las prudentes respondieron diciendo: Para que no nos falte a nosotras y a vosotras, id más bien a los que venden, y comprad para vosotras mismas (el precio que no pagaron en vida terrenal tomando su cruz, pensaban que allí lo podían solucionar en un momento). 10Pero mientras ellas iban a comprar (si no se paga ahora el precio, deberemos pagarlo cuando venga el Señor, y eso nos priva de las bodas y del reino), vino el esposo; y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas (esas vírgenes habían pagado el precio, habían tomado su cruz, y habían obedecido los principios del reino); y se cerró la puerta. 11Después vinieron también las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! 12Mas él, respondiendo, dijo: De cierto os digo, que no os conozco" (Mt. 25:1-12). Para esas vírgenes se les cerró la puerta del reino y de las bodas del Cordero con Su Iglesia.
Entonces, de ahí se desprende que la salvación del espíritu y del alma son diferentes. ¿Cómo es salvado el espíritu? Nuestro espíritu es salvado sólo cuando creo que Cristo llevó la cruz por mí, para darme esa salvación eterna. Es por fe. En cambio el alma es salvada por el hecho de que yo lleve mi propia cruz, que es algo diferente. "24Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz (cada día), y sígame. 25Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará. 25Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará" (Mt. 16:24-25). Es algo que debe ser continuo en nuestra cotidianidad. Pero el alma no quiere llevar la cruz, sino vivir una vida suave, que nadie te ofenda, que no sufras estrechez ni incomodidades. El alma quiere una salvación y entrada al reino pero que no le cueste nada. Cuando empezamos a tomar cada día nuestra propia cruz, el Señor obra en nosotros, de tal manera que vamos formando una escala de valores, de lo que conviene y no conviene; pero esto lo vamos a hablar cuando estudiemos la salvación del alma.
El Señor, pues, llevó la cruz para salvarnos a nosotros. "El cual (el Señor Jesucristo) fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación" (Ro. 4:25). Es un hecho histórico que ocurrió para darnos la salvación eterna, Cristo voluntariamente fue a la cruz. "Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley (cumplimiento de mandamientos), sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado" (Gá. 2:16). Recordemos siempre lo que dice Juan 1:11,12: "11A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. 12Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios". El espíritu se salva por fe, no por obras, pues la salvación es un don de gracia. Hablando de Abraham, la Palabra dice: "Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia" (Gé. 15:6). A eso se refiere Pablo en el capítulo 4 de Romanos: "1¿Qué, pues, diremos que halló Abraham, nuestro padre según la carne? 2Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios. 3Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia (eso fue lo que hizo Abraham, el padre de la fe). 4Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; 5mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia" (Ro. 4:1-5). La fe en la obra del Señor es lo que nos justifica. No es que se tengan conocimientos bíblicos lo que nos justifica, ni que se ocupe un lugar prominente en la comunidad de los santos; como el caso que narra el hermano Nee en su obra "El Evangelio de Dios". Él cuenta que una madrugada llegó una prostituta a tocar a la puerta de la casa de un pastor a que fuera hasta la casa de su madre para que la ayudara en su salvación, pues se estaba muriendo. El pastor se negaba a ir, y menos a esa hora, en que la gente podría verlo andando en la calle con una prostituta. En eso tenía razón; sin embargo, ella le insistió tanto, que se vio precisado a ir. Cuando estaba con la enferma no sabía cómo ayudarla; y ellas se maravillaban de aquello, pues aquel hombre era pastor de una congregación denominacional sin que él mismo fuera salvo; y aquel cuadro con aquellas mujeres con sed de la salvación lo tocó tan profundo, que allí él mismo creyó en Jesucristo y fue salvo también. Él había cursado estudios de teología en algún seminario bíblico; a los mejor se graduó en divinidades, pero nada de eso lo había salvado; pero el día que creyó fue salvo, y lo fue eternamente. Porque eso es lo que dice la Palabra de Dios.
En la edificación de la Iglesia lo primero es la salvación del espíritu; y lo primero que ocurre en una persona el día que cree es que esa salvación va directamente a lo más profundo de su ser, a fin de empezar a edificar este templo. Nuestra salvación no empieza por el alma, ni mucho menos por el cuerpo. La salvación de Dios no es aplicada primeramente en lo externo; porque la salvación que Cristo nos da no significa que uno se vista de religioso, ni que muestre un semblante de pseudo misticismo, no; la salvación arriba a lo más profundo del ser humano, a su espíritu, al lugar santísimo del templo. El arquetipo lo encontramos en el libro de Éxodo, cuando el Señor le ordenó a Moisés que le construyera un tabernáculo, un santuario en el desierto, lo primero que le ordena construir es el arca, que es la figura de Cristo, la presencia de Dios. A Moisés no se le ordenó que comenzara construyendo el atrio y luego el lugar santo, no, sino el arca en el lugar santísimo. "10Harán también un arca de madera de acacia, cuya longitud será de dos codos y medio, su anchura de codo y medio, y su altura de codo y medio. 11Y la cubrirás de oro puro por dentro y por fuera, y harás sobre ella una cornisa de oro alrededor" (Éx. 25:11-10). En nuestra salvación y edificación como templo de Dios, lo primero que tiene que formarse en nosotros es el arca, la cual es la Presencia, la Shekinah, allá profundamente en nuestro espíritu. No se nos olvide que nosotros somos el templo de Dios, y en ese templo que se está edificando con nosotros, lo primero que el Señor edifica es el arca, Su vida en nosotros, porque el fundamento del edificio es Cristo.
Elementos que encierra la salvación del espíritu
La salvación del espíritu encierra dos aspectos importantes como para tener en cuenta para su entendimiento:
1) La Palabra de Dios siempre afirma que la salvación es un regalo inmerecido de Dios para nosotros. Elijamos un ejemplo en la Palabra en Efesios 1:3-5: "3Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, 4según nos escogió en él antes de la fundación del mundo (¿Si ven que es un regalo inmerecido? Antes de la creación del mundo aún no existíamos y no habíamos hecho ni bien ni mal; además, nosotros, después de haber vivido una vida de pecado, no merecemos que Dios nos hubiera escogido desde antes de la fundación del mundo para hacernos Sus hijos), para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, 5en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad". Nuestra salvación es un regalo de Dios que no merecemos; es un regalo inmerecido. Cuando estemos estudiando la salvación del alma, veremos que habla de galardón, habla de paga; pero en la salvación del espíritu, el galardón quien lo lleva es Cristo, Él es el de la obra y los méritos.
2) El segundo elemento que encierra la salvación del espíritu es que siempre aparece en la Biblia en tiempo pasado. Mirémoslo en 1 Juan 5:11-13: "11Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo". No está en nosotros. Esto de la salvación es delicado. Es preciso que conozcamos estos textos bíblicos, y su exégesis correcta y ortodoxa.
"12El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida". Dios mismo nos lo dice; podemos tener toda la certeza de ello; podemos proclamarlo a los cuatro vientos: Tenemos vida eterna; y que hasta los demonios queden avergonzados, porque es la obra del hijo de Dios, no es nuestra obra. Mis obras no valen nada sin Él, pero el Cristo de la gloria me ha dado ese privilegio. Es Dios quien lo ha hecho por medio de Su Hijo. El que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida, así se trate de un militante de la religión más conspicua, o de persona de principios muy morales e irreprochables. "13Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, (¿para qué les escribo estas cosas?) para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios".
También Pablo lo afirma en Romanos 8:29-30: "29Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. 30Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó".
Si alguien piensa que puede perder la vida eterna, en ese caso volvería a la muerte espiritual, y un muerto es incapaz de volver a tener vida por sí mismo; entonces, ¿qué haría? pues quien da la vida es Dios, tanto la vida biológica, como la psíquica, y cuánto más la vida eterna, la del Espíritu (en griego, zoé). Dios es el dador de la vida, y un muerto no puede obtenerla por sí solo. "El cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo" (Col. 2:13). Para que nosotros, cuando estábamos muertos en delitos y pecados, llegáramos a tener vida espiritual, Dios se vio precisado a revelarnos a Su Hijo, y el Espíritu Santo nos aplicó la gracia de Dios, para que nosotros pudiéramos, por la misericordia del Señor, tener luz, ser convencidos y poder usar nuestra voluntad, y decirle: Señor, yo necesito de tu salvación.
"Pero el que se une al Señor, un espíritu es con él" (1 Co. 6:17). Ya lo hemos invocado, le hemos pedido perdón, por lo tanto el Espíritu de Cristo ya vino y se hizo uno con nuestro espíritu; entonces ya nacimos de nuevo, y por lo tanto ya fuimos regenerados, recibimos una vida nueva, un espíritu nuevo, la vida eterna y la naturaleza divina. Amén.
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Publicado en General el 20 de Febrero, 2007, 5:28
por Arcadio Sierra Díaz
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Capítulo 5
LA SALVACIÓN EN TIEMPO PRESENTE
LA SALVACIÓN DEL ALMA
Ocupaos de vuestra salvación
Hoy vamos a continuar con nuestro estudio sobre la salvación. La vez pasada estuvimos hablando de los tres tiempos de la salvación: pasado, presente y futuro. Hoy vamos a ver el tiempo presente. El viernes estuvimos hablando de la salvación en tiempo pasado; o sea, la salvación del espíritu, y hoy vamos a esbozar la salvación en tiempo presente, lo que se refiere a la salvación del alma. Ya hemos visto que la Palabra revela que el hombre es un ser tripartito; es decir, conformado por cuerpo, alma y espíritu, y que cada una de estas partes es salvada en un tiempo determinado.
Cuando recibimos a Cristo, fuimos regenerados, nacimos de nuevo, recibimos la vida de Dios para siempre. Eso siempre aparece en las Escrituras en tiempo pasado. Pero cuando se trata de que esa salvación del Señor pase a ser aplicada a nuestro ser, a nuestra personalidad, a nuestro ego, esa aplicación no se realiza en un instante, sino que es un proceso, un desarrollo progresivo, hasta que todo nuestro ser, nuestra alma, nuestro intelecto, nuestros sentimientos y nuestra voluntad hayan sido transformados por Dios; entonces cambiará nuestra forma de pensar, y eso es un proceso que puede durar incluso muchos años, pues se trata de transformar una persona con su criterio ya formado, a la imagen del Hijo de Dios. Entonces, la Palabra, cuando habla de la salvación del alma, siempre lo expresa en tiempo presente; cuando se refiere a la salvación del espíritu, siempre lo indica en tiempo pasado, y cuando menciona la salvación de nuestro cuerpo, siempre lo hace en tiempo futuro. Para llenar las expectativas del presente modesto estudio, no es nuestra intención hacer acopio de muchos textos bíblicos, que sería lo deseable, pero con los que traemos en nuestra ayuda nos basta.
Comencemos, pues, con Filipenses 2:12: "Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor". ¿Por qué la Palabra dice aquí por tanto? Ese por tanto es clave para nosotros en este momento. ¿A qué se había referido la Palabra para que ahora nos diga por tanto? Es como diciendo: miren lo importante que es lo que acabo de decir; medítenlo, obren así; el mismo Señor nos da ejemplo. Porque al comenzar el capítulo 2 de la carta de Pablo a los Filipenses hay también otro "por tanto", pero no vamos a tomar el contexto mucho atrás; iniciemos ahí, cuando dice: "1Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia, (si eso está ocurriendo entre los amados hermanos, entonces) 2completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes (con una sola alma), sintiendo una misma cosa". ¿Por qué debemos sentir una misma cosa? Porque todos nosotros tenemos la vida de Dios; todos nosotros tenemos a Cristo dentro de nosotros, de manera que la transformación que Él ahora está operando en nosotros es la misma. Él está poniendo en nosotros la impronta de Su carácter, de Su vida, de Su santidad.
"3Nada hagáis por contienda (ese hacer es de nuestra alma) o por vanagloria; antes bien con humildad, (y aquí explica qué cosa es la humildad) estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo (así sea el hermanito considerado como el más humilde, debemos considerarlo superior a nosotros mismos); 4no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. 5Haya, pues, en vosotros (entonces pone el ejemplo del Señor) este sentir que hubo también en Cristo Jesús, 6el cual, siendo en forma de Dios (lo supremo, lo más grande), no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse (nosotros solemos aferrarnos a lo que somos, a lo que tenemos, a lo que conocemos; nos aferramos a unas costumbres, nos aferramos a la clase social a la que pertenecemos, etc.), 7sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres (miren, hermanos, cómo antes que el mundo fuese, el Señor tomó Su cruz; Él no la tomó aquella vez que Pilato ordenó que lo crucificaran en el monte Calvario, a las afueras de Jerusalén; ya Él la había tomado mucho tiempo antes de que existiese la creación que vemos); 8y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz". Debido a eso, dice el verso 12: 12Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia (en este momento, así como estamos vivos todavía en esta tierra), ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor con temor y temblor". Lógicamente que aquí no se trata de la salvación del espíritu, pues la salvación del espíritu fue consumada en el momento en que nosotros creímos en Jesucristo, y esa salvación es para siempre, es eterna. En el tiempo presente, pues, debemos ocuparnos en la salvación de nuestra alma.
Con vuestra paciencia ganad vuestras almas
Vamos a Lucas capítulo 21. Allí la Palabra viene hablando de que nosotros seríamos entregados aun por nuestros padres, hermanos y parientes; es decir, nosotros siempre tendremos dificultades por ser creyentes, y aun podríamos gustar la muerte por causa de Cristo, "17y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre". Pero no se preocupen por eso. Bueno, como ahora se está predicando otra cosa; es un extraño evangelio que dice que cuando uno recibe a Cristo todo es felicidad; que no hay dificultades. Ese no es el mensaje del evangelio bíblico; el lenguaje de la Palabra es que hay que sufrir; que para entrar en el reino debemos tomar nuestra cruz; que tenemos que negarnos a nosotros mismos. El Señor nos lo advierte diciéndonos que no todo será color de rosa. Cristo desde toda la eternidad tomó su Cruz y jamás la ha soltado. «No vine a hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió». "18Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá". Qué importa lo que pueda suceder ahora; no pereceré en nada, me lo asegura el Señor; pero hay algo diciente para nosotros: "19Con vuestra paciencia ganaréis vuestras almas". En el original griego dice "ganad vuestras almas". Refiriéndose al espíritu dice que "por gracia sois salvos por medio de la fe... no por obras, para que nadie se gloríe"; pero aquí dice que debemos obrar, que debemos tener paciencia; es decir que una vez salvado el espíritu, debemos ocuparnos de la salvación del alma. Ambos aspectos son totalmente diferentes.
Un llamado a reedificar el templo
En el capítulo 1 del profeta Hageo encontramos un llamado a reedificar el templo. Allí dice: 1En el año segundo del rey Darío, en el mes sexto, en el primer día del mes, vino palabra de Jehová por medio del profeta Hageo a Zorobabel hijo de Salatiel, gobernador de Judá, y a Josué hijo de Josadac, sumo sacerdote, diciendo". En los tiempos antiguos no existía la cronología que usamos ahora en Occidente, el calendario gregoriano (que arranca desde el papa romano Gregorio), entonces los historiadores señalaban las fechas de los acontecimientos ubicándose en la cronología de los gobernantes que intervinieran en la narración. Si tenía que ver con el imperio tal, se decía en el año tal del emperador tal, el que reinaba en el país donde se ubicaba la narración. Por eso cuando uno va al evangelio de Lucas, por ejemplo, encuentra que en el capítulo 3 dice: "1En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César, siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilinia, 2y siendo sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto, siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, y Herodes tetrarca de Galilea, y su hermano Felipe tetrarca de Iturea y de la provincia de Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilinia, 2y siendo sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto". Para ubicar el tiempo en que el Señor le habla a Juan el Bautista, Lucas lo dice usando la cronología del mandato del emperador romano de turno (corresponde al año 27 o 28 d. C.) y otros gobernantes de esa región en los tiempos de la manifestación del ministerio de Cristo. Esos eran los grandes del momento en el mundo para saber en qué momento Dios habla a un hombre en el desierto, insignificante para ellos pero de suma importancia para Dios, pues a él no le importaba que ni siquiera tenía comida exquisita, ni hogar donde habitar, ni vestidos lujosos, y se alimentaba de langostas y miel silvestre. Pero a él vino palabra de Dios y no a los que sí lo tenían todo y residían en grandes y magníficos palacios. Lo mismo aquí en Hageo, los historiadores ubican esa fecha más o menos en el año 520 a.C., cuando de los judíos regresó de Babilonia un remanente a fin de reconstruir el templo y la ciudad de Jerusalén.
Dios envió a los profetas Hageo y Zacarías a exhortar y animar al remanente que había venido del cautiverio en Babilonia a la restauración de Israel, comenzando por el templo en Jerusalén, que había sido destruido 70 años antes por cuenta de Nabucodonosor. Pero ellos habían abandonado el trabajo a causa de que encontraron algunas personas empeñadas en que eso no se hiciera, sobre todo los liderados por un samaritano llamado Sambalat; ellos se oponían, pues eso lesionaban sus intereses políticos y religiosos en la región; ya tenían su propio santuario en el Monte Gerizim, que habían construido desde los tiempos de Alejandro Magno; y temían que los judíos que regresaban a Jerusalén les perjudicara su negocio y su prestigio. A veces sucede que los enemigos de lo de Dios primero se ofrecen a colaborar con el trabajo, para una vez adentro destruirlo todo; pero cuando no se les permite, entonces proceden usando el ataque frontal. Sucede igual que hoy en la Iglesia. Los que estamos regresando, entonces a la restauración es apenas un remanente, y muchos nos ven como muy insignificantes, que no vale la pena unirse a nosotros, y a veces se oponen; pero no son los muchos los que están dispuestos a obedecer al Señor. Hoy el mensaje de la restauración de la iglesia bíblica y la vida de unión del cuerpo de Cristo choca con los que comercian con el evangelio, ese mercadeo oficial dentro del cristianismo, donde negocian y se enriquecen unos cuantos; y. claro, muchos se oponen a que se restaure la verdad de Dios. Nosotros tenemos la responsabilidad de la restauración de la Iglesia, de su gobierno local y regional, de la restauración en guardar la unidad del Espíritu, la restauración de la comunión del cuerpo del Señor. ¿Nos enfrentamos con dificultades para todo eso? Permanentemente.
En los días del profeta Hageo, los del remanente encontraron una fuerte oposición y detuvieron el trabajo; sufrieron un bajón, se desanimaron, y es posible que se hayan cuestionado: Aquí hay mucha oposición, ¿será que realmente Dios nos envió a esto? ¿Será que es la voluntad de Dios que sigamos los trabajos del templo? A veces, cuando hay mucha oposición, uno piensa, por las circunstancias, que no es la voluntad de Dios que hagamos lo que Él nos ha mandado; y fácilmente nos desviamos a ocuparnos de nuestros propios asuntos. Sí, el Señor está aquí, pero nosotros también debemos actuar y tomar decisiones.
Los hebreos del remanente duraron quince años sin adelantar los trabajos de restauración, entonces Dios envió a los profetas Hageo y Zacarías para animar al pueblo y decirle que la voluntad de Dios es que se restauraran todas las cosas; y por eso el profeta habla a Zorobabel, que era descendiente de la familia de David, y a Josué, descendiente de los hijos de Aarón, sumo sacerdote. Ellos iban a restaurar también el gobierno y el sacerdocio. "2Así ha hablado Jehová de los ejércitos, diciendo: Este pueblo dice: No ha llegado aún el tiempo, el tiempo de que la casa de Jehová sea reedificada". Ellos habían regresado con ese propósito de reedificar la casa de Dios, pero por el temor y las circunstancias conjeturaron que no era el tiempo; pero ¿qué sucedió entonces? "3Entonces vino palabra de Jehová por medio del profeta Hageo, diciendo: 4¿Es para vosotros tiempo, para vosotros, de habitar en vuestras casas artesonadas, y esta casa está desierta?" Todo ese tiempo ellos, con el dinero y el oro que habían traído de Babilonia, se habían dedicado a construir buenas y lujosas casas, bien decoradas, enchapadas, artesonadas con buena madera, pero la casa de Dios estaba desierta. Bueno, aquí hay dos direcciones que se pueden tomar; una equivocada y otra verdadera. Cuando los líderes religiosos de la cristiandad, sea de la línea católica o de la protestante, invierten mucho dinero en construir templos, a esos templos le llaman "casa de Dios", y toman este texto para hacer que el pueblo traiga dinero para esas construcciones suntuosas y lujosas. A eso le invierten cuantiosas sumas de dinero. Pero Dios no le llama Su casa a esos templos. Aquí Hageo no se refiere a esos edificios. Entonces, hermanos, ¿a qué se refiere Dios, en el marco de la Iglesia, hablando a nosotros, cuando dice que Su casa está desierta? ¿Cuáles son esas casas artesonadas en las que nosotros nos interesamos, descuidando la casa de Dios? Para contestar estas preguntas no nos salgamos de nosotros; dejemos a un lado los católicos y protestantes con sus edificios. La casa artesonada donde yo habito, la que dice el Señor que yo adorno y atiendo es mi propia alma, mi propio yo, nuestra propia vida. Tú puedes pensar que tu ser es tuyo, y que tú puedes hacer lo que se te antoje. Pero la Palabra dice que tú eres casa de Dios, que tú no te perteneces. Nosotros nos deleitamos más en nuestro propio yo; a veces mi yo es antes que ocuparme en edificar la habitación del Señor en mí, primero en forma personal y luego colectivamente, la Iglesia; porque para yo poder entrar a edificar la Iglesia con el Señor, debo primero edificar a Cristo en mí. A eso es que se refiere el Señor en Hageo leyéndolo desde el Nuevo Testamento. Entonces cambiemos las ideas. Cuando tú lees en Hageo la palabra "casa", en vez de casa puedes leer "yo". "4¿Es para vosotros tiempo, para vosotros, de habitar en vuestras casas artesonadas, y esta casa está desierta?" Bueno, yo hago lo que quiero, lo que mi alma me pide. Me visto como yo quiero, viajo a donde quiero, me alimento con lo que yo quiero; habito en donde quiero, y me divierto con las cosas que le gusta a mi alma; me doy todos los gustos que quiero. Eso está bien, pero ¿la voluntad de Dios qué? ¿Cuál es el mensaje de Hageo para nosotros? ¿Es la voluntad de Dios que hagamos lo que se nos antoje y disfrutemos de la vida del alma sin acordarnos de Él?
¿Está abandonada la casa de Dios?
"5Pues así ha dicho Jehová de los ejércitos: Meditad bien sobre vuestros caminos. 6Sembráis mucho, y recogéis poco; coméis, y no os saciáis; bebéis, y no quedáis satisfechos; os vestís, y no os calentáis; y el que trabaja a jornal recibe su jornal en saco roto" ¿Por qué en saco roto? No estoy diciendo, ni la Biblia lo dice, que no podemos tener nada. Si cuando vinimos al Señor teníamos algunos bienes, o éramos ricos, disfrutémoslo, pero, ¿dónde encaja el Señor en nuestro disfrute? Con esto no quiero decir que ya no podemos hacer nada; no, pero ¿cuál es la participación de Dios en ese goce? O mejor, ¿cuál es nuestra participación en la edificación de la casa de Dios? ¿En nuestra vida le concedemos algo a lo del Señor? Está bien que tengan su casa en Jerusalén; pero el caso es que han descuidado la reconstrucción de la casa de Dios. Ellos estaban atendiendo sus propias casas, pero la casa de Dios estaba abandonada. Eso es lo que Dios nos está diciendo en este momento. La salvación de nuestra alma guarda estrecha relación con que nos ocupemos de la edificación de la casa de Dios ahora mismo.
"7Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Meditad sobre vuestros caminos". ¿Si ven, hermanos? Debemos meditar en nuestros caminos. Mi alma tiene sus caminos, mi alma tiene sus propios derroteros fuera de los que Dios tiene conmigo. ¿Qué significa dejar mis propios caminos y tomar los de Dios conmigo? Significa tomar mi propia cruz. La cruz no significa que yo tenga a alguien o algo que me esté aguijoneando; eso no es cruz. Ahora, si el Señor lo permite, es porque lo necesito, pero no es la cruz. La cruz no es que yo tenga un hijo que me haga sufrir; la cruz no es que yo no tenga dinero y esté atravesando por penurias en mi vida. Claro, esto puede venir como consecuencia de mi falta de llevar la cruz; la cruz no es que yo esté padeciendo de un cáncer, pues todos nos vamos a morir. Ahí tenemos al Señor. Él tuvo sus dificultades con sus hermanos; no creían en Él; a veces se iban con María, Su madre, a buscarlo, tratando de interrumpir su ministerio, de pronto pensando que los estaba haciendo quedar en ridículo en la sociedad, pero no significaba la cruz para Él. La cruz de Cristo giraba en torno a la obediencia al Padre y no a Sus propios intereses como humano; esa es la cruz de Cristo. Cristo se sometió al Padre desde toda la eternidad. Dejando a un lado su propio dolor y tristeza, le dijo al Padre: "Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lc. 22:42). Hermanos, si el Señor, por amor a nosotros, tomó su cruz y se sometió al Padre por encima de su propia voluntad, nosotros debemos tomar nuestra cruz para hacer la voluntad de Él. Por eso nos dice el Señor: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame" (Mt. 16:24). ¿Alguno quiere trabajar conmigo? ¿Alguno quiere estar de acuerdo conmigo? ¿Alguno quiere tener comunión permanente conmigo? Tome su cruz. Sin cruz no podemos andar con Cristo.
Sigamos en Hageo capítulo 1. "8Subid al monte, y traed madera, y reedificad la casa; y pondré en ella mi voluntad, y seré glorificado, ha dicho Jehová". Dios tiene muchas promesas en Su Palabra, pero no se cumplen en nosotros debido a que no lo honramos, o lo honramos a medias, no como Él debe ser honrado; y cuántas veces le decimos al Señor que nos libre de enfermedades, que no nos priven de nuestro trabajo, que no perdamos en el negocio, que no perdamos lo hipotecado, que no murmuren de nosotros. Nosotros no queremos ningún sufrimiento, y no soportamos ningún dolor
"9Buscáis mucho, y halláis poco; y encerráis en casa, y yo lo disiparé en un soplo. ¿Por qué? dice Jehová de los ejércitos. Por cuanto mi casa está desierta, y cada uno de vosotros corre a su propia casa". Cada uno de vosotros corre a hacer su propia voluntad, a su propia vida, a su propio deleite. Entonces los judíos en Jerusalén perdieron su objetivo, abandonaron lo de Dios, dejaron la cruz, y empezaron a construir sus buenas casas, y empezaron a buscar lo que les acomodaba. Porque mi alma tiene unos deseos, entonces mi yo quiere darle complacencia a mi alma, ¿y los intereses del Señor qué? Cuántas veces nuestras propias cosas van en contra vía con lo que Dios nos ha ordenado? Y a causa de no llevar la cruz nos pueden sobrevenir terribles dolores de cabeza; porque el Señor tiene un plan contigo. Y a veces le decimos: Señor, yo quiero servirte. Y Él a lo mejor nos dice: ¿Tú quieres servirme? Pero mira todo lo que me haces. Cuando yo quiero que tú te encargues de mis cosas, te encargas de las tuyas, y las mías quedan a medio hacer, o mal hechas, pues no quieres llevar la cruz y negarte a ti mismo. Debes negarte ese "yo" poderoso, obligante, exigente, que tú tienes, que quiere vivir en las alturas. Bájate de allí, y entonces humíllate. Mientras no te humilles, lo mío, mi casa está desierta. Meditad sobre vuestros caminos; meditad bien qué es lo que vosotros estáis pensando; en qué estáis malgastando el tiempo; cuáles son los planes de la vida de vosotros. ¿Mis planes están incluidos en los vuestros? Porque uno anhela satisfacer su propio bienestar. Es legítimo y correcto satisfacer nuestro bienestar; pero al satisfacerme a mí mismo ¿estoy llevando la cruz? Hay por ahí una filosofía errada que se contrapone con lo que es la cruz y la voluntad del Señor; la teología de la prosperidad aleja a los creyentes de llevar la cruz y negarse a sí mismo; es lo más contrario, y está llevando a la Iglesia a la desobediencia, al mundo. El Señor dice: Meditad bien sobre vuestros propios caminos. Sembráis mucho y recogéis poco. ¿Qué es sembrar mucho? Afanarse uno trabajando, pero no recoge el fruto de su trabajo; el dinero no nos rinde, y no se nos multiplica ni los panes ni los peces, por estar buscando hacer nuestra propia voluntad, olvidándonos de la edificación de la casa de Dios. ¿Por qué dice reedificad la casa? Porque una vez ya Él había empezado a edificarla; pero sobrevino el pecado, la idolatría, la injusticia, por todo lo malo que estaba ocurriendo en Su pueblo, entonces permitió que una potencia extranjera acabara con el templo, con la ciudad y con la nación. No porque el Señor los hubiera abandonado, sino por amor, para que recibieran una dolorosa lección; esclavos en un país lejano, a ver si lejos del cuidado y del pastoreo de Dios podían ser felices. Y cuando ya se cumple el tiempo del cautiverio regresa un remanente para la reedificación; pero el primer obstáculo que encuentran los hace desistir de su responsabilidad; entonces Dios envía a los profetas para que les dijeran que aquello no estaba bien.
Dios empezó en nosotros a edificar algo, y nosotros le hemos estorbado; pero es para nosotros tiempo de que estemos marchando ya en etapas de mayor madurez espiritual, de obediencia al Señor, y dejemos de alimentarnos de leche. Ya nosotros superamos la etapa del protestantismo, donde escalar etapas significa de pronto ser grandes entre los hombres; entre nosotros ahora es lo contrario; es ser más pequeños entre los hombres, es servir a los hermanos. A los ojos de Dios es una etapa de revelación, de discernimiento; una etapa en que Dios nos usa aunque tengamos que sufrir. La voluntad de Dios es la que Él debe reinar en este templo, tanto individual como colectivo.
"10Por eso se detuvo de los cielos sobre vosotros la lluvia, y la tierra detuvo sus frutos. 11Y llamé la sequía sobre esta tierra, y sobre los montes, sobre el trigo, sobre el vino, sobre el aceite, sobre todo lo que la tierra produce, sobre los hombres y sobre las bestias, y sobre todo trabajo de manos". Eso lo hace el Señor. No llueve, no necesariamente porque no convergen todas las fuerzas naturales, sino porque Dios interviene para que eso no se dé. Es Dios quien nos bendice. Ahora mismo Dios está dentro de nosotros, pero ¿estaremos nosotros atentos a la voluntad del Señor? Es la pregunta de hoy, pues estamos hablando de la salvación del alma.
Leyendo a Hageo desde el Nuevo Testamento
Leámoslo en el Nuevo Testamento. Mateo 16: "15El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? 16Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente". El Señor lo sabe todo, pero Él quiere que nosotros le digamos las cosas; es como cuando tú estás seguro de que alguien te ama, pero a ti te agrada que esa persona te lo diga. El Señor también se complace que nosotros le confesemos lo que hay dentro de nuestro corazón. El mismo Señor les pregunta a Sus discípulos qué dicen ellos acerca de su identidad; de ahí la respuesta de Pedro. "17Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos". Vemos que esa revelación acerca de la persona del Señor Jesús la había recibido Pedro, así como todos los que hemos creído, de Dios; y de ahí la declaración que a continuación le hace el Señor: "18Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella". Es decir, de acuerdo a lo que tú, Simón, me acabas de confesar, yo también tengo algo que decirte, que tú por esa confesión de fe te has convertido en una piedra para edificar mi casa, mi Iglesia, dice el Señor. La Iglesia es del Señor. Como dice el hermano Rodrigo Abarca, de Chile, que le dijo el Señor: «Rodrigo, dile a los pastores que me devuelvan mi Iglesia». Al Señor lo tienen afuera y no le quieren abrir la puerta. Dice el Señor que aunque el pastor no quiera abrirle la puerta, Él sigue llamando hasta que alguien escuche Su voz y le abra la puerta; entonces entrará a esa persona y cenarán juntos; es decir, empieza a hacerse Mi voluntad en esa persona, dice el Señor, no importa que los demás creyentes no me reciban, pero el que me recibe y empieza a hacer Mi voluntad, Yo voy a ser su amigo personal, su ayuda, su sabiduría, su poder, su alimento, su vida.
Pero regresando a la confesión de Pedro, quien fue declarado una piedra para la edificación de la Iglesia de Cristo, el caso es que este mismo Pedro fue usado por Satanás para intentar estorbar la obra de Cristo. "21Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día". Le era necesario hacerlo, pues si no lo hacía, no podría llevar a cabo la edificación de Su Iglesia, y el principal objetivo de Su encarnación y muerte en la cruz y posterior resurrección era edificar Su Iglesia. Pero esa persona que había confesado «Tú eres el Cristo el Hijo del Dios viviente» todavía no sabía lo que era llevar la cruz, esa persona ignoraba lo que era el propósito de Dios por medio de Su Hijo. Pedro había confesado quién era Jesús, el Cristo de Dios, pero no sabía a qué había venido a la tierra. Pedro todavía procuraba su propio bienestar. En ese tiempo los discípulos del Señor todavía tenían otra mentalidad, buscando posiciones en el reino, ganancias. "22Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca". El diablo intentaba decirle al Señor que tirara la cruz; como diciéndole: Tú también tienes derechos. Nosotros también alimentamos esos pensamientos de que tenemos nuestros derechos, que meremos muchas cosas. Tengo derecho a tener cosas, a ser feliz, a escoger mi clase de vida. Uno a veces también quiere reclamar y exigir derechos. Pero Cristo no vino a reclamar derechos. Él vino diciendo: «Yo no vine a hacer mi voluntad, sin la voluntad del que me envió». Hay mucha cosas que Cristo hubiera hecho y obtenido, que eran legítimas tener y hacer como persona humana que también era; pero no las hizo para no desviarse de hacer el propósito de Dios, para no deshacerse de Su cruz. El Señor no le tenía que demostrar a nadie su mesianismo y divinidad por otros medios que no fuera la cruz. Como le dijo Satanás durante la tentación en el desierto: «Tírate del pináculo del templo, y sostenido por las manos de los ángeles, nada te pasará», como diciéndole: Verás así cómo te aclamarán como el verdadero Mesías; es decir, ¿para qué la cruz? ¿para qué hacer la voluntad del Padre? Cuando no se hace la voluntad de Dios, ¿la de quién se hace? En ese caso el Señor hubiera hecho la voluntad de Satanás. Miren, hermanos, cómo nos va llevando el Señor. En Mateo 16, Satanás le estaba hablando por boca de Pedro. ¿Cómo es posible que esto te vaya a acontecer? Aparentemente Pedro no estaba haciendo nada malo; le estaba dando un buen consejo. Pedro lo estaba haciendo en la carne, pero lo estaba haciendo por amor, para que no le sucediera esa tragedia al Señor, aunque en el fondo era Satanás quien hablaba. Pedro solamente veía lo temporal, no lo eterno. Pedro no sabía lo que era la cruz, ni muchos lo que la obra de la cruz produciría. El Señor solamente estaba viendo lo eterno. Nosotros vivimos el momento; no estamos trabajando para el reino. Cuando venga el Señor y seamos arrebatados y nos encontremos en Su tribunal, quiera el Señor ayudarnos desde ahora para que allí no tengamos serios problemas. Hoy pensamos mucho en las cosas que nos parece que necesitamos para vivir aquí. Esas son nuestras mayores preocupaciones. Cuando estamos juntos, ¿hablamos de la cruz, del reino, de la obediencia al Señor? La vida del apóstol Pedro tiene para nosotros muchas enseñanzas. Cuando se acercaba la hora del Señor, Pedro le ofreció su ayuda incondicional, su espada, asegurándole y prometiéndole que jamás lo abandonaría. Aquel hombre de aparente temple y firmes decisiones, ignoraba que era un ser débil que debía ser tratado por el Señor; y miren cómo intervino torpemente hiriendo en una oreja a un siervo del sumo sacerdote. Muchos de nosotros debiéramos de haber alcanzado mayor madurez espiritual de la que tenemos. ¡Cuántas veces nos creemos aptos para realizar nuestro trabajo en la edificación del templo de Dios con absoluta obediencia y madurez! Pero, ¿qué es lo primero que pensamos cuando despertamos al amanecer? ¿Pensamos en tomar nuestra cruz para poder intervenir con Cristo en la edificación de Su casa? ¿Cuáles son nuestras motivaciones?
"23Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres". ¿Será que nosotros estamos poniendo también más la mira en las cosas de los hombres que en las de Dios? Señor, perdónanos, y ayúdanos a poner la mira en las cosas de Dios. Somos los hijos de Dios. ¿Para qué estamos aquí? ¿Qué es lo que estamos haciendo? Si Él nos asigna un trabajo es para llevarlo a cabo. Bueno, hay necesidades físicas que hay que atender y satisfacer, pero no obstante Dios espera que utilicemos el tiempo en la edificación de lo que el Señor está edificando, y honrarlo con lo que Él pone en nuestras manos. Indistintamente, Él nos da salud, integridad física, intelectual, emocional; a veces nos proporciona bienes de fortuna, estudios académicos, y hasta trabajo bien remunerado.
Tomando nuestra propia cruz
Entonces Jesús, dejando de hablar sólo con Pedro, se dirige a todos sus discípulos. Se dirige a personas que ya eran salvas, que ya habían nacido de nuevo; y de habérselo dicho a Pedro en particular, los otros no se hubieran beneficiado "24Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame". Es decir, si alguno me quiere obedecer; si alguno quiere construir conmigo mi casa; si alguno me quiere servir; si alguno me quiere adorar; si alguno quiere serme útil; si alguno quiere entrar en el reino; en fin, esa frase abarca muchas cosas, y para ello el creyente debe negarse a sí mismo, y ese sí mismo es el alma. El sí mismo es lo que más estorba nuestra vida con el Señor, y a nuestro crecimiento espiritual. La mayor piedra de tropiezo somos nosotros mismos; no son los hermanos, no es tanto el mundo, ni el diablo; el diablo estorba, pero yo me estorbo más a mí mismo que el mismo diablo; porque mi yo es exigente. Nosotros con la boca queremos seguir al Señor, pero con el corazón no. Con la boca decimos bellezas, y a veces lloramos, y al día siguiente se nos olvida aquello. Debemos atrevernos a decirle al Señor que nos ayude a llevar nuestra cruz; pero la cobardía nos impide. Y no es que vayamos a entrar en un horno crematorio, no; es obedecer, es dejar las cosas mías, los gustos e intereses de la carne. No es fácil dejar de darle gusto a la carne, pues la carne se enseñorea de la persona; pero uno debe perder su alma para poder andar con Cristo, para ganarla para el reino. Hay hermanos que tienen buena situación económica y se pueden proporcionar muchos gustos; pero el Señor nos dice que no vivamos de esa manera, que también nos acordemos de Él. "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame". Lucas dice que la cruz debe tomarse cada día.
Nosotros aquí estamos leyendo al profeta Hageo en el Nuevo Testamento. "25Porque todo el que quiera salvar (darle gusto; no importa mucho si al Señor le agrada, agradándole a mi alma todo está bien) su vida (psiqué, alma), la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará". Hay un versículo de Gálatas que nos dice que debemos estar vestidos de Cristo, pues de no estar vestidos de Cristo, estamos desnudos, como quedó Adán cuando pecó; al verse desnudo, Adán corrió a esconderse y a buscar unas hojas grandes para cubrir su desnudez; y Dios entonces usó de una simbología de la vestidura de Cristo, porque es Cristo quien nos cubre a nosotros, y lo que hay en el Antiguo Testamento son tipos de Cristo; entonces Dios sacrificó un animal, y hubo derramamiento de sangre, para poder cubrir a Adán y a su mujer con la piel de ese animal. Lo que veíamos en estos días referente a la palabra hebrea kipper, la piel, de donde se deriva el yom kippur, el día de la expiación; la piel cubrió aquel hombre desnudo y la sangre es el vehículo propiciatorio. La vestidura de Cristo es la que cubre nuestra desnudez. Sí, nosotros nos presentamos ante el tribunal de Cristo porque ya somos salvos, pero además de la vestidura de Cristo necesitamos la vestidura del trabajo, de obras de justicia, de lucha en nuestra alma, de dedicación, de cruz, para nosotros poder entrar en el reino de Cristo. Al reino no se entra por la obra de Cristo; se entra por el trabajo, por la obediencia; todo eso con Cristo, pues nosotros solos no podemos.
Entonces una persona que no distinga la salvación del espíritu de la del alma y el cuerpo, claro, piensa que la salvación es inestable, que se pierde. "26Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo (para el alma: honores, riquezas, la Cruz de Boyacá, gloria y aplausos de los hombres, grammys, óscares, premio Nobel, viajar por muchas partes del mundo, gozarse de todos los tópicos de la felicidad humana), y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? Y esto lo dice el Señor a creyentes. Porque uno ve que una persona comete un delito y lo condenan a la cárcel, y por mucho que dure en la cárcel, no dura más de sesenta años; pero perder su alma un creyente equivale incluso hasta mil años. ¿Qué recompensa entonces puede dar el hombre por su alma? Porque al Señor no se le puede sobornar. Sí, dice en Mateo 7 que en aquel día muchos alegarán, y de pronto llevarán hasta testigos, y dirán: "22Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?" ¿Qué les responde el Señor? Apartáos de mí, hacedores de maldad. "27Porque el Hijo del Hombre vendrá (es la segunda venida) en la gloria de su Padre con sus ángeles (el arrebatamiento de la Iglesia), y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras". El Señor bajará e instaurará allí Su tribunal para realizar el primer juicio escatológico, el de la Iglesia, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras, pues son las obras lo que se va a juzgar allí.
En el capítulo 5 de la segunda carta de Pablo a los Corintios nos habla del tribunal y de la desnudez. "1Porque sabemos que si nuestra morada terrestre (nuestro cuerpo), este tabernáculo (nuestro cuerpo es un tabernáculo, como lo dice 1 Co. 3:16), se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. 2Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial; 3pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos. 4Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo gemimos con angustia; porque no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida". Por eso es que aquellos demonios en Gadara no querían estar por ahí desnudos, sino dentro de cuerpos humanos, o por lo menos dentro de los cerdos, con tal de tener un vestido. Nosotros tendremos doble vestidura: la de Cristo y la de un cuerpo glorioso, como el del Señor ahora. Pero sucede que si nosotros no tomamos nuestra cruz ahora, no nos negamos, no perdemos el alma ahora, esas vestiduras estarán incompletas. Cfr. Ap. 19:7,8. Es una concesión la que se nos hace, pero debemos negarnos a nosotros mismos para poder confeccionar ese vestido de lino fino, blanco y resplandeciente
"5Mas el que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu. 6Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor 7(porque por fe andamos, no por vista); 8pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor (en el Paraíso, donde están ahora los santos que durmieron en Cristo). 9Por tanto procuramos también, o ausentes o presentes, serle agradables. 10Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo". Notemos que aquí no se refiere a la salvación, pues la salvación del espíritu no es por obra.
La cruz y la salvación del alma
Leámoslo ahora en el capítulo 9 de Lucas. Allí el Señor les dice a Sus discípulos: "22Es necesario que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas, y sea desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y que sea muerto, y resucite al tercer día". Asimismo es necesario que nuestra alma sea salva; es necesario que pasemos por algún período de dolor; es necesario que pasemos por un período de obediencia; es necesario que nos olvidemos de la Teología de la Prosperidad; es necesario que nosotros nos armemos del pensamiento que debemos sufrir, a fin de que no nos agarre por sorpresa. "23Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí (de Cristo), niéguese a sí mismo (su yo), tome su cruz cada día, y sígame". ¿Qué es tomar nuestra cruz? La cruz no es padecer una enfermedad; la cruz no es atravesar por una situación económica estrecha. Esas son cargas de la vida. Aquí no dice que la cruz es lo que tú sufres. La Palabra dice que el Señor Jesús tomó voluntariamente la cruz, y nosotros, también voluntariamente debemos tomar nuestra cruz. Él no nos pide que tomemos la cruz de Él. «El que quiera seguir en pos de mí, tome su cruz»; es un acto voluntario. La salvación del alma conlleva tomar nuestra cruz; si no la queremos tomar, no podremos participar en la edificación de la Iglesia. La cruz no es que un hijo te hace la vida imposible, pues nadie voluntariamente va a querer que un hijo sea un dolor de cabeza en el hogar. Es lo contrario, cuando tenemos algo doloroso le pedimos al Señor que nos libre de eso. Cristo tomó Su cruz porque Él sabía perfectamente el valor de su decisión. Para poder el Verbo encarnarse tuvo antes que tomar Su cruz y pasar por todo el proceso de concepción, nacimiento humano, crianza, crecimiento y aprendizaje como hombre, con todas sus eventualidades; y luego los sufrimientos que tuvo que afrontar en su ministerio público, y sin embargo siempre estuvo dispuesto a no dejar la cruz. Cristo siempre acató la voluntad del Padre sucediera lo que sucediera en su entorno. Él observó en el templo cómo lo habían convertido en una cueva de ladrones y tomó la firme decisión de acabar con todo aquel doloso comercio, no importándole si los principales sacerdotes tenían intereses en toda aquella feria. ¿Por que obró el Señor así con el riesgo incluso de ganarse hasta enemistades? Porque Él vino a hacer la voluntad del Padre.
Por eso el Señor nos dice que la cruz se debe tomar, si queremos andar en pos del Señor. Tomar la cruz es abstenerme de hacer lo que yo quiera, lo que me deleita. Mi alma me pide goces todos los días; pero tomar la cruz es obrar en lo que le gusta a Dios aunque a mi alma no le agrade. Nuestro yo es dominante, exigente, a veces intocable y engreído. Nuestro yo se opone a la obediencia a Dios. Y la cruz hay que tomarla cada día, todos los días; no unos días sí y otros no. En nuestro andar con Cristo no hay reposo ni veleidades. Quien toma el arado y mira hacia atrás, no es apto para el reino. Nuestra voluntad es diametralmente opuesta a la de Dios. A veces nos da temor tomar la cruz porque pensamos que ponemos en riesgo incluso nuestra propia seguridad personal y la de la familia; porque por encima pongo mi integridad, mi trabajo, mi salud, mi fama, mi alma, mi ego. Pero una vez nos hayamos decidido, el Señor mismo nos hará vivir lo que ya nos ha dado: amor, poder y dominio propio. Por encima de todos mis intereses está hacer la voluntad de Dios.
La salvación del alma es un premio que se gana
"24Porque todo el que quiera salvar su vida (su alma), la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará". No significa que perderá su alma eternamente; porque si aquí la queremos salvar, es decir, no comprometerla con el Señor, entonces tendremos que pasar un buen tiempo en las tinieblas de afuera. El Señor entonces, tratando con nosotros, nos dirá: «No tomaste tu cruz, no anduviste conmigo, no me obedeciste, no te negaste, por tanto no puedes participar del reino». Esa es precisamente la salvación del alma, un premio. La salvación del alma es entrar al reino. El amor y la dedicación que merece el Señor debe ser superior al que le profesamos a nuestros parientes juntos. Significa que uno debe obedecer al Señor por encima de todos los amores y todas las circunstancias y todas las opiniones y todos los intereses que haya en la vida de uno con relación a los que ama. A veces se suele amar y atender a una persona de la familia más de lo que se hace con el Señor. "25Pues ¿qué aprovecha al hombre, si gana todo el mundo, y se destruye o se pierde a sí mismo?" ¿Qué ganamos en el mundo? Se gana buenos amigos, se gana buen dinero, se gana el amor de su familia, el cariño y respeto de sus amistades; se puede ganar fama en el trabajo o en la profesión o en la política, y muchas otras cosas; se va ganando mucho en el mundo, pero en un mundo lejos de Dios. Incluso a veces, siendo creyentes, en ciertas circunstancias hay quienes se avergüenzan del Señor y llega hasta a apartarse un poco de la comunión con el Señor y con los santos. Y se puede hasta llegar a pensar que no se está pecando. 26Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras, de éste se avergonzará el Hijo del Hombre cuando venga en su gloria, y en la del Padre, y de los santos ángeles". Es preciso recordar que al final de la parábola de los talentos, hay una sentencia para esta clase de creyentes: "Y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes" (Mt. 25:30).
Cristo va a venir en Su gloria, y lo primero que va a hacer es instaurar un tribunal a fin de definir la situación de nosotros los hijos de Dios. Él no puede llevar al reino a personas que van a representar mal Su gobierno de justicia y de paz; porque si ahora no podemos hacer la voluntad de Dios, tampoco la podremos hacer en el reino. Es parecido a que el gobierno de nuestro país, sabiendo que una persona es inepta e irresponsable, la nombrara para que ocupe un cargo de gran responsabilidad. Si el Señor sabe que una persona no tomó su cruz, no se ha negado a sí mismo, no ha salvado su alma, no ha sido una persona confiable como hijo de Dios, no ha sido luz y sal en la tierra, ¿cómo va a llevarlo a gobernar a las naciones con Él? No puede; tiene que llevarlo a un sitio donde sufra; no porque lo odie, sino por amor, para que después pueda tener con Él participación en la vida eterna. El Señor viene pronto, o nosotros dejamos esta vida cuando nos toque gustar la muerte, y al dejar esta tierra, esta realidad se nos viene encima. Esa es la única realidad. Lo que hoy vivimos son ilusiones y situaciones que estorban al Señor; pero de que viene la realidad eterna, viene. Esto es duro, hermanos, claro que sí es duro, pero es la verdad de Dios.
Vamos al capítulo 10 de Mateo. "34No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada". Con Cristo no todo se nos hace fácil. Encontramos en Lucas que un anciano llamado Simeón le profetizó a María en el templo de Jerusalén, diciéndole: "Una espada traspasará tu misma alma" (Lc. 2:35). La venida de Cristo a morar en lo profundo de nuestro ser, en nuestro espíritu, es como si viniera también una espada que traspasa nuestro corazón. Debemos tener claro que nos sobrevienen sufrimientos. "35Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; 36y los enemigos del hombre serán los de su casa". Cuando Cristo llega al hogar siempre hay choques de almas; choques de sentimientos, pérdida de valores, desacuerdos, celos. No todo es fiesta, como algunos creen. El alma se aferra a su independencia y a sus afectos; lógicamente que no nos vamos a proponer disentir con la familia porque sí. Los conflictos surgen en la medida que Cristo reina en uno y hay una sujeción de nuestra parte al Señor. "37El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí". ¿Por qué esta frase al parecer tan dura? Por causa de los afectos del alma. Nuestros afectos por alguien pueden ser tan fuertes que verdaderamente lleguen a impedir que se obedezca al Señor. Nuestra alma se inclina por lo que ama. "38Y el que no toma su cruz (la debe tomar por decisión voluntaria) y sigue en pos de mí, no es digno de mí. 39El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará".
Bienaventuranzas y ayes
Es posible que estemos convencidos de que ya hemos sido tratados, que todo lo que hacemos, aun predicar, es porque Dios nos lo ha ordenado; pero podemos estar equivocados. No todo mover humano es la voluntad de Dios para nosotros, aunque lo encontremos en las páginas bíblicas. Para que Dios pueda tratar mejor con nosotros y ayudarnos a una verdadera transformación, como no lo dejamos por estar tan ocupados, a veces nos encierra en períodos desérticos, de aparente soledad y abandono. Los períodos de aridez también nos preparan para la fertilidad. En el desierto también se aprende, y allí no todo es gozo. Claro, si en el desierto yo tomo mi camino con el Señor, también hay gozo. Cuando el pueblo iba de Egipto hacia la tierra prometida, no todos murmuraron contra Moisés y contra Dios. Estoy seguro que siempre hubo alguien, un pequeño remanente, que siempre comieron el maná con agrado. A algunos no les gusta mucho la ración diaria de Dios. Hay hijos de Dios que no quieren sufrimiento para nada, de ninguna manera; pero es necesario a veces ir por el desierto y pasar por esas experiencias, pasar por esas "maras"; no todo es Elim; de lo contrario no aprendemos.
Llevar la cruz no es fácil. Llevando la cruz se llora, se sufre. Y somos bienaventurados si ocurre en nuestras vidas. Contemplemos lo que dice el Señor en Lucas 6, desde el verso 20. Es como una contradicción al pensamiento humano. Dice: "20Y alzando los ojos hacia sus discípulos, decía: Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. 21Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis". Luego de manifestar bienaventuranzas cuando los hombres nos aborrezcan por causa de Cristo, y de hablar del gran galardón que nos espera en el cielo si pasamos aquí por esos grandes sufrimientos, también exclama el Señor unos ayes: 24Mas ¡ay de vosotros, ricos! porque ya tenéis vuestro consuelo. 25¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados! porque tendréis hambre. ¡Ay de vosotros, los que ahora reís! porque lamentaréis y lloraréis. 26¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros! porque así hacían sus padres con los falsos profetas". Bienaventurados sois si ahora sufrís; bienaventurados sois si ahora lloráis; bienaventurados sois si ahora tenéis hambre; pero, ¡ay de vosotros los que ahora estáis saciados! Porque tendréis hambre cuando yo venga, cuando vosotros mismos descubráis cuál es el verdadero tesoro de vuestros corazones. Hermano, si hoy no procuras saber qué cosa es tomar tu propia cruz, ¿qué te puede decir el Señor, una bienaventuranza o un ay?
Ahora, un creyente cuando conoció al Señor, ya tenía sus bienes materiales, o los pudo adquirir después, pero puede ser pobre en espíritu. Lo dice el Señor en el sermón del monte enseñándole a Sus discípulos. "Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos" (Mt. 5:2). Hay pobres de facto, debido a que no tienen fortuna en esta tierra, pero hay hermanos que teniendo bienes de fortuna, buena posición, en la intimidad de su corazón se consideran pobres para Dios; se consideran meros administradores de los bienes de Dios. «Señor, tú eres mi tesoro, mi sabiduría, mi poder, mi salud, mi alegría, mi todo. Te ruego que nada de lo que has puesto en mis manos me aleje de ti y me estorbe para entrar en el reino de los cielos. Que mi amor siempre esté puesto en Ti, Señor». Nótese que ahí no se está refiriendo a la salvación del espíritu, sino a la salvación del alma. Sigue diciendo Mateo 5: "3Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. 4Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación. 5Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. 6Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. 7Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia".
Es necesario distinguir lo que significa la renovación y lo que significa la regeneración. La regeneración tiene lugar en nosotros cuando es salvado nuestro espíritu, en cambio la renovación es la salvación del alma. El Señor no anula nuestra alma, nuestra personalidad, sino que la renueva, la transforma para que seamos configurados a la imagen de Cristo. Es un proceso de larga duración, pero para ellos es necesario que tomemos nuestra cruz cada día. De eso depende que cuando el Señor regrese tengamos participación en el reino, o seamos lanzados temporalmente en las tinieblas de afuera. Incluso la Palabra es más fuerte aun en cuando al lugar de confinación de los no vencedores durante el tiempo del Milenio.
En ese tiempo habrá para algunos creyentes un castigo correctivo, temporal. ¿De cuánta duración? Hasta que haya satisfecho lo merecido. ¿En qué lugar? Puede ser en el lago de fuego, es decir, la Gehena; allí puede tener su parte (no para siempre); lanzado allí por un tiempo. Dejemos que sea la Palabra de Dios misma la que nos lo diga con toda claridad. No te vayas a escandalizar. "21Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. 22Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno de fuego. 23Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, 24deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. 25Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. 26De cierto te digo que no saldrás de allí, hasta que pagues el último cuadrante. 29Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno. 30Y si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno (en griego, Gehena)" (Mt. 5:21-26,29-30).
"Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda" (Apo. 21:8).
Que el Señor nos ayude en Su misericordia. Amén
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Publicado en General el 19 de Febrero, 2007, 13:27
por Arcadio Sierra Díaz
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Capítulo 6
LA SALVACIÓN EN TIEMPO FUTURO
LA SALVACIÓN DEL CUERPO
Hemos de ser salvados de la gran muerte
Avanzamos hoy en la serie sobre la seguridad de la salvación. Nos hemos venido centrando en la verdad bíblica de que la salvación es un regalo de Dios; un regalo que nosotros no merecemos; en ningún momento de nuestra existencia hemos dado muestras de que merecemos esa tan grande salvación de Dios. Hemos visto que, como nosotros fuimos constituidos por tres partes, espíritu, alma y cuerpo, así también nuestra salvación se perfila hacia esas tres partes, y por eso la salvación nuestra se realiza en tres tiempos: en tiempo pasado, en tiempo presente y en tiempo futuro.
En el plan y en la mente de Dios, ya la salvación es un hecho, pero, como dice la Palabra, en la plenitud de los tiempos, el Señor Jesús le dio cumplimiento a ese decreto del Padre, y el día de Pentecostés descendió el Espíritu Santo a aplicarla en nuestras vidas, comenzando por nuestro espíritu; de manera que, cuando creímos, para siempre fue salvo nuestro espíritu; la vida de Dios llegó a nuestro espíritu; pero esa salvación recibida en el espíritu debe ser aplicada también por el Espíritu a nuestra alma; la vida divina debe posesionarse de nuestra alma. El día en que creímos se salvó el espíritu; vino la vida de Dios a nuestro espíritu, y es lo que se llama la regeneración; luego, el proceso de aplicación de la salvación a nuestra alma, se le llama renovación; y en un tiempo futuro será completada nuestra salvación, en la resurrección del cuerpo. Allí, pues, se perfeccionará la redención y la adopción que Dios nos ha hecho a nosotros como Sus hijos.
Queremos comenzar con el versículo que nos suministra estos tres tiempos, en la segunda carta de Pablo a los Corintios 1:10. Pablo viene hablando ahí de algo que le sucedió en Asia, algo doloroso que le sobrevino. La Biblia no revela qué le sucedió a Pablo, si sería que se enfermó, o que fue objeto de una persecución, o que estaba ya al borde de la muerte; total, hubo un momento en que llegó a pensar que se iba morir; de ahí la declaración que hace en este versículo. Pablo venía hablando de Dios, y dice: "El cual (Dios) nos libró (tiempo pasado), y nos libra (tiempo presente), y en quien esperamos que aún nos librará (tiempo futuro), de tan gran muerte". Esta gran muerte no se refiere a la muerte física, pues sabemos que todos vamos a pasar por esa muerte, y de esa no nos va a librar el Señor. De acuerdo con la revelación bíblica, el Señor sólo ha librado de esa muerte a dos personas, a Enoc y a Elías; y a lo mejor ellos algún día habrán de gustarla también, pero por el momento están en el Paraíso sin que hayan gustado la muerte física. Entonces, esta gran muerte es la muerte eterna, la muerte segunda, la que equivale a que la persona es lanzada para siempre en el lago de fuego, también llamado Gehena.
Proseguimos yendo a la primera epístola de san Pedro apóstol, a fin de profundizar un poco. En las presentes enseñanzas de esta serie, todos estos textos los hemos venido desglosando no usando de mucha profundidad exegética, pues si así fuera, necesitaríamos emplear mucho más tiempo, pero el objetivo de la presente enseñanza es mostrar por la Palabra que la salvación de Dios es un regalo, y que ese regalo es inmerecido, por tanto no se va a perder. Ahora, si nosotros ganamos nuestra alma, como decíamos el domingo, lógicamente que cuando venga el Señor, la perderemos, o sea, no entraremos a disfrutar del Señor en Su reino, o por lo menos por un largo tiempo. Eso es algo especial; al alma hay que salvarla trabajando, pero el espíritu ya es salvo para siempre. Ahora, al hablar del cuerpo, vemos que la salvación del cuerpo tiene mucha relación con la resurrección; porque estos cuerpos corruptibles tarde que temprano irán al cementerio, algunos serán cremados; pero cuando resuciten, entonces serán revestidos de incorruptibilidad por la vida misma de Cristo en ellos; serán entonces cuerpos gloriosos y será cuando se perfeccionará nuestra adopción como hijos de Dios. Él toma nuestro cuerpo para morar en él eternamente, pero será un cuerpo libre de esa fuerza interior que ahora tenemos, que se llama pecado.
La salvación del cuerpo en la resurrección
Entonces, hablando de la salvación futura, dice Pedro en su primera carta (1:3-5), así: "3Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos (ya se operó en nosotros una resurrección, porque participamos de la resurrección del Señor; es la resurrección a nuestra vida espiritual, pues Cristo mora en nosotros. En el futuro habrá una resurrección total, incluyendo la del cuerpo), 4para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, 5que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación (miren que es algo futuro) que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero". Quiere decir que en el tiempo postrero se perfeccionará nuestra salvación cuando sea salvado el cuerpo, contando con que en ese mismo tempo ya haya sido salvada nuestra alma. Esa salvación se relaciona con nuestra resurrección, la de nuestro cuerpo. Lógicamente que cuando ocurra la resurrección de nuestro cuerpo, se le unirán nuestra alma y nuestro espíritu; y si el alma no ha sido aún salvada, será un estorbo a las otras dos partes.
En Romanos 5:8,9 dice: "8Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. 9Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira". La Biblia lo habla con una claridad meridiana; sin lugar a equívocos, somos ya justificados; entonces estando ya justificados, estando ya libres de toda culpa frente a la justicia de Dios, siendo que Dios nos mira a través de la justicia de Su Hijo, por la preciosa sangre de Jesús, por Él seremos, en el futuro, salvos de la ira. No participaremos de los efectos de la ira que será manifestada o derramada sobre la humanidad, sobre la tierra, sobre las naciones. Seremos excluidos de la ira de Dios.
Sigue diciendo Romanos 5: "10Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios (sin merecerlo) por la muerte de su Hijo (no por obra nuestra), mucho más, estando reconciliados (ya somos hijos de Dios, somos amigos de Dios, somos familia de Dios), seremos salvos (en el futuro) por su vida". Seremos salvos porque la vida de Dios, la eterna, le dará vida a nuestro cuerpo. Nosotros, en nuestras partes, espíritu, alma y cuerpo, en la única de esas partes en la cual debemos intervenir, colaborar y trabajar para su salvación, es en el alma. ¿Por qué? Porque el alma es el asiento de nuestra personalidad, de nuestra individualidad, donde tenemos una voluntad y unos sentimientos que Dios respeta. Nuestro espíritu ya está salvo; y en cuanto al cuerpo, ya tenemos la seguridad de que será salvo. Exactamente como el cuerpo de Jesús no quedó en la tumba, así también nuestro cuerpo será rescatado de la tumba o de cualquier otro lugar donde haya quedado. Queda claro que la justificación es un hecho que siempre aparece en tiempo pasado, pero hay una etapa futura, dentro de los tres tiempos de la salvación que hemos estado mencionando desde el primer día; pero la justificación siempre aparece en la Palabra de Dios en tiempo pasado. Cuando se confunden estas tres etapas de nuestra salvación, que corresponden respectivamente al espíritu, al alma y al cuerpo, y la persona ignora este importante aspecto, entonces fácilmente se puede conjeturar que la salvación se pierde, que es endeble, frágil, que depende de nosotros y no de la obra de Dios. Al confundirse es porque se da muestras de ignorar que la justificación se relaciona con la salvación del espíritu, que ocurre en el pasado una vez para siempre. La justificación es la vida de Dios en nuestro espíritu. Todavía falta el resto.
La resurrección sobresaliente
Ahora, Romanos 8 habla de la vivificación. "11Y si el Espíritu (se refiere al Espíritu Santo) de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros". El día que nosotros creímos, ese mismo día entró al Espíritu Santo a morar en nosotros, y vino a morar para nunca más salirse. Jamás. ¿Saben por qué? Porque vino a traernos la vida misma de Dios, la vida sin principio ni fin, la vida absoluta; tan fuerte que el Espíritu Santo se ha hecho uno con nuestro espíritu. El Espíritu Santo jamás se saldrá del espíritu de un creyente. Ya somos hijos de Dios.
Tenemos el caso clásico de la parábola de las diez vírgenes, que no me canso de mencionar. Las diez vírgenes representan a toda la Iglesia. De las diez, había cinco insensatas. Es una insensatez no ocuparnos en la salvación de nuestra alma. Esas vírgenes, a pesar de ser insensatas, tenían el Espíritu; pero la vida de Dios no se había desarrollado en ellas; no había sido aplicada la salvación de Dios en el alma de ellas, y por consiguiente no tenían aceite, unción, en sus vasijas, aunque tenían al Espíritu. En sus lámparas sí tenían algo de aceite, sí había un poco de unción, pero lo había porque eran salvas, eran hijos de Dios. Si no hay presencia de Dios, vida de Dios, no puede haber salvación. La persona mientras viva en esta tierra puede que no se entere de su verdadera situación espiritual, pero cuando deja este cuerpo mortal es cuando puede contemplar con exactitud cómo está; entonces es cuando puede ver lo menesteroso que es. Cuando las vírgenes insensatas se vieron sin las limitaciones de este cuerpo terrenal, y llega el momento de la venida del Señor, es cuando se enteran de la carencia espiritual en que habían vivido. Pudieron ver la languidez de su llamita que por poco se apaga. Tal vez algunas pudieron estar ocupadas en mucho activismo religioso pero no espiritual. Mucha actividad religiosa es facilista y no involucra compromiso ni sufrimiento. Cuántas motivaciones, cuántas oportunidades les había sido dados por el Señor, y ellas ni se dieron por enteradas. Cuántas veces quiso el Señor encausarlas, pero ellas no veían más allá de su carne. Cuando llegó ese momento, corrieron hacia las compañeras, las prudentes, y las vieron llenas de aceite tanto en las lámparas como en las vasijas, y les dijeron: «Dadnos de vuestro aceite; porque nuestras lámparas se apagan». Pero ellas no sabían que el aceite para las vasijas no se puede recibir sin pagar un precio, hay que comprarlo. Hay pagar el precio de negarnos a nosotros mismos y tomar nuestra propia cruz. Hay que llevar una vida crucificada y participar de los padecimientos de Cristo. Para que la vida de Dios crezca, tome fuerza en nosotros y desplace la nuestra, hay que pagar un precio. Para tener el aceite en el alma debemos pagar un precio. Pero, ¿por qué hay que pagar un precio? Pues porque el alma se resiste, queriendo vivir como siempre ha vivido, aunque la persona haya recibido la salvación en su espíritu. Entonces, para desprenderse de todas sus antiguas costumbres, y dejar todo ese modo de pensar desbocado, y todas las corrupciones morales que a uno se le da por vivir, para cambiar todo eso, todo ese proceso es doloroso. Y hay que pagar, por ende, un precio para seguir al Señor debidamente.
Ocurre, pues, una vivificación en nuestro cuerpo; porque ya la vida de Dios está en nuestro espíritu, y es aplicada la vida de Dios en el alma, y será aplicada la vida de Dios en el cuerpo. Eso es lo que Pablo en Filipenses llama una superresurrección, una resurrección sobresaliente. ¿Han oído ustedes decir que hay una resurrección que no es común? Sí, Pablo habla de una resurrección sobresaliente, palabra que en griego es exanástasis [ἐξανάστασις] (de ek, fuera de, anástasis, poner en pie); claro que en las traducciones en castellano no se hace esa diferencia. Leámoslo en Filipenses 3:9. Pablo viene hablando de Cristo, y dice: "9Y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia (cuando nuestra alma es carnal, uno quiere vivir en su propia justicia), que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; 10a fin de conocerle (hay que conocer al Señor Jesús; ese es el fundamento de la vida eterna, esa es la salvación, hay que conocerlo para llegar a ser como Él, para vivir como Él, para andar como Él, para que Su cruz sea nuestro modelo), y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte". Esa es la participación de la resurrección de Cristo en nosotros. Nosotros podemos hacer las cosas de dos maneras: A nuestra manera, en nuestra justicia propia, o con el poder de la resurrección. Son dos maneras contrapuestas de actuar.
Dice: "Y el poder de su resurrección (ahí se refiere a la resurrección de Cristo experimentada en nosotros; es la resurrección pasada, por decir algo; en castellano no hay esa diferencia; luego veremos la otra resurrección), y la participación de sus padecimientos (el precio que hay que pagar a que nos referíamos arriba), llegando a ser semejante a él en su muerte (o sea, ya participamos de la muerte de Cristo, luego vivimos como muertos al mundo, al pecado, a nosotros mismos), 11si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos". Miren esa expresión de Pablo. Si uno ignora esto, puede llegar a decir: Pero, ¿esto qué es? Ahora, al leer la Biblia con mucha atención hay que darse cuenta de detalles muy importantes como este. Hay que leerla despierto, con sobriedad y delicadeza, en oración, y así uno se da cuenta que aparentemente aquí aparece una paradoja, un contrasentido; porque miren, en el versículo 10 Pablo se refiere a una resurrección, el poder de la resurrección de Cristo, y ahora en el versículo 11 dice: "si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos". ¿Por qué? Porque esta resurrección se refiere a que cuando suene la final trompeta, las tres partes de tu ser, espíritu, alma y cuerpo, hayan sido resucitados. Tu espíritu es resurrecto cuando recibió la vida de Dios, tu alma está siendo resucitada ahora, y tu cuerpo resucitará en el día postrero. Esa la resurrección de un vencedor; esa es la resurrección indispensable para entrar a participar en el reino de los cielos que ha de ser manifestado cuando el Señor regrese. Si no se participa en esta resurrección completa, el creyente va a ir a parar a las tinieblas de afuera. ¿Por qué sería eso? Eso sería en el evento de que el alma no participe en esa resurrección habiendo sido resucitada a la vida de Dios antes de gustar la muerte física. Allí se encontraría el alma, pero vencida, perdida aún a los ojos de Dios. El mismo Pablo, siendo un creyente de su talla, lo dice a continuación: "12No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús".
La vivificación
Retomamos lo de la vivificación. Dice Pablo en 1 Corintios 15:22: "Porque así como en Adán todos mueren (todos los nacidos de papá y mamá, nacen muertos espiritualmente; no ha pecado la persona y ya nació muerta), también en Cristo todos (ese todos se refiere a los creyentes, a los que se salvan) serán vivificados". Serán vivificados; se refiere a la vida de Dios; por cuanto es una vivificación especial. Sí, yo me alimento, respiro, tengo sentimientos, interactúo con las demás personas, estoy hablando aquí, pero, ¿por qué no vivo? Debido a que esa vivificación se refiere a otra clase de vida de la una persona común y corriente. No se refiere a la vida del alma, que es la vida psíquica; tampoco se refiere a la vida del cuerpo, que es la vida biológica; incluso me atrevo a decir que tampoco se refiere a la mera vida pneumática pero sin Dios, sino que se refiere a la vida divina, a la vida zoé. La vivificación es algo superior. El nombre griego zoe (ζωή) se emplea, en el Nuevo Testamento, de la vida como un principio, vida en el sentido absoluto, vida como la que tiene Dios, aquello que el Padre tiene en sí mismo, y que Él dio al Hijo encarnado que tuviera, vida en sí mismo (cfr. Jn. 5:26), y que el Hijo manifestó en el mundo (cfr. 1 Jn. 1:2).
«El hombre ha quedado alienado de esta vida increada a causa de la caída (Ef. 4:18), y de esta vida los hombres llegan a ser participantes mediante la fe en el Señor Jesucristo (Jn. 3:15), y que por ello es designado como "la vida" del creyente (Col. 3:4), porque Él mantiene la vida que Él da (Jn. 6:35,63). La vida eterna es la posesión presente y real del creyente debido a su relación con Cristo (Jn. 5:24; 1 Jn. 3:14). Que un día extenderá su dominio a la esfera del cuerpo queda garantizado por la resurrección de Cristo (2 Co. 5:4; 2 Ti. 1:10)». Diccionario Expositivo Vine, pág. 960. Ed Caribe, 1999.
Jesucristo da vida porque Él tiene vida en sí mismo. Nuestra alma tiene vida psíquica, pero necesita la vida zoé para poder ser salva, caminar con Dios y entrar en el reino. El cuerpo tiene vida biológica, pero necesita la vida zoé, la vida de Dios, la vida increada, la vida en sentido absoluto, para poder ser salvado y resucitar en gloria e incorruptibilidad. Y esa vida la da Dios solamente por Jesucristo. Esa es la vida que Él nos da cuando somos vivificados.
Dice Pablo: "Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo gemimos con angustia; porque no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida" (2 Co. 5:4). ¿A qué vida se refiere Pablo? A la vida de Dios, que es la única que nos hace hijos de Dios y nos lleva a la obediencia y al reino. ¿Poe qué, de qué le sirve a una persona vivir aquí a su manera y luego ser lanzado en lago de fuego y permanecer eternamente en los ayes de la segunda muerte? Eso no es vida; es vivir una anticipación de la verdadera muerte. Según tengo entendido, mejor sería no haber venido a la existencia.
La adopción
Además de la vivificación, hay también lo que se llama la adopción. La adopción tiene una connotación pasada, pero también la tiene futura. La adopción es la obra del espíritu en nuestro cuerpo. (Adopción viene del gr. huiothesía [υίοθεσία], de huíos, hijo, thesis, colocación: colocar en el lugar de un hijo). Dios hace una adopción de nosotros como hijos; es decir, nos coloca en un lugar y en una posición dentro de su familia. No somos hijos naturales de Él, pero nos coloca en una posición de hijos adoptivos, y al hacerlo quedamos como hijos legítimos de Dios, con todos los derechos, prerrogativas y obligaciones de cualquier hijo. Eso es lo que ocurre cuando jurídicamente las personas naturales deciden adoptar a un niño hijo de otras personas. Eso es lo que hace el Señor con nosotros; pero la adopción del Señor tiene dos etapas. Ya somos hijos de Dios, pero en el futuro esa adopción se perfeccionará.
En Romanos 8:22-23, Pablo habla de esa adopción futura. Aunque ya fuimos adoptados, porque ya somos hijos de Dios en el espíritu, sin embargo no se ha manifestado plenamente lo que hemos de ser; como lo dice el apóstol Juan en su primera epístola: "Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es" (1 Jn. 3:2). Significa que lo que nos espera es algo extraordinario. Nosotros todavía no podemos conocer ni entender plenamente, sino cuando ya realmente sea perfeccionada nuestra adopción, la adopción de nuestro cuerpo. Él ahora mora en nuestro cuerpo; pero en el futuro será una casa confiable, santa, donde Él va a vivir plenamente y se va a manifestar a través nuestro. Por eso es que las vírgenes insensatas no pueden entrar en el reino, porque todavía Él no puede contar con ellas. Por eso a las bodas y al reino entrarán los vencedores, es decir, los que se han esforzado; con ellos puede contar el Señor en ese momento, pues en vida también fueron fieles. A ellos les dirá: «Ven, buen siervo y fiel; en lo poco has sido fiel, en lo mucho te pondré». Entonces allí habrá una perfección de esa adopción.
¿Qué dice Pablo? Romanos 8:22-23: "22Porque sabemos que toda la creación gime a una (la creación misma está gimiendo, porque cuando el pecado entró en el mundo, se efectuó un gran bajón y fue afectada la creación), y a una está con dolores de parto (la manifestación de Cristo es descrita como el nacimiento de una persona; incluso ahora mismo hay dolores de parto en la Iglesia juntamente con la creación, aguardando la manifestación de Cristo) hasta ahora; 23y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo". Tenemos las primicias del Espíritu; es un hecho consumado. ¿Por qué habla de primicias? Somo adelantos de la vida de Dios en nosotros, adelantos de gloria, de cosas poderosas, superiores, que hemos de recibir y vivir. Sucede que las primicias son como las arras que se entregan como adelanto cuando hay un pacto, un negocio, para darle seguridad al asunto. Esas primicias las recibimos en el espíritu. Todavía no se ha manifestado realmente como ha de suceder en el futuro; aunque yo les digo una cosa, hermanos. Si usáramos con fe esas primicias, si las viviéramos como el Señor quiere, cuántas maravillas haría Dios a través de nosotros; milagros y vida sobrenatural serían más corrientes en la Iglesia.
Dice: "Tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo", ¿Si ven, hermanos, cómo hay una connotación de la adopción en tiempo pasado y la adopción que se perfeccionará en el tiempo futuro? Habla de la redención de nuestro cuerpo; la redención también es manifestada de esa manera. Ya fuimos redimidos, pero la perfección de la redención aplicada a nuestro cuerpo es en el futuro cuando nosotros seamos resucitados. Así como el Espíritu Santo trae la salvación a nuestro espíritu, y luego se la va aplicando a nuestra alma, así también se la debe aplicar a nuestro cuerpo. Y la manifestación total de esa acción salvadora en todo nuestro ser es lo que es revelado como esa gran y especial resurrección futura. Hermano, ¿tú no quieres esa resurrección especial? Claro que sí. Señor, ayúdanos a pagar el precio. También en la epístola a los Hebreos el autor habla de tener una mejor resurrección. Cuando habla de los héroes de la fe en el capítulo 11, cuando entra a la parte de los jueces, dice el versículo 35: "Las mujeres recibieron sus muertos mediante resurrección; mas otros fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección".
En Gálatas 4:4-7 dice la Palabra de Dios: "4Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo (o sea, Dios había determinado cuándo y en qué orden debía darse cumplimiento a lo que Él se había propuesto; Él sabía exactamente cuándo sucederían todas las cosas; sobre todo lo relacionado con la encarnación del Verbo de Dios, Su nacimiento humano, Su crecimiento como una persona humana, Su ministerio, Su obra en la cruz, Su resurrección y glorificación; de manera que en el plan de Dios había un tiempo especial, como cuando algo madura), Dios envió a su Hijo (no lo podía enviar antes ni después; convenía exactamente enviarlo en ese tiempo), nacido de mujer y nacido bajo la ley, 5para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos (aquí se conjuga un hecho eterno de Dios con los tiempos pasado y futuro de nuestra adopción. Es un hecho consumado a los ojos de Dios, pero también habla la Palabra de una adopción futura, pero es la misma adopción que se perfecciona; comienza en el pasado pero se perfecciona en el futuro). 6Y por cuanto sois hijos (es decir, ya fuimos adoptados hijos), Dios envió (en tiempo pasado) a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre! 7Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo".
Predestinados para ser adoptados
Entonces nosotros ya hemos recibido la adopción de hijos, en distinción a una relación meramente consiguiente al nacimiento. Por la obra de Cristo nacimos en el Espíritu. Él nos adopta por la obra de Cristo, no por nuestra obra, no por nuestra conducta ni nada que tenga origen en nosotros. Esa preciosa obra de Cristo, nosotros la recibimos voluntariamente ayudados por la gracia de Dios.
En el capítulo 1 de Efesios habla del origen de la iglesia, pues habla de las bendiciones de Dios para nosotros y cómo nos escogió desde antes de la fundación del mundo para hacer de nosotros algo especial, y el versículo 5 da la razón y origen de ese hecho: "En amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad". Este fue un hecho voluntario, soberano, de gracia, de Dios hacia nosotros. Que alguien sea más hermoso y elegante que otro, que alguien sea más sabio, que alguien aparente ser más humilde, que alguien pertenezca a determinada raza, o que su etnia haya sido de las dominantes en la historia de la humanidad, eso no tiene que ver con la voluntad de Dios. Él quiso hacerlo como lo ha hecho, y aquí estamos. Fuimos ordenados de antemano por Dios.
Entonces la condición de hijos que ahora tenemos sólo se hará plenamente efectiva en la transformación de los cuerpos en la resurrección de la Iglesia. Significa que Él nos perfeccionará. Uso mucho la palabra perfección por cuanto ya somos hijos, y allá con Él, en el futuro, lo viviremos a la perfección. No habrá nada que empañe nuestra condición de hijos de Dios; absolutamente nada. Dios nos ha dado esa vida eterna en la vivificación, y en la medida que opera ese crecimiento espiritual del creyente, y esa vida eterna que nos ha traído el Espíritu Santo se va extendiendo, se va ampliando su influencia en nosotros y va tomando terreno en nuestra alma, entonces llega al intelecto, a los sentimientos, a la voluntad. Hay que recordar que eso lo quiere hacer el Señor desde el primer día de nuestra salvación, pero Él desea que también nosotros lo queramos; Él quiere que seamos conscientes de que tenemos la necesidad de ser transformados; Dios quiere hacer en nosotros un trabajo de completa renovación; pero Él no lo puede hacer solo, Él necesita de nuestro asentimiento, pues se trata de nuestra propia vida. Dios no viola las vidas y voluntades de Sus hijos; Él no entra a forzar nuestros sentimientos. Él quiere que le amemos voluntariamente, y que voluntariamente deseemos ser como Él. El Señor es muy respetuoso y caballero. Él quiere que nosotros lo invitemos a entrar en nuestra casa.
Cuando nuestra mente no ha sido transformada, a menudo nos invaden pensamientos y recuerdos que ya no quisiéramos evocar. Vienen a nuestra mente recuerdos de pecados y cosas que el nuevo hombre detesta. ¿Por qué sucede esto? Porque la renovación de nuestra alma y la transformación de nuestra mente no ha sido perfeccionada. No hemos permitido que Dios nos limpie del todo. Podemos decirle: «Señor, concédeme no acordarme más de aquella situación», pero Él nos sigue insistiendo en que debemos negarnos a nosotros mismos, y para lograrlo debemos tomar nuestra propia cruz. Hay que tener en cuenta que la Palabra de Dios nos dice que nosotros debemos participar de ese trabajo de renovación, cuando dice: "No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta" (Ro. 12:2). Sin la cruz es imposible no conformarse a este mundo en el cual hemos vivido toda una vida haciendo nuestra propia voluntad. Nosotros mismos debemos también estar comprometidos en esa transformación. Cuando el Señor vea que tú tomas tu cruz y te decides por obedecerle y ponerte de acuerdo con Él, entonces podrás ver lo que te está estorbando, antes no. Entonces le dirás: «Señor, esto está haciendo estorbo para obedecerte; trabaja en esto; yo quiero que mi mente sea transformada». Entonces tus pensamientos empiezan a ser tratados por el Señor. Muchas veces nuestros sentimientos son desbocados, y se descarrían y nos hacen pecar. Llega el momento en que nuestra voluntad también debe ser sometida a la voluntad de Dios.
La salvación del cuerpo y del resto de nuestro ser
Indiscutiblemente ya somos hijos de Dios, pero también se puede decir que la condición de hijos de Dios sólo adquirirá su plena perfección en la transformación de los cuerpos en la resurrección. Ya tenemos la vida eterna, pero la vida eterna, en la medida que opera el crecimiento espiritual del creyente va extendiendo su dominio a la esfera del alma. Ya lo hemos leído en Efesios 3:14-20: "14Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, 15de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, 16para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu". El hombre interior, donde ya habita Dios, debe ser fortalecido, para que ejerza dominio sobre el hombre exterior. El alma se ha engrandecido tanto, es tan grande su dominio, que manda inclusive sobre el espíritu; los valores fueron trastocados; antes de la caída del hombre era el espíritu el que lo ordenaba todo, y cuando el espíritu murió, entonces el alma se creció y empezó a dictar todas las pautas de la vida del hombre; entonces ahora nuestro hombre interior debe ser fortalecido por encima de los poderes de alma, a fin de que llegue a sujetar al alma.
"17Para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, 18seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos (este fortalecimiento debe darse a nivel corporativo, en conjunto, no solitarios) cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura (las medidas del Señor), 19y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios. 20Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros". Claro, estamos hablando de la salvación del cuerpo, pero hay una estrecha relación la salvación del cuerpo con la del alma, pues una vez que el alma está siendo salvada, el dominio de esa salvación se va extendiendo a la esfera del cuerpo. Si el alma no se sujeta al espíritu, no puede haber sujeción del cuerpo al alma en cuanto a hacer la voluntad de Dios. El Señor siempre nos habla en el espíritu, pero el alma debe saber que el Señor nos está hablando; y asimilar el mensaje. Una madrugada, viviendo en la Costa Caribe de Colombia, el Señor me despertó. Me habló en el espíritu; Él quería que yo le cantara una canción que en esos días no dejaba de cantar; pero mi alma tenía que saber cuál era el mensaje a fin de ordenarle al cuerpo que se levantara, se pusiera de rodillas, y que usara la boca y con todo mi ser le cantara lo que salía de mi espíritu para alabar al Señor. Si el alma no entiende el mensaje, no hay orden para el cuerpo; o a lo mejor el cuerpo podría negarse alegando que está cansado y con mucho sueño. Para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, 18seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos (este fortalecimiento debe darse a nivel corporativo, en conjunto, no solitarios) cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura (las medidas del Señor), 19y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios. 20Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros". Claro, estamos hablando de la salvación del cuerpo, pero hay una estrecha relación la salvación del cuerpo con la del alma, pues una vez que el alma está siendo salvada, el dominio de esa salvación se va extendiendo a la esfera del cuerpo. Si el alma no se sujeta al espíritu, no puede haber sujeción del cuerpo al alma en cuanto a hacer la voluntad de Dios. El Señor siempre nos habla en el espíritu, pero el alma debe saber que el Señor nos está hablando; y asimilar el mensaje. Una madrugada, viviendo en la Costa Caribe de Colombia, el Señor me despertó. Me habló en el espíritu; Él quería que yo le cantara una canción que en esos días no dejaba de cantar; pero mi alma tenía que saber cuál era el mensaje a fin de ordenarle al cuerpo que se levantara, se pusiera de rodillas, y que usara la boca y con todo mi ser le cantara lo que salía de mi espíritu para alabar al Señor. Si el alma no entiende el mensaje, no hay orden para el cuerpo; o a lo mejor el cuerpo podría negarse alegando que está cansado y con mucho sueño.
Entonces, hermanos, todo esto queda garantizado por la resurrección del Señor Jesucristo; Él resucitó con poder y soltó las amarras que nos ataban y quitó todos los decretos que había contra nosotros. Cristo conquistó una victoria total, y nosotros ahora tenemos esa victoria de Cristo. Dice el apóstol Pablo en 2 Corintios 5:4: "Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo (este tabernáculo es el cuerpo) gemimos con angustia; porque no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida". Ya nuestro cuerpo es un tabernáculo, pero ¿por qué dice Pablo que gemimos? ¿Acaso no mora Dios ya en nosotros? Sí mora, pero aún no ha obrado en nosotros plenamente la redención; aún somos mortales, y por eso la persona se ve como desnuda, similar a lo que le ocurrió a Adán después de la caída, cuando la muerte empezó a obrar en él. Cuanto más nuestra alma sea salvada, mejor podemos ver la necesidad de ser revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida. Posicional y objetivamente somos revestidos de Cristo, pero hay otro vestido especial, que es el vestido de las bodas; es un vestido de carácter subjetivo. Este vestido hay que confeccionarlo y perfeccionarlo ahora en nuestro andar con el Señor, obrando en justicia.
Aspectos de la salvación futura
El capítulo 24 de Mateo habla de los acontecimientos futuros, finales y escatológicos; habla del curso de esta era, y se refiere el Señor a que por causa de haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará, y de pronto dice en el verso 13: "Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo". Esta perseverancia se relaciona estrechamente con la salvación del alma en esta era. Se me antoja que es una cobardía descuidar la salvación de nuestra alma. Incluso a veces nos puede asaltar el temor de enfrentarnos personalmente con ciertas etapas escatológicas como la gran tribulación. Con esto es peligroso que se llegue a desear que se dilate la venida del Señor, pensando incluso en qué comeremos en ese ínterin, o dónde viviremos. Lo digo porque a menudo he escuchado esas inquietudes.
¿Cuándo se puede estar pensando así? Cuando nuestra alma aún no está siendo salvada convenientemente. El alma está en una etapa en que no quiere ni siquiera pensar en incomodidades. Pero cuando el alma ya está pasando por un proceso de salvación y madurez, es porque ya recibe la influencia del espíritu más que del cuerpo y la esfera de la carne. Y llega un momento en que dice: Señor, no importa lo que haya que pasar; estamos en tus manos; tú eres nuestro alimento, nuestra verdadera bebida, eres nuestro amparo; tienes todo el poder para darnos cada día nuestro pan; y si falta, hasta del cielo tú puedes hacer que nos baje. Que el Señor nos ayude y nos llene de valor. El que persevera hasta el fin será salvo.
El cuerpo necesita ser transformado en el cuerpo glorioso de resurrección que obtuvo Cristo cuando Él resucitó. La Palabra de Dios nos lo garantiza. Le fue revelado al apóstol Pablo: "20Mas nuestra ciudadanía está en los cielos (nosotros apenas somos peregrinos aquí), de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; 21el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas" (Flp. 3:20-21). Ahora, ¿Cómo será ese cuerpo después de nuestra resurrección? La Biblia nos lo revela, pues será semejante al cuerpo de la gloria del Señor. ¿Cómo se manifestó el cuerpo del Señor Jesucristo en esos cuarenta días después que resucitó y estuvo aún en la tierra con Sus discípulos? Antes de la ascensión, el Señor comió; se trasladaba de un lugar a otro en cuestión de segundos, no importaba la distancia; o sea que en términos humanos, podía caminar o volar a voluntad; podía entrar a un recinto cerrado abriendo la puerta o a través de las paredes; se hacía visible o invisible a voluntad. De manera que todas esas cosas las podremos hacer nosotros en la resurrección de nuestros cuerpos. ¿Y cuántas cosas más? Ya no pecaremos, ni sufriremos de dolores; no nos angustiaremos por nada; todo acontecerá en la gloria del Señor. Por eso se llama cuerpo glorioso, cuerpo de poder. Se manifestará en ese tiempo una gracia especial, cuando será consumada la plena salvación de Dios. "Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado" (1 Pe. 1:13). Son textos bíblicos claves, como el de Pablo a los Romanos 8:22-23: "22Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora; 23y no sólo ella, sino que también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo".
Cuando Cristo venga se perfeccionará en todo nuestro ser su gran salvación y Su vida misma en nosotros. "Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria" (Col. 3:4). Cristo vendrá en Su gloria, y antes de que el Él sea visto en la tierra por los hombres, nos arrebatará, y nos encontraremos con el Señor cara a cara, e implantará su tribunal de juicio para juzgar a la Iglesia; es un juicio de obras. No sé exactamente si ese tribunal será en los aires o acá en la tierra. Es posible que sea en la tierra. Pero la Palabra asegura que nos manifestaremos con Él en gloria. Es un tiempo sumamente importante, y constantemente la Palabra nos advierte que lo esperemos listos. "1Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él. 2Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. 3Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro" (1 Juan 3:1-3). El mundo no conoce lo de Dios porque no ha conocido a Cristo. El mundo se burla de Dios. Ahora podemos padecer, sufrir, sentirnos burlados, pero la Palabra nos manifiesta que lo de ahora no es comparable con el peso de gloria que se ha de manifestar pronto. Pronto lo estaremos viendo tal como Él es. Es preferible que vivamos ahora tal como nos toque vivir. ¿Qué tal que a nosotros ahora se nos manifestara esa gloria? ¿Qué tal nosotros ahora rodeados de gloria? ¿Cómo sería eso? Si algunos, sin ese nimbo fulgurante, sin esa aureola, se hacen llamar reverendos y reverendísimos, y hasta hay alguien que prefiere que se arrodillen delante de él y le besen el anillo, ¿cómo serían con esa aureola? Pero por alguna razón el Señor prefiere que ahora vivamos sobria y sosegadamente.
¿Cuándo se manifestará esa salvación?
Llegará el momento en que nos manifestaremos con Él. Ahora somos hijos de Dios, aunque el mundo no conoce a Dios y mucho menos a Sus hijos. Al mundo le gusta lo espectacular; y los hijos de Dios, los normales, no buscan la espectacularidad ni la gloria de los hombres. Lo de Dios es auténtico. Mientras llegue esa manifestación, el Señor quiere que nos humillemos incluso delante de la gente. ¿Qué puede importarnos, hermanos, humillarnos ahora delante de la gente? Claro, si hay necesidad, para dar un buen testimonio. El espíritu de la Palabra es que si llegan a pegarte en una mejilla, que no te defiendas, que pongas aun la otra. ¿Por qué? Porque somos hijos de Dios, y hemos de manifestarnos con Él en gloria; esa es nuestra vindicación. ¿Queremos más? ¿Habrá algo más grande que eso? Quiera el mundo o no lo quiera, nos manifestaremos con el Señor en Su gloria. ¿Qué nos puede importar si hoy hay o no hay almuerzo? Si soy un hijo de Dios, ¿qué puede importar eso? "Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro". Claro, esto es muy fácil hablarlo; pero hay que hablarlo, debemos conocerlo. Hay que enseñar lo que dice la Palabra también sobre este tópico tan importante.
El apóstol Pedro también manifiesta que habrá un tiempo en el futuro en que gozaremos de una completa salvación. "Que sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero" (1 Pe. 1:5). Esa salvación será manifestada plenamente, como hemos dicho, en el día de la resurrección. Pero es necesario tener presente que nuestra resurrección también no sólo se refiere al futuro. Hay una resurrección que es revelada en tiempo pasado, la del espíritu. Es la participación nuestra en la resurrección de Cristo. Pero la resurrección futura es la del cuerpo. ¿Cuándo será esa resurrección? Dice la Biblia que será a la final trompeta. "En un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados" (1 Co. 15:52). "Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero" (1 Tes. 4:16). ¿Cuando sonará esta trompeta? Precisamente esta trompeta anunciará la venida del Señor, después de la gram tribulación, conforme Apocalipsis 11:15.19. Cuando el Señor venga, nuestros cuerpos serán resucitados. Pero ya en nosotros ocurrió una resurrección en el pasado. Pablo en Efesios 2:6 habla en tiempo pasado; se entiende lógicamente, como dice allá en Romanos 6, que se trata de la resurrección del espíritu. Dice: "Y juntamente con él (con Cristo) nos resucitó (es un hecho consumado), y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús" (Ef. 2:6). Significa que yo resucité en el espíritu, y estoy sentado en los lugares celestiales. Así lo dice el Señor, y las cosas de Dios hay que creerlas y recibirlas, y por fe hay que vivirlas. Nuestra actual posición es con el Señor en los lugares celestiales. Por eso es que Él es tan celoso con nosotros.
Tendremos un cuerpo espiritual
Dice Juan 6:54: "El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero". Me atrevo a formular una pregunta a los hermanos presentes. ¿Hay alguien aquí que dude de que tiene vida eterna? No, claro que no. Aquí todos tenemos la seguridad de que tenemos vida eterna, pues nuestra salvación está fundamentada en la obra de Cristo, y corroborada por la Palabra de Dios y por el Espíritu. Si nosotros ya lo sabemos, estemos convencidos de ello, pues dudar es ofender al Señor. De manera que el espíritu ya no necesita de esa resurrección; lógicamente que se unirá al cuerpo cuando ocurra la resurrección de la Iglesia; pero el espíritu se unirá habiendo ya resucitado en el pasado; y el cuerpo resucitará en el día postrero, como lo acabamos de leer; ¿y qué sucede con el alma? El alma está siendo salvada, y en la medida de ese proceso, llega el momento de madurez y de sazón en que también resucita.
Como ya lo hemos expresado antes, en la resurrección futura, la del cuerpo, habrá un cambio total en la naturaleza de esa parte de nuestro ser, pues ese cuerpo ya dejará de tener las limitaciones actuales mientras vivimos en esta tierra como simples mortales. Después de la resurrección, nuestro cuerpo será un cuerpo espiritual. Dice el apóstol Pablo en 1 Corintios 15:44: "Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual. Hay cuerpo animal, y hay cuerpo espiritual". Al morir, nuestro cuerpo natural, débil y corrupto, será sembrado; pero cuando resucite, será revestido de poder y gloria, con características insospechadas.
Rogamos al Señor que nos ayude a hacer Su voluntad. Amén.
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Publicado en General el 19 de Febrero, 2007, 6:07
por Arcadio Sierra Díaz
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Capítulo 7
EL PROPÓSITO FINAL DE LA SALVACIÓN
El objetivo de nuestra salvación
Hoy continuamos con la serie relacionada con la seguridad de nuestra salvación. Con la ayuda del Señor vamos a analizar un poco acerca del propósito central de Dios al salvarnos. ¿Cuál es el objetivo central de Dios al salvarnos? Ya hemos insistido diciendo que la Biblia por el Espíritu revela que la salvación es un regalo eterno de Dios en Jesucristo Su Hijo. Hoy vamos a detenernos a estudiar cuál es el propósito final de ese precioso regalo, de esa salvación tan grande de que Dios nos ha hecho objetos; es decir, por qué y para qué nos salva Dios. Qué tenía el Señor en mente cuando decidió salvarnos.
En el primer capítulo hablamos acerca de la creación del hombre, su estructura y su caída. El primer hombre, después de su caída, su cuerpo empezó a sufrir un cambio, una transformación, hasta llegar a ser simplemente carne, pero lo más grave es que también su alma experimentó esa conversión, y su espíritu, víctima de su muerte espiritual, también sufrió este descalabro, de tal manera que el hombre llegó a ser carne, conforme lo manifiesta la Palabra. El hombre se apartó cada vez más de Dios en su afán por independizarse de su Creador, y hasta el día de hoy la humanidad persiste en ser independiente de Dios, intentando más bien hacer religión a su manera carnal. Pero ante ese nefasto acontecimiento, el propósito inicial de Dios para con el hombre no fue anulado, ni tergiversado, ni transformado; jamás se finiquitó. Ya el Señor sabía de antemano que el hombre iba a ser presa de una eventual caída; de manera que Él tenía ya Su plan de salvación por medio de Su Hijo.
En Efesios 1:9-10, el apóstol Pablo hace un resumen del propósito final de Dios con Su Hijo respecto de la creación, y de los salvados en todo el contexto de la carta. En el primer capítulo Pablo viene hablando de Cristo, del Amado, con relación a los hijos de Dios, para decir en el versículo 9: "9Dándonos a conocer el misterio de su voluntad (se refiere a la voluntad de Dios. La voluntad de Dios es un misterio), según su beneplácito, el cual se había propuesto en si mismo (¿qué se había propuesto Dios?), 10de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra". Cuando el hombre pecó en el Jardín del Edén, entonces todas las cosas sufrieron un deterioro y cayeron bajo el poder de manos perversas, de manera que Dios tenía en Sus propósitos rescatarlas y reunirlas bajo la autoridad y dominio de Su propio Hijo; y eso lo tenía determinado a fin de que ocurriera en el momento preciso de la historia de la humanidad; o como dice aquí: "en la dispensación del cumplimiento de los tiempos". Pablo, por la revelación de Dios, habla de dispensación; incluso hay una escuela doctrinal exegética denominada "dispensacionalismo", llamada así debido a que se relaciona con lo que Dios le ha ido revelando al hombre, le ha ido dispensando, acerca de Él, de Su obra, de Sus propósitos. Progresivamente Dios le ha ido dispensando al hombre ciertas revelaciones a fin de que el hombre las administre y vaya actuando conforme a lo que va recibiendo de Dios. Por ejemplo, el misterio de la Iglesia no fue revelado antes de la encarnación del Verbo de Dios. Dios no dispensa todo a la vez, pues Dios espera que el hombre vaya adquiriendo la suficiente madurez y la luz necesaria. Dios se va manifestando a su debido tiempo y sazón; nos va revelando en las sucesivas etapas de la historia, y el hombre ha ido digiriendo lo que ha venido recibiendo de Dios. Hubo una primera dispensación; el hombre conoció de Dios unas primeras verdades; el hombre falló, cayó; después, pasado cierto tiempo, vino una segunda dispensación. ¿Cuál fue la respuesta del hombre? Bueno, fue sucediendo así hasta que se cumplió el tiempo para la encarnación del Verbo de Dios, Su obra en la cruz, Su resurrección, Su glorificación, la venida del Espíritu Santo y empieza la edificación de la Iglesia.
Una nueva creación
De manera, pues, que el plan central de Dios es reunir todas las cosas en |Cristo. Los llamados "Testigos de Jehová" dicen que Jesucristo no es Dios, entonces se les plantea esta pregunta: ¿Cómo va Dios a reunir todas las cosas en una criatura? Si Cristo fuera un ser creado, ¿cómo va Dios a reunir a todas las otras criaturas y las va a poner en torno a otra criatura, haciendo de esa criatura el centro mismo de la creación de Dios? A todas luces eso sería un contrasentido, La Palabra de Dios revela que Cristo es Dios desde toda la eternidad. Ahora, la siguiente verdad es que Cristo no va a ser el centro solo; Dios no quiere que Cristo esté solo. En todo el plan eterno de Dios, la humanidad ocupa un lugar muy importante; por eso Dios ha venido trabajando progresivamente a fin de hacer una nueva creación en el hombre, como lo vamos a ver aquí en el capítulo 2 de Efesios.
Dios creó al primer hombre, pero ese primer hombre le falló a Dios. Al hombre Dios lo creó un ser colectivo, compuesto. Dice: "Varón y hembra los creó". Se puede entender, entonces, que cualquiera de las partes del hombre que iniciara la caída, involucraba a la otra parte. Pero el caso es que ese primer ser, al caer, se convirtió en mera carne; y la carne no puede conocer a Dios; la carne no tiene la capacidad de escuchar a Dios, ni mucho menos adorarlo, porque la carne no puede tener comunión con Dios, porque sencillamente carece de la naturaleza apropiada para hacerlo. Entonces para tener esa naturaleza, la de Dios, se necesita un nuevo nacimiento, una nueva creación. La Iglesia es una nueva creación, hermanos, nosotros, los creyentes, ya no somos como Adán; nosotros somos diferentes al hombre adámico. Eso nos enseña que la salvación no se pierde; porque Adán sí cayó y se convirtió en carne, se degeneró e involucró a toda la humanidad. Pero un hijo de Dios en Jesucristo, es hijo de Dios eternamente; es una nueva creación en Su Hijo, en Jesucristo. La Iglesia a que nos referimos aquí no se refiere a una organización religiosa. Aquí hablamos también de un hombre colectivo, y más que eso, un hombre corporativo. La Iglesia es un hombre corporativo cuya cabeza es Jesucristo.
La edificación de la Iglesia
Vamos al capítulo 2 de la carta del apóstol Pablo a los Efesios. En el versículo 11 empieza a explicar cómo se edifica la Iglesia: "11Por tanto...", es decir, por lo que vengo diciendo, de dónde nos sacó Dios, quiénes éramos, cómo nos salvó, para qué nos salvó. Ya había revelado en el versículo 10: "Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas". Entonces dice: "11Por tanto (sabiendo esta gran verdad), acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne". ¿Qué encierra esta frase de la Palabra? Que después de la caída y entrada del pecado en el hombre, toda la humanidad se volvió carne. Pero Dios tenía un plan eterno para resolver eso, y vendría su cumplimiento a través de la encarnación de Su propio Hijo. Pero, ¿cómo se iba a llevar a cabo esa encarnación? ¿Iba a ser esa encarnación como el resto de la humanidad? No. ¿Iba a realizarse en cualquier parte y en cualquier etnia de la humanidad convertida en carne? No. Dios hizo la provisión para crear una nación especial para Sí; una raza diferente; una etnia que en alguna manera y medida cortara con la carne.
Y empezó aquello por medio del llamamiento de un hombre llamado Abraham, cuyo nieto Jacob, después cambiado el nombre por Israel, fue constituido Padre humano de esa nación. Pero con Abraham concertó un pacto. Dios había hecho una promesa; Dios ha dado promesas, y esas promesas se concentran en Su Palabra, y Dios es fiel a Sus promesas, como es fiel a Su Palabra. Eso es tan cierto y seguro, que Su Palabra se hace ley. Eso se llama pacto, pues Él se lo propone en Sí mismo. De manera, pues, que Dios se propuso crear esa nación, y para ello se fijó en un hombre de Ur de Caldea; se lo trajo a Canaán con Sara su esposa, habiéndole dicho: "Haré de ti una nación grande... y serán benditas en ti (de tu simiente) todas las familias de la tierra (la Iglesia)" (Gé. 12:2,3). Ahí le habló veladamente de Cristo y de la Iglesia. Pero para ello era necesario hacer un pacto con Abraham, haciendo que esa raza que comenzaba cortara con la carne. ¿Cómo te voy a librar de la carne a ti y a tu descendencia, Abraham? Cortándote la carne. Tú te vas a hacer un corte en tu propia carne. Vas a circuncidarte tú y tus hijos, y todos los que vivan contigo van a ser circuncidados a fin de que sean una nación de gente desligada de la carne. Ustedes no van a ser como las demás naciones, que son carne. Por eso es que la Biblia habla de la circuncisión y la incircuncisión. Quien corta con la carne, se acerca a Dios por medio de Jesucristo.
Pero cuando nosotros creemos, ya entramos a hacer parte de la nueva creación. Nosotros, la Iglesia, somos una nueva creación, y cuando habla de una nueva creación es porque jamás había sido hecho algo igual; es algo nuevo, creado nuevo. La Iglesia es una creación nueva. Eso es lo que no entienden las personas que dicen que la salvación se pierde, porque ignoran que nosotros somos parte de una nueva creación, de un hombre nuevo que jamás había sido hecho. Por eso Pablo le dice a los Efesios: "Acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne". En ese tiempo había judíos y había gentiles, pero más que todo se lo dice a los gentiles. Es creer que en Éfeso algunos judíos de la sinagoga creyeron y se unieron a la iglesia, pero ahí se dirige a los gentiles, "vosotros los gentiles en cuanto a la carne"; eso significa que eran incircuncisos antes de conocer a Cristo; eran, pues, llamados incircuncisión (eran carne) por la llamada circuncisión hecho con mano en la carne. Eso había surgido por medio de un pacto, pero era algo que Dios tenía que hacer. No podían seguir siendo del montón de la carne.
Les sigue diciendo: "12En aquel tiempo estabais sin Cristo, (estar sin Cristo es ser carne, porque cuando nosotros estamos en Cristo, ya estamos circuncidados, ya no somos carne; esa es la diferencia) alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo". ¿Qué es eso? ¿Qué significa eso de estar alejados de la ciudadanía de Israel? Que no se hace parte del reino; porque Israel es símbolo del reino; llegó a ser la única nación sobre la tierra donde el gobernante era Dios; las demás naciones no conocieron ni conocen a Dios; y cuando Israel le falló a Dios y pecó, y rechazó el gobierno de Dios, y fue llevado en cautiverio, se perdió esa representación del reino de Dios en la tierra; de manera que quien representa y vive el reino de Dios ahora en la tierra, es la Iglesia. Por eso es que la Biblia hace énfasis en el reino. Id y predicad el evangelio del reino. No os afanéis por lo que habéis de comer. De qué beber, donde vivir; que esa no sea vuestra prioridad. ¿Por qué dice eso el Señor? Porque ese es el afán de nosotros. Pero, antes de ocuparos de esas cosas, buscad primeramente el reino; porque nosotros somos los que vivimos y representamos ahora el reino de Dios en esta tierra. Sí, en este momento no es Israel el que lo representa. Israel no ha entrado de nuevo; Israel fue cortado y fue injertada la Iglesia. Israel volverá a constituir esa nación terrenal de Dios, pero eso todavía no ha llegado. Todavía estamos en el tiempo de los gentiles. Israel ahora está aún en un proceso de regreso, de consolidación, de restauración, pero allí todavía no gobierna Dios como antaño; ellos ahora todavía tienen un gobierno secular, de política de mundo, de carne. Son israelitas, pero aún están en un proceso; pero eso se va a dar a su debido tiempo.
Derribando la pared intermedia
¿Por qué nosotros estábamos alejados de la ciudadanía de Israel? Porque habíamos caído, y toda la humanidad quedó por fuera del reino de Dios, y ajenos a los pactos de la promesa. Todas las promesas que Dios tenía, las perdió la humanidad, y sólo se retoman en Cristo Jesús. La humanidad quedó sin esperanza y sin Dios en el mundo. El mundo se llenó de dioses; muchos dioses tiene el mundo; y la humanidad habla de los tiempos paganos, cuando se refieren a la historia antes de Cristo; sobre todo lo dice esa humanidad occidental que dice ser cristiana. Pero no, hermanos, toda la humanidad es pagana. El paganismo sigue igual; lo único que cambiaron fue el nombre de los dioses. Por eso todos nosotros estábamos "sin esperanza y sin Dios en el mundo 13Pero ahora (ahora somos de Dios, ahora es otra vida, ahora tenemos esperanza en las promesas, y las estamos viviendo ya) en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo". Ese es el camino. Si vamos al libro de Crónicas, vemos la enorme cantidad de novillos y otros animales que sacrificó Salomón cuando dedicó el templo que le había edificado a Dios en Jerusalén. Miles en un solo día; pero ahora solamente un Cordero derramó toda su preciosa sangre para redimirnos; y por medio de ese sacrificio Dios nos ha hecho cercanos a Él.
Dice: "14Porque él es nuestra paz (Cristo nos reconcilió con el Padre y nos reconcilió a nosotros los hombres), que de ambos pueblos hizo uno (el pueblo judío, el de los circuncisos, el que había firmado el pacto, y a los ocho días de nacido, cada varón debía circuncidarse), derribando la pared intermedia de separación", Qué derribó el Señor? Esa pared que se había levantado en torno a la ley y a las ordenanzas, comenzando con la circuncisión y los rituales; todo eso fue lo que derribó Cristo. Por eso la Palabra dice que todas esas leyes que nos dividían con los judíos, ya Cristo las abolió. Hay algunos ahora que las han levantado de nuevo, y están dejando la Iglesia de Jesucristo para acercarse de nuevo al redil del judaísmo y al mesianismo; si quieren de nuevo vivir en esa división es porque ignoran que esa pared ya fue derribada. ¿Por qué lo digo? Porque dice: "14Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación". Bueno, sí, hay una tipología. Cuando uno lee en el Antiguo Testamento cómo era la estructura del templo de Jerusalén, puede observar que había unas paredes de división; por eso había varios patios: el de los gentiles; hasta ahí podían llegar los gentiles; también estaba el patio de las mujeres, pues había discriminación en esa religión, etc; pero todas esas divisiones y paredes, al leerlas en el Nuevo Testamento, se toman como una tipología de la obra de Cristo; de todo eso que Él derribó en la cruz.
Ahora, en cuanto a lo que dividía a los hombres con Dios, indiscutiblemente era la carne con su pecado. Entonces, en el desarrollo del plan de Dios, el pueblo escogido se circuncidaba, pero el resto no había cortado con la carne; entonces a causa de la carne fue establecida la ley, comenzando por la circuncisión. Como eran carne, había que comenzar cortando la carne, en el prepucio. Eso es un principio de la ley. La ley, no digamos tanto las leyes morales, las cuales siguen vigentes en el sentido de que todos nosotros las guardamos en Cristo, pero todas esas leyes ceremoniales hacían una división entre los judíos y los gentiles; entonces Él mismo pagó en la cruz con Su sangre para derribar esas murallas, esas barreras que nos dividían. Y eso también estaba simbolizado por el velo que separaba el lugar santo del lugar santísimo. En el momento en que Cristo expiró en la cruz, Dios cortó, no por medio de mano humana, el velo de arriba abajo, a fin de que nosotros pudiéramos tener acceso al Padre. Para que hoy tengamos entrada al Padre ya no tenemos obstáculos, ni necesitamos sacerdotes ni ningún otro intermediario que no sea Cristo. Hoy tenemos acceso directo y libre al trono de la gracia por el camino nuevo y vivo que es el Señor. Ahora hemos sido hechos cercanos, ahora Él es nuestro Padre, ahora Él nos mira a través de Su Hijo.
En el versículo siguiente explica el significado de esa pared intermedia; por tanto, leemos el versículo 14 y su explicación en el 15. Dice: "14Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación (seguidamente explica lo de la pared intermedia), 15aboliendo en su carne las enemistades (había enemistades que hacían barreras: clases sociales, discriminación racial, religiones), la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas (esas ordenanzas constituían la pared intermedia; pero para los que no conocen a Cristo todavía sigue allí erigida, porque esas ordenanzas siguen vigentes en el judaísmo e incluso entre sectores del cristianismo), para crear (ya no hay ordenanzas; ya todo eso está abolido y derribado; ahora somos un solo pueblo) en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz".
Porque uno puede decir: «Derribando la pared intermedia», pero ¿cuál es esa pared? Ah porque allá en el templo de Jerusalén había una pared que fue demolida; pero, no, la pared es algo diferente. Sí, esa pared fue derribada; y no solamente eso, fue destruido todo el templo; ya ese templo no existe, y las cosas hoy son diferentes; hoy existe un templo vivo.
Los niveles de la edificación
De manera, pues, que así empieza la edificación de la Iglesia. Así lo dice el Señor en Mateo 16 en el contexto de la confesión de Pedro: "13Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? 14Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas". Los hombres tienen diferentes opiniones del Señor Jesucristo, pero ninguno de esos conceptos, aparentemente buenos o malos, les sirve para una verdadera conversión. Entonces el Señor les hace a sus discípulos la pregunta clave, cuya respuesta, dada por un escogido de Dios, conlleva una revelación de Dios acerca de Jesucristo. 15El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? 16Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente (esa es la clave). 17Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. 18Y yo también te digo, que tú eres Pedro (aquí el Señor le cambia el nombre, de Simón por el de Pedro), y sobre esta roca (la roca es diferente de Pedro; la roca es Cristo; la roca es la confesión: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente; esa es la clave para entrar a ser hijo de Dios) edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella". La Iglesia está siendo ahora edificada. ¿Cuál Iglesia? La de Jesucristo. ¿Cómo es esa edificación? Esa edificación de la Iglesia tiene una doble proyección, tanto a nivel personal como a nivel colectivo; porque en tanto que el Señor edifica en cada uno de nosotros, lo hace en todo el cuerpo. Si no hay edificación de Cristo en mí, si yo no he sido liberado de mí mismo, no estoy participando en ese desarrollo de la edificación.
La edificación de la Iglesia es más subjetiva que objetiva; nuestra participación en esa edificación no se circunscribe solamente a que seamos salvos de ir al infierno; eso es sólo el comienzo, la entrada. Tal vez se trata de una tradición católica que también entró en alguna medida al protestantismo. Es verdad que el Señor nos salvó de ir al infierno, y nos dio la vida eterna; pero ahora, además de ser salvados del infierno, debemos ser salvados de nosotros mismos. Hermano, el Señor te salvó del infierno, pero quiere salvarte de lo que tú eres. Y tiene que empezar a derribar, a demoler tu ego, tu yo, comenzando por la mente; para edificar lo nuevo hay que demoler lo viejo. Entonces, la Iglesia se edifica en cada uno de nosotros; y ese edificarse en cada uno de nosotros, se manifiesta en la vida de la Iglesia. Uno a veces no haya la manera de decir estas cosas; ¿por qué? porque hay un desnivel en la edificación. Hay personas que sí lo reciben, porque tienen suficiente luz y madurez; pero otros hermanos aún no están lo suficientemente preparados para recibirla. Para algunos hermanos, estas enseñanzas son alimento que reciben, porque ya van en un plano más desarrollado que otros en la edificación. Algunos tienen en su interior la vida de Dios más desarrollada que otros. Cristo conduce más la vida de algunos hermanos que la de otros, porque han sido más liberados de sus propios seres. Nosotros debemos ser liberados de nosotros mismos si queremos dar algún fruto. Tengámoslo bien presente.
Dice: "Sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella". Eso también significa que el cristiano que muera ahora no va al Hades. Si morimos en condiciones tales que realmente merecemos juicio de nuestras obras, sí, ese juicio habrá de llegar cuando venga el Señor, pero al Hades no será lanzado el creyente, sino que va directamente al Paraíso. Eso lo dice el Señor. Junto a la cruz de Cristo había un malhechor también crucificado; quién sabe cuántas fechorías habría cometido en su vida, pero en ese momento tuvo la luz de Dios, y le dijo al Señor: «Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino». Ese hombre ahí colgado creyó que Jesús era Dios, creyó que Jesús era su Salvador, creyó que Jesús era el Rey mesiánico. Más bien le dijo al otro malhechor que no blasfemara. ¿Y qué le dijo el Señor? «Jesús le dijo: De cierto te digo; que hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc. 23:42,43). De seguro que esa persona es considerada un vencedor, pues todos sus pecados fueron perdonados en ese momento, y no tuvo la oportunidad de seguir viviendo acá. Opino que con esa muerte de cruz fue liberado hasta de sí mismo.
El cuerpo de Cristo
Entonces ahora nosotros vivimos una nueva creación, un nuevo hombre; el nuevo hombre está en Cristo y la Iglesia. Ahora, volviendo a Efesios 2, este texto es riquísimo en enseñanza. Aquí mismo va a hablar del cuerpo de Cristo. Dice: "...haciendo la paz, 16y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades". Nosotros hacemos parte de un cuerpo, y no de cualquier cuerpo. Leamos también en 1 Corintios 12:12-13: "12Porque así como el cuerpo es uno (se refiere al cuerpo humano), y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo (aquí en vez de Cristo podría decir Iglesia; porque Cristo es Él y la Iglesia). 13Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu". Yo antes vivía mi propia vida y voluntad; andaba como una piedra rodante, pero cuando creí en Cristo, el Espíritu me introdujo en un cuerpo; ahora no estoy solo, soy miembro de un cuerpo vivo. Nosotros ahora conformamos un cuerpo. Por ejemplo, en Bogotá hay un centro de obra; hay muchos comienzos de iglesias locales; tenemos una responsabilidad con toda Colombia, y todos nos colaboramos en este trabajo. Hay muchos que se están capacitando; todos nos necesitamos. Unos aportan con su ministerio y tiempo de lleno en la obra, otros con sus oraciones, otros con sus aportes económicos, otros con variados talentos, etc. ¿Por qué? Porque la Iglesia es un cuerpo, un organismo vivo; el cuerpo vivo de Cristo. La Iglesia de Cristo, es la plenitud, la expresión de Aquel que todo lo llena en todo (cfr. Ef. 1:23). La Iglesia es Su expresión, Cristo quiere moverse en toda Colombia; hay necesidad; pero Cristo tiene Su cuerpo, y Él nos da dones, y nos da sabiduría, y nos da talentos, y nos da empleos, y nos riqueza y nos de todo; hermanos, aquí hay de todo para que Su cuerpo se mueva. Eso tenemos que entenderlo. Así como nosotros confiamos en Él, así también Él confía en nosotros.
El Señor nos da salud no sólo para que nosotros disfrutemos de buena salud, sino para que esta salud que nos permite disfrutar y ese alargarnos la vida, lo pongamos a Su servicio; porque de todo lo que Él nos proporciona, nosotros ahora invirtamos, es algo que vamos a ver multiplicado allá en el reino; y si aquí no estamos atentos a los del Señor, y cerramos las manos, entonces nos pueden sobrevenir enfermedades. ¿Por qué? Porque no usamos nuestra juventud, no usamos nuestros talentos, no usamos nuestra buena salud y energías ni nuestro dinero para que se haga la obra de Cristo. Cristo, que es la cabeza, quiere que Su cuerpo le obedezca Sus órdenes, Su voluntad declarada en la Palabra y por Su Espíritu. Para ello es necesario que los creyentes estén orgánicamente unidos los unos con los otros, pero unidos en vida, en la vida de Dios, como están unidos en el Espíritu; nosotros tenemos una unión espiritual, pero necesitamos que haya también una experiencia en la unión del cuerpo del Señor. Hay una unión; de pronto un poco defectuosa, pero la hay. El apóstol Juan en su primera carta 1:3, dice: "Lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros (ese nosotros se refiere a los apóstoles); y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo".
El Reino de Dios
Volvamos al capítulo 2 de la carta de Pablo a los Efesios: "17Y vino y anunció las buenas nuevas (el evangelio) de paz a vosotros que estabais lejos (los gentiles), y a los que estaban cerca (los judíos); 18porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre (ahora, en cualquier momento y lugar, podemos entrar y estar delante del trono de la gracia). 19Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos". Esto se explica porque ya somos ciudadanos del reino. Hablemos, pues, un poquito del reino de Dios.
Recordemos las palabras de Juan el Bautista al comenzar su ministerio, hablando del reino y hablando del Rey: "2Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. 3Pues éste es aquel de quien habló el profeta Isaías, cuando dijo: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas" (Mt. 3:2,3). Él llegó en un momento cuando en Israel ya no mandaba el Señor. Israel estaba dividido en varias provincias vasallas del Imperio Romano; ya Israel no constituía el pueblo de Dios como antes; sólo había un remanente, del cual Él nació como hombre; de modo que políticamente se hacía lo que dijera el Imperio, no lo que dijera Dios. Y Cristo mismo, después lo declaró en la ocasión cuando envió a Sus discípulos: "5A estos doce envió Jesús, y les dio instrucciones, diciendo: Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de samaritanos no entréis, 6sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel. 7Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado" (Mt. 10:5-7). Aquí el reino todavía no había comenzado. ¿Cuando comenzó el reino? El reino comenzó el día de Pentecostés narrado en el capítulo 2 del libro de los Hechos de los Apóstoles. Ahí empezó la Iglesia. Hay hermanos que son salvos, son hijos de Dios y son santos, pero están fuera de los principios del reino de Dios debido a que son inmaduros y no han sido liberados de sí mismo, como lo hemos venido hablando y explicando; pero hay hermanos vencedores que ya viven dentro de la obediencia de los principios del reino. Son los vencedores. En la Biblia, y sobre todo en el Nuevo Testamento, hay mucha revelación acerca del Reino de Dios. Esto que estamos mencionando ahora es para que sepamos que nosotros estamos en el reino de Dios; y que ese reino tiene sus principios, como si dijéramos, su constitución, como aparece en el contexto del Sermón del Monte (capítulos 5, 6 y 7 del evangelio de Mateo).
La familia de Dios
Otro propósito de Dios al salvarnos es hacernos Su familia. Ahora somos miembros de la familia de Dios. También lo declara el capítulo 2 de la carta a los Efesios: "19Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios". Nosotros ahora somos hijos de Dios, y por consiguiente, somos Su familia. Lo declara también el apóstol Juan en su evangelio: "11A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. 12Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios" (Jn. 1:11,12). Esa posición de hijos de Dios no es temporal ni condicional; es algo seguro y para siempre. Nadie nos va a despojar de la condición de ser de la familia de Dios. Quien menos tiene la intención de quitárnosla es el mismo Dios; de modo que nosotros tenemos la seguridad de que somos la familia de Dios eternamente. Dios quería tener una familia, y ya la tiene. Aleluya. También la Palabra de Dios nos dice en Gálatas 3:26: "Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús". Esto es algo constante, y es una afirmación que aparece muy clara en la Palabra. Vosotros, los que creéis en Cristo Jesús, sois hijos de Dios.
Lo hemos reiterado desde el comienzo. Por ejemplo en Efesios 1:5, dice: "En amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad". También Pablo lo declara en Romanos 8:29: "Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos". El Señor ahora está trabajando en nosotros, haciendo una verdadera renovación de nuestra alma, transformándonos en la imagen de Su Hijo, para que Su Hijo sea el primero entre muchos hermanos. La figura de la familia encierra también la idea de casa, de hogar; entonces nosotros también somos la casa de Dios.
El templo de Dios
Un propósito también muy importante que está involucrado en nuestra salvación, es que Dios está haciendo de nosotros Su propio templo. Nosotros somos el templo vivo de Dios. Sigue diciendo el capítulo de la carta de Pablo a los Efesios: "20Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas". ¿Por qué dice que somos edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas? En 1 Corintios 3:11, Pablo dice que el fundamento es Jesucristo; pero la explicación es la siguiente: los apóstoles fueron los que recibieron toda la revelación acerca del misterio de la Iglesia; entonces, al ellos recibirlo y transmitírnoslo a nosotros, nos hablan del fundamento. La edificación de la Iglesia no puede fundamentarse en otra fuente que no sea lo revelado por los apóstoles en el Nuevo Testamento. Eso lo dice Pablo en Efesios 3:5: "Misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu". Ese misterio le fue revelado a Pablo y a los apóstoles por el Espíritu. Esto que estamos enseñando no había sido revelado antes a nadie. Ellos nos lo transmiten a nosotros como el fundamento; por eso dice el fundamento. "20Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo". Aquí el énfasis es Cristo como la principal piedra del ángulo. Habla de piedra del ángulo debido a que hay dos muros para la edificación del templo de Dios: un muro formado por los judíos, otro muro formado por los gentiles, y Cristo como la piedra del ángulo para darle fuerza a esos dos muros que ahora han venido a ser un solo templo; esos dos muros hacen parte de la edificación de la Iglesia. Cristo es la principal piedra del ángulo en la edificación de este templo vivo.
Luego dice: 21En quien todo el edificio (porque también es un edificio), bien coordinado (como cuerpo también que es), va creciendo para ser un templo santo en el Señor". Este edificio crece porque se trata de un templo vivo, que está siendo construido con piedras vivas, de manera que cada piedra debe ir creciendo. ¿Qué tal que en este templo cada piedra no creciera? Pues el resultado es que su edificación iría un poco defectuosa. Cada piedra debe crecer como las otras piedras. El edificio crece porque está vivo; tiene la vida de Dios intrínsecamente. Es el único edificio vivo que existe. Es un edificio inteligente, un edificio vivo, un edificio que ama, un edificio que sufre, etc. La Iglesia está siendo edificada como un templo santo. Dice el apóstol Pedro: "4Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, mas para Dios escogida y preciosa, 5vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo" (1 Pe. 2:4-5). ¿Eso de dónde lo sacó? Se lo reveló Dios; y por eso es que Pedro también hace parte de ese fundamento revelado, y que nosotros tenemos hoy en día.
Dejo también constancia de los otros siguientes textos bíblicos: "¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?" (1 Co. 3:16). "19¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? 20Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios" (1 Co. 6:19,20). "¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo" (2 Co. 6:16).
La morada de Dios
Otro propósito de Dios con nuestra salvación es hacernos Su propia morada eterna. Nosotros ahora ya somos morada del Dios eterno. El mismo contexto de Efesios 2 dice: "22En quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu". Dios ya vive en nosotros, pero esa edificación no ha terminado en nosotros; en nosotros debe continuar una demolición de lo que todavía debemos desechar, debemos ser liberados; y en la medida en que vaya esa demolición desarrollándose, el Espíritu Santo va edificando en nosotros lo que debe edificar de parte de Dios, como lo dice Pablo en el capítulo 3 de Efesios: "17Para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor". Ya Cristo habita en nuestro espíritu, pero quiere también habitar en nuestra alma, cuyo centro es el corazón. Él quiere habitar no solamente como visita; Él no quiere habitar a la manera de nuestro huésped, no; Cristo quiere habitar como dueño de la casa; ocupar y habitar confiadamente en toda la casa y en todo el corazón; ordenar, y poder decir: Esta es mi casa; yo la compré a un precio muy alto. No es una casa en arriendo ni está hipotecada. Pero si nosotros seguimos empecinados en seguir siendo lo que éramos, y seguimos alegando que somos los dueños absolutos de nuestras propias vidas, entonces el Señor se siente incómodo, y no se sabe si lo queremos tener a Él o no como dueño y Señor de esta morada, que al fin y al cabo es de Él. Cristo quiere habitar en Su casa. "Para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones". Eso es lo que nos dice la Palabra de Dios. En quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu". En la medida en que nosotros somos edificados, Él va tomando posesión cada día más de nuestro corazón para habitar en él, y lo va haciendo Su casa. Pero no se trata de casa individual, no; es una casa corporativa, es una casa con todos los santos.
La esposa de Cristo
Entonces nosotros, además de ser la Iglesia, somos el cuerpo de Cristo, somos ciudadanos de Su reino, somos la familia de Dios, la casa de Dios, somos el templo de Dios, el cuerpo de Cristo, somos morada de Dios, y además de eso somos la esposa del Cordero. Claro que si nosotros no participamos en esa edificación comenzando por nosotros mismos, no permitimos que el Señor demuela en nosotros este ser que estorba al Señor, entonces no haremos parte de la esposa del Señor, como lo expresa la última parte de la parábola de las diez vírgenes en Mateo 25. La Biblia habla de que la Iglesia es la esposa del Señor (cfr. Ap. 21:9), pero en esta parábola de las diez vírgenes aclara que no todos participarán de ese privilegio.
Hay otros textos que indican ese mismo temor. Por ejemplo, Pablo, escribiéndole a los Corintios, no ocultando su temor, les dice: "2Porque os celo con celo de Dios; pues os he desposado con un solo esposo, para presentaros como una virgen pura a Cristo. 3Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva, vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados de la sincera fidelidad a Cristo" (2 Co. 11:2,3). La infidelidad al Señor puede ser la causa de un fatal desvío de ese propósito del Señor de que participemos de Sus bodas con los vencedores. Ya el Señor nos salvó para hacernos su esposa. "25Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, 26para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra" (Ef. 5:25-26). Allí dice: para santificarla; es algo que debe ocurrir en el curso de la edificación; y todo comienza en nuestra mente. La verdadera revolución de nuestra persona empieza en la mente del hombre (cfr. Romanos 12:2). Necesitamos prepararnos para esas bodas; obrar conforme la voluntad de Dios preparando el vestido adecuado. "7Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado. 8Y a ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente; porque el lino fino es las acciones justas de los santos. 9Y el ángel me dijo: Escribe: Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero. Y me dijo: Estas son palabras verdaderas de Dios" (Ap. 19:7-9).
Pero volvamos a la parábola de las diez vírgenes, tan recurrente en esta corta serie sobre la salvación. Las siguientes son las palabras del Señor: "1Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes (el diez es el número de las naciones. etnias y razas de la tierra; y de todas el Señor está salvando a sus escogidos) que tomando sus lámparas (nuestra lámpara es nuestro espíritu), salieron a recibir al esposo. 2Cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas (aquí da a entender que por lo menos la mitad de los hermanos en toda la historia, no son vencedores). 3Las insensatas, tomando sus lámparas (porque ya eran creyentes), no tomaron consigo aceite (su alma no había sido renovada por el Espíritu del Señor; no habían dejado que el Espíritu aplicara la salvación en su alma, y llenara su alma de la presencia de Cristo); 4mas las prudentes tomaron aceite en sus vasijas (en sus alma, en su yo), juntamente con sus lámparas. 5Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron (en la historia, todos nos vamos enfermando, envejeciendo, y todos vamos gustando la muerte). 6Y a la medianoche se oyó un clamor (cuando llegue el momento de la venida del Señor, van a ocurrir algunas cosas, y la Iglesia, por lo menos los vencedores, nos vamos a enterar de esos acontecimientos y de que ya viene el Señor [cfr. 1 Tes. 5:4]; por lo menos los que estén siendo edificados, y estén en la claridad de Dios): ¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle! (Eso habla de la inminente venida del Señor y de que debemos estar en vela) 7Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron (resucitaron las que habían muerto y fueron transformadas en un abrir y cerrar de ojos las que vivían aún), y arreglaron sus lámparas".
Analicemos ahora con un poco de más cuidado esta última parte de la parábola. "8Y las insensatas dijeron a las prudentes: Dadnos de vuestro aceite; porque nuestras lámparas se apagan". Lo que esto significa es que las vírgenes insensatas le pedían unción, llenura del Espíritu, madurez espiritual a las prudentes. Lo que ellas no habían podido o querido lograr en vida, ahora lo querían tener sin mucho apuro. Pero aun aquí, ¿cómo hace un creyente para darle a otro lo que sólo Dios puede otorgar? Eso no se logra por ningún medio que no sea pagando un precio, como lo hemos venido enseñando. Eso es un asunto personal, porque lo que yo tengo de Dios, no me ha entrado por ósmosis; es el resultado de un trabajo de Dios hecho en mi vida a través de mucho sufrimiento y lágrimas; y si no he sufrido, y si no me he dejado tratar y limpiar, ando muy lejos de Él, y mi vasija sigue vacía. De ahí la respuesta de las prudentes: "9Mas las prudentes respondieron diciendo: Para que no nos falte a nosotras y a vosotras, id más bien a los que venden, y comprad para vosotras mismas". Hay que pagar un precio. Aveces esto es pesado para oírlo; a uno aveces no le agrada mucho eso, porque no es popular. "10Pero mientras ellas iban a comprar, vino el esposo (y lo primero que hizo fue instalar su tribunal de juicio; porque aunque demore, Él vendrá); y las que estaban preparadas entraron con él a las bodas; y se cerró la puerta".
Las vírgenes insensatas son creyentes, no se van a perder, pero tienen que ir a pagar el precio mientras se casan las prudentes. Durante la manifestación del Reino del Milenio, mientras se casan las prudentes con el Señor, las otras tendrán que pagar un precio en las tinieblas de afuera. Pero lo curioso es que ellas como que no se convencen mucho, e insisten ante el Señor. Aquello será una hora terrible para muchos en la Iglesia. "11Después vinieron también las otras vírgenes, diciendo: ¡Señor, señor, ábrenos! 12Mas él, respondiendo, dijo: De cierto os digo, que no os conozco. 13Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora en que el Hijo del Hombre ha de venir".
Y al final de las parábolas de los talentos habla de lanzara algunos a las tinieblas de afuera, donde será el lloro y el crujir de dientes. Rogamos al Señor que nos ayude, ahora que todavía hay algún tiempo. Amén.
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Publicado en General el 18 de Febrero, 2007, 6:28
por Arcadio Sierra Díaz
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Capítulo 8
LA OPERACIÓN SUBJETIVA DE LA CRUZ
La operación objetiva e histórica
En estos días he entendido que algunos hermanos no han asimilado bien sobre lo de tomar nosotros la cruz; por lo cual quisiera hoy profundizar un poco más acerca de este tipo de enseñanza, y en especial de este tópico que es delicado; y, claro, como no se trata de un rudimento, entonces puede que no se asimile con facilidad debido a su profundidad y delicadeza, y además es algo que trata directamente con nuestra alma y con nuestros pecados y con lo que somos. Cuando optamos por tomar nuestra propia cruz es cuando empieza en nosotros el verdadero caminar con Cristo. Cuando estamos enseñando esta parte, hay hermanos que de pronto se dan por aludidos, y no sé hasta qué punto un poco ofendidos; pero no, hermanos, no se trata de eso. Yo personalmente no tengo la intención de referirme a alguien; lejos está de mí tal actitud. Yo lo que quiero es vivir y mostrar el amor que Dios me ha dado para ustedes.
Ya se ha hablado lo suficiente de lo que es la obra de Cristo en la cruz objetivamente. Entonces hablemos un poco de la operación subjetiva de la cruz. Casi siempre que se expone la Palabra para hablar de la cruz, se hace analizando su aspecto objetivo; de lo que hizo Cristo históricamente para salvarnos. En estos días hemos hablado bastantito acerca de eso. Profundicemos un poco más en el aspecto subjetivo. Cuando Cristo murió lo hizo para salvarnos. Ya somos hijos de Dios, y nadie nos va a despojar de eso. Dios nos asegura que eso es una verdad, y no hay motivo ni para dudar. El Señor dice: «El que a mí viene, yo le doy vida eterna; y nadie me lo arrebatará de mi mano». La Palabra siempre lo recalca con esa seguridad.
Pero hay otro aspecto. Cuando recibimos a Cristo somos salvos, somos regenerados, somos justificados, somos redimidos, etc, pero ahora estás tú, estoy yo, exactamente como éramos y vivíamos en el mundo, y eso es lo que hay que trabajar, eso es lo que el Señor quiere trabajar en nosotros, y precisamente eso es lo que aveces no nos gusta, pero Dios quiere trabajarlo para que podamos disfrutarlo a Él desde ahora y en el reino, y participar en la edificación de Su casa. Si nosotros no nos dejamos tratar por el Señor, si no hay una acción, una operación subjetiva de la cruz en mí, no puedo. Puede que esté muy ocupado en un activismo más carnal y anímico que espiritual; incluso, dice la Palabra que puedo edificar pero no según Dios. Ahí está revelado en la 1 Corintios 3, que podemos estar edificando en madera, heno y hojarasca, y se está edificando muchas cosas; pero nosotros aquí ya no queremos edificar con esos elementos que se queman, que perecen. Si no se queman ahora, por lo menos se queman el día que venga el Señor y juzgue a la Iglesia.
Repasemos un poco el contexto de Romanos 6 donde aparece históricamente la acción, la operación de la cruz en nosotros, y que, dice la Biblia que ya nosotros pasamos por ahí; eso es un proceso realizado en nosotros. Lo que el Señor hizo en la cruz, ya lo ha participado en nosotros. Leamos desde el versículo 3: "3¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados (aquí bautizados tiene la connotación de que hemos sido introducidos en su cuerpo; aquí no se refiere tanto al bautismo en agua, no; es más que eso; hemos sido introducidos por el Espíritu dentro de la vida de Cristo, de esa vida histórica de Cristo) en su muerte? (Significa que históricamente ya pasamos por el proceso de la muerte) 4Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo (claro que también se puede pensar en el bautismo del agua, pero es más que eso, hermanos; mucha gente bautizada en las aguas puede estar ahora mismo en el Hades, pues ese bautismo es un acto externo que aveces se realiza sin que haya habido un verdadero compromiso con el Señor), a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva". Así también andemos. Miren el tiempo y el modo del verbo andar. Ahí no dice que ya andamos, sino que andemos. Porque es un trabajo que el Señor quiere hacer; y Él es tan caballeroso, que quiere que nosotros le digamos: Señor, puedes empezar.
"5Porque si fuimos plantados juntamente con él (plantados con Cristo, sembrados con Él, porque Él es la simiente) en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección (nosotros vamos a resucitar); 6sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él (es un hecho histórico; queramos o no queramos, ya fuimos crucificados con Él), para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado". Entonces eso está hecho. Eso es la operación objetiva de la cruz de Cristo en nosotros. Es algo que nadie nos lo puede quitar; algo real.
Ahora vamos a ver cuatro tópicos de la operación subjetiva de la cruz. Cristo tomó Su cruz, y ahora nos dice a nosotros: Toma tu cruz. A esos cuatro tópicos los vamos a relacionar ahora, pero después los vamos a desglosar en detalle, que son:
1. Los afectos; la parte afectiva, que es lo primero que el Señor quiere trabajar en nosotros, la mente y los afectos.
2. La propia conservación del alma; el alma en sí misma no quiere someterse a nadie.
3. Los bienes materiales y también los bienes intangibles, y el mundo. Ustedes saben que las personas tenemos bienes intangibles, que son los que no se pueden tocar.
4. Los frutos. Esos cuatro tópicos son los que el Señor quiere tratar en nosotros.
1. Tratando con los afectos
Pongámosle mucha atención, pues es importante que lo podamos comprender. Que el Señor nos ayude a disponer nuestro corazón, que Él nos abra los ojos; que no haya un viento contrario que robe esta palabra y se la lleve, y que penetre profundamente en nosotros. Vamos a comenzar yendo a Mateo 10:34-39: "34No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada". ¿Y por qué el Señor dice eso? En otra parte del evangelio el Señor dice: "La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da" (Jn. 14:27). Pero aquí dice que Él no ha venido a traer paz; pero lo que sucede es que esta paz, es una paz muy subjetiva, muy profunda dentro de ti. Tú puedes estar en medio de una guerra, pueden silbar las balas en tu entorno, pero tú tienes paz; pueden estar moliéndote la vida, y tú tienes paz. Ahora, el mismo Satanás usurpó la creación de Dios, Su mundo lo usurpó, y dice allá en 1 Juan 5:19 que todo el mundo está bajo el maligno. "Sabemos que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno". Entonces si el mundo entero está bajo el maligno, al salvarnos el Señor y cambiar nuestra posición de esclavos del mundo y de Satanás y del pecado y de la carne, etc., y situarnos dentro de Sus huestes, situarnos como siervos de Él, entonces lo que sobreviene es un ataque frontal contra nosotros. A veces no queremos que nos ataquen, y eso revela que no nos queremos comprometer mucho con el Señor. Si yo no me quiero comprometer mucho con el Señor, es porque necesito que la cruz siga trabajando en mí.
Hay un ataque, hermanos, y los ataques vienen a veces de muchas direcciones. Yo lo digo por mí. Me decidí por el Señor, y me atacó el cura, me atacó el Club de Leones, me atacaron los amigos, me atacaron desde las emisoras radiales, hasta mis familiares me atacaron; y yo lloraba solo por ahí. ¿Y ya se acabó el ataque? No, el ataque continúa. El ataque es frontal. Pero tenemos la victoria de Cristo; somos soldados del Señor, y Él vive dentro de nosotros. Él quiere mostrarnos dónde estamos parados, qué nos rodea, cuál es el enemigo, cómo nos ataca, cuáles son tus debilidades, cuáles son las mías. El enemigo te da muchas vueltas todos los días, y hasta pretende adivinar lo que tú piensas. Hay algunas personas que no les gusta orar con voz audible, para que el diablo no les escuche lo que están orando; entonces oran lo más callado posible. Piensan que si el diablo les escucha, luego viene a ponerles las zancadillas y a estorbarlo todo. Claro, Satanás está estudiando cómo hacernos caer. Por eso dice: "No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada". Eso es para nosotros los que hemos creído en el Señor.
Y miren lo que dice a continuación; estamos hablando de los afectos: "35Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra". Esa guerra involucra aun a las personas que amamos. 36Y los enemigos del hombre serán los de su casa". Nadie va a dejar de amar a su esposa, a sus hijos, a sus padres, a sus hermanos; nadie los deja de amar, hermanos; ni el Señor nos dice que nosotros dejemos de amar a nuestra familia; eso no está en la Palabra. Más bien dice que quien no ve por su familia es peor que un impío. Pero entonces el amor a nuestros parientes es lo que aquí trata el Señor de revelarnos cómo manejarlo. Hay amores que lo llevan a uno al traste y lo pueden alejar de Cristo y de su servicio. Meditemos en el siguiente versículo que lo explica: "37El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí". Incluso a una propia, linda y consentida hija. Hermano, ¿qué está sucediendo contigo? No, pues, a mi lo que me pasa es que amo tanto a mi esposa, a mis hijos, que ellos me acaparan toda mi atención, mis recursos, mi tiempo, tanto que no me dan lugar para dedicarle al Señor ni una sola hora al día; y el Señor no me va a despojar de ese amor. Pero mira lo que dice aquí, que el amor al Señor debe superior a todos esos amores y afectos por las personas más queridas que nos rodean.
Tomando nuestra propia cruz
Entonces, ¿cómo tratar con esos afectos? Se tratan tomando nuestra propia cruz cada día. "38Y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí". La vez pasada lo dijimos; la cruz no la componen las cargas de la vida; la cruz no son las dificultades económicas; la cruz no son las enfermedades. Si la cruz fuera contraer una enfermedad, entonces si no lo contraigo rápido, pues sería buscar a alguien que me inyectara un virus. Más bien el Señor nos sana a fin de que estemos aptos para servirle.
Aveces estamos pasando por ciertas dificultades económicas, muchas veces ocasionadas por nosotros mismos, por nuestra desobediencia, pero aun así, el Señor nos ayuda a salir de esos compromisos por su pura misericordia. No obedeciendo la Palabra de Dios nos enredamos en esa dificultades; pero el Señor quiere que salgamos de todos esos compromisos y que no nos enredemos más, pero para no hacerlo, debemos tomar nuestra propia cruz, así como el Señor la tomó. Tengamos en cuenta que el Señor también era humano; el Señor tenía un hogar aquí con sus padres y sus hermanos; pero Él sabía que llegaría un momento en el cual Él tendría que decidirse. Tendría que bautizarse al llegar a los treinta años de edad. Y así lo hizo; entonces recibió la unción del Espíritu Santo y se puso a las órdenes del Padre celestial y se retiró de Su trabajo de carpintero y de Su propio hogar en Nazaret, y se instaló en Capernaum, a orillas del Mar de Galilea; allí instaló su sede y allí empezó a reunir a Sus discípulos más íntimos. Todo eso acontecía en su vida debido a que había tomado Su propia cruz. Él ha podido decir: Bueno, yo soy un hombre también, y como tal también podría tener mis aspiraciones en el mundo. También tengo derecho a tener una buena casa, de pronto una esposa, y demás. Pero todo eso lo estimó el Señor como algo que no valía frente a la voluntad del Padre; y prefirió decirle: «Aquí estoy, Padre. No me miro a mí mismo. Lo tengo todo porque soy tu Hijo; pero no me importa lo demás. Voy a hacer tu voluntad por encima de la mía». Era legítimo que el Señor Jesús usara Su voluntad, pero Él más bien subestimó Su voluntad por hacer la voluntad del Padre. Eso es tomar la cruz; es decidirse.
Ahora, hay cosas que los afectos por nuestras personas que amamos nos desvían de realmente tomar la cruz; y la cruz es lo que va a curar eso. Ahí dice: "37El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí". Pero ahora viene el remedio: "38Y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí". El que no toma su cruz no puede experimentar lo que el Señor está diciendo en el versículo anterior. Luego remata diciendo: "39El que halla su vida (la de su alma), la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará". Tú puedes decir: No quiero desprenderme de esos afectos. Quiero darle gusto a mi alma; que siga mi alma amando de esa forma, y dedicándole todo el tiempo, y toda su atención y todos sus bienes a todas esas personas que ama más que al Señor. Ese es un placer del alma. ¿Será legítimo eso? Claro, es legítimo. Pero eso está haciendo una barrera entre nosotros y la voluntad del Señor. Hay un trabajo. Ahora se está edificando algo para el reino; y eso lo ha puesto el Señor en nuestras manos. Nosotros no estamos edificando denominaciones cristianas; nosotros no estamos edificando templos; nosotros no estamos edificando empresas religiosas; nosotros estamos edificando el reino de Dios. Eso es simplemente lo que está ocurriendo; esa es nuestra atención conforme nuestra vocación. No estamos interesados en más nada. Desafortunadamente, y porque en este momento no hay otros medios, hoy estamos vendiendo el almuerzo para reunir fondos para el campamento de los jóvenes; otras veces lo vendemos para poder adelantar la publicación de los libros; pero no es lo deseable. Ojalá el Señor nos diera las maneras de no vender nada; de que podamos regalar las cosas: libros, comidas, etc., pero hasta el momento nuestra situación del alma no llega a ese grado de madurez. Le pedimos al Señor que nos ayude para que eso lo podamos vivir algún día; pero por el momento tenemos que enfrentar esta realidad. Pero de todas maneras somos más que vencedores. ¡Aleluya! ¡Bendito el nombre del Señor! Entonces, "39El que halla su vida (la de su alma), la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí (de Cristo), la hallará". Hermano, nuestros afectos son legítimos, pero mucha veces, por esos afectos, nosotros nos desviamos de hacer la voluntad de Dios.
2. La conservación del alma
Avancemos en el segundo punto: la propia conservación de nuestra alma. Es el segundo tópico de la operación subjetiva de la cruz. Este aspecto lo vamos a ver en el evangelio de Marcos. Aunque en Mateo 16 está un poco más detallado y profundo, sin embargo, por haberlo consultado con mayor asiduidad, ahora lo miramos en Marcos 8; con eso consultamos los cuatro evangelios. En el contexto bíblico, el Señor estaba con sus discípulos, sus amigos de más intimidad. "31Y comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo del Hombre padecer mucho, y ser desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y ser muerto, y resucitar después de tres días". Al Señor le era necesario pasar por este padecimiento. Eso significa que Él sabía que iba a sufrir. Aveces me pongo a meditar lo horrible del sufrimiento del Señor; y Él sabía lo que le esperaba. Hace dos años sufrí la fractura de cinco huesos en la pierna y pie derechos, y me sobrevenían a menudo unos calambres, y yo me quedaba rígido, pues a ambos lados de la pierna, salían desde la planta del pie el dolor como si miles de agujas a la vez me traspasasen y taladraran las carnes hasta la altura de la rodilla. Ahora piense en el Señor ahí clavado, presa de terribles calambres, taladrado por horrorosos dolores, anémico, con una sed espantosa, muriéndose por nosotros. Entonces dice: "32Esto les decía claramente (Él no les ocultaba nada). Entonces Pedro le tomó aparte y comenzó a reconvenirle". Nosotros podemos ser guiados por nuestra propia alma o por el alma de otro. Tú aveces puedes estar siendo guiado por Dios, y viene otro y empieza a martillarte por su alma. Ricardo, no hagas eso; ten cuidado de ti. El Señor también tiene misericordia de ti; Él no permite que tú sufras tanto. No vayas a ese lugar, pues allá vas a pasar muchas necesidades. Eso puede salir del alma de otro, no tanto de la tuya. Hermanos, cuando uno todavía es carnal, es fácil que el mismo diablo lo use para sus conveniencias. Un hombre de mundo es uno con el diablo. Miren que la Palabra revela que el Espíritu de Dios se hace uno con el espíritu del creyente, así también una persona del mundo es una con el diablo. Ya Pedro era un creyente, y sin embargo, hermanos, todavía su alma no había sido tratada, renovada; su antiguo adámico ser seguía allí campante. Todavía Pedro no sabía lo que era tomar su cruz, pues ni siquiera entendía lo de la cruz de su propio Salvador. 33Pero él (el Señor), volviéndose y mirando a los discípulos (el Señor no les respondió todo a Pedro en privado, sino que encaró al diablo en la persona de Pero, y quiso que todos los demás lo escucharan), reprendió a Pedro, diciendo: ¡Quítate de delante de mí, Satanás! porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres". El alma mira hacia las cosas de los hombres, aunque sea un creyente, hermanos. Por eso el alma tiene que ser tratada por la cruz, por tu propia cruz. La propia cruz de nosotros y por el Espíritu, va aplicando la cruz de Cristo en el alma nuestra. Toma tu cruz y decídete con valentía, a ver si mañana cuando te levantes tienes el valor de decirle al Señor: Señor, quiero tomar mi cruz hoy. Ayúdame, Señor, porque yo soy cobarde. Sí, hermanos, uno es cobarde. A veces le he dico esto al Señor, pero temblando. Ayúdame, pero yo quiero tomar la cruz.
"34Y llamando a la gente y a sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo (su alma, su yo), y tome su cruz (si no toma su cruz, no hay negación), y sígame". Parece que Pedro no entendió esta declaración del Señor. ¿Por qué lo decimos? Porque más tarde el mismo Pedro llegó a decirle al Señor que Él estaba dispuesto a no dejarlo solo, que él tenía una espada para defenderlo. Si los demás te abandonan, yo no te dejaré. Pedro hablaba todas estas cosas en la carne, y el Señor lo escuchaba hasta que le alertó manifestándole su verdadera situación y la prueba por la que iba a pasar. "35Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará". Hermanos, esto es tan serio, que en un mismo evangelio, Dios repite esta misma palabra hasta tres y cuatro veces. Se refiere a la vida del alma.
¿Qué es perder la vida?
No es que el creyente vaya a dejar de amar a sus seres queridos; no es eso. Tampoco es que vaya a botar lo que tiene; no, hermanos. La transformación es aquí dentro; y en la medida en que nosotros somos renovados, la operación de la cruz subjetivamente, en esa misma medida le damos otro tratamiento adecuado a lo que somos, queremos y a lo que tenemos en el mundo. Porque es fácil pensar que estamos enseñando que debemos tirar por la borda todos los bienes materiales e intangibles. No, hermanos, gózatelos pero en Dios; para ello Dios te está guiando en estos momentos. Esta carga de enseñanza no ha sido nuestra, es de Dios.
Entonces dice: "35Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará. 36Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?" ¿Cuándo perderá el alma? La perderá para el Milenio cuando ya estemos frente al Señor y Él nos empiece a llamar a cada uno de nosotros por nombre. ¿Qué hiciste con la mina que te di? ¿Qué hiciste con los talentos? Bueno, yo lo enterré por ahí. A otros les dirá: Ven, buen siervo y fiel; en lo poco has sido fiel, en lo mucho te podré; ¿y los que no? Echadlo a las tinieblas de afuera, donde será el lloro y el crujir de dientes (cfr. Mateo 25:22-30). A veces nos sobreviene un fuerte dolor de muelas por la noche, y ese dolor nos parece una eternidad. ¿Cómo serán esos dolores durante verdaderos siglos de duración? Siguiendo una enseñanza extraña de la actualidad, muchos creyentes piensan que porque son hijos del Rey tienen derecho de gastar mucho dinero haciéndose cirugías de muchos miembros del cuerpo, a fin de estar a la moda del mundo y de la vanidad, mientras en el pueblo de Dios abunda la necesidad. Eso está dentro de lo que la Palabra dice "salvar su vida" y andar como quiere el alma. ¿Qué dice la Palabra de Dios? Dice: "35Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará". Es decir, perderla es en ese sentido. Es dedicarle realmente y darle al Señor la posición, la atención, el amor, la dedicación que él se merece. Porque lo que Él ha hecho por nosotros, nosotros estamos ahora ciegos, y no lo vemos como lo debemos ver. Yo lo digo por mí. Aveces me da hasta pena con el Señor. Pues no veo como debiera verlo, las cosas tan grandes que Él ha hecho en mi vida. Muy grande; y cuando estemos con Él es cuando vamos a ver esta gran realidad.
Cuando Él venga es cuando vamos a ver la verdadera realidad de lo que somos, ¡Bendito el nombre del Señor! "36Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?" Habla aquí de la eventualidad de que un creyente perdiera su alma; bueno es posible que la pierda, pero no eternamente, porque se trata de los hijos de Dios, y la salvación que Dios nos ha dado es eterna. "37¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?" Cuando estemos delante del tribunal de Cristo, si llegare el caso, ¿cuántas cosas quisiéramos dar? Tal vez desearíamos decirle al Señor: Señor, si me dieras siquiera volver tan sólo un año a la vida de la tierra, verías cómo voy a vivir. Pero si yo te di veinte años (o treinta, o cincuenta, o setenta años) de vida de creyente y no los aprovechaste. Te alargué la vida y ¿nunca escuchaste esto? ¿No lo escuchaste de los maestros? ¿Jamás lo leíste en mi Palabra? ¿No lo intuiste cuando te lo dijo mi Espíritu? Sí, Señor, pero nunca lo creí; y me incliné por recibir y creer en palabra más liviana.
"38Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, el Hijo del Hombre se avergonzará también de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles". Hay una estrecha relación entre la salvación del alma y la venida del Señor a instalar su tribunal para el juicio de la Iglesia. He ahí la propia conservación de nuestra integridad almática.
3. Los bienes temporales y el mundo
Vamos al evangelio de Lucas y desglosemos un poco sobre el amor a los bienes temporales y el mundo. Dice Lucas 17: 31-33: "31En aquel día, el que esté en la azotea, y sus bienes en casa, no descienda a tomarlos; y el que en el campo, asimismo no vuelva atrás". Yo particularmente le doy gracias al Señor por cualquier cosa que nos dé; y es de bendición, pero nada de eso debe ser el centro de nuestro amor ni el objetivo de nuestro corazón 32Acordaos de la mujer de Lot. 33Todo el que procure salvar su vida, la perderá; y todo el que la pierda, la salvará". En aquel día se trata de cuando venga el Señor; ya en ese día no habrá tiempo de reparar nada; pero traslademos ese día a este momento, a este día de nuestras vidas. Allí habla de la mujer de Lot. ¿Cuántos años vivió Lot en Sodoma? Los suficientes para enterarse con creces de lo que estaba sucediendo en la sociedad que habitaba con su familia. Era una situación insoportable, y él no la abandonaba; no se salió cuando todavía lo podía hacer. ¿Qué lo detenía allí? ¿Puso haberse salido? Pudo haberlo hecho a tiempo, pero él tenía sus intereses económicos, sociales y políticos arraigados allí; de manera que todo eso lo ataba a esa corrupta ciudad. Esa era la realidad.
Lot había escogido irse a vivir a Sodoma buscando el bienestar material y la comodidad. Lot era rico, y era una persona importante dentro del contexto de una sociedad mundana, aunque la Palabra de Dios dice que Dios "7libró al justo Lot, abrumado por la nefanda conducta de los malvados 8(porque este justo, que moraba entre ellos, afligía cada día su alma justa, viendo y oyendo los hechos inicuos de ellos)" (2 Pe. 2:7,8). Lot, como Abraham también era justo, pero a diferencia de Abraham, Lot escogió la ciudad mundana, sin mirar la eternidad, y llegó a ser tan importante en Sodoma que llegó a sentarse a la puerta de la ciudad en calidad de juez, y los mismos sodomitas se lo reprocharon (cfr. Gé. 19:9). La Palabra dice que los ángeles enviados para destruir la ciudad, lo encontraron sentado a la puerta de la ciudad. Eso significa que Lot allí era importante políticamente, importante socialmente e importante económicamente; entonces esa alta posición en esas esferas, él no las iba a dejar. De manera, pues, que enredado en todo eso lo sorprendió la acción e intervención del cielo.
Dice la Palabra que Dios no hace nada sin antes comunicárselo a sus siervos en quienes Él confía; y por esa razón Dios le había dicho a Abraham: Abraham, no te voy a encubrir que voy a destruir a Sodoma y a Gomorra. Abraham se interesó mucho con aquella noticia, y empezó a interceder por la ciudad, tal vez pensando en su sobrino Lot. El argumento lo basó preguntándole al Señor si iría a destruir al justo con el impío, pues tal vez hubiese cincuenta justos en la ciudad. Y le rogaba que perdonase la ciudad por amor a esos cincuenta justos. Dios le dijo que si los hubiese, Él perdonaría la ciudad. Pero el caso es que no los había; ni cuarenta y cinco, ni cuarenta, ni siquiera diez, en cuyo caso Dios hubiera perdonado la ciudad por tan sólo diez justos. Repito: seguramente que Abraham estaba buscando salvar a su sobrino. Pero la realidad es que no había ni cinco justos. Bueno, pero si no hay ni siquiera cinco justos, ¿qué hace mi sobrino en esa ciudad? ¿Qué hace mi sobrino en medio de semejante barbarie?
Los ángeles del Señor salieron con dirección a Sodoma y encontraron a Lot allí de juez sentado a la puerta de la ciudad corrompida. Los ángeles fueron hospedados por Lot en su casa, pese a que la intención de ellos era quedarse en la calle aquella noche. Tal vez ellos querían pasar inadvertidos y actuar conforme a la voluntad de Dios. Pero Lot había vivido en medio de una sociedad tan perversa, que los varones de la ciudad rodearon esa noche su casa buscando a los varones que habían visto entrar en ella. Aquello había llegado tan bajo, que ni siquiera querían a las hijas de Lot, doncellas aún, es decir que no habían sido tocadas por varón alguno, sino que preferían a los ángeles antropomorfos que Lot había alojado en su casa. Hoy, en la sociedad que nos ha tocado vivir, vemos que se está erigiendo una gran Sodoma, y la sodomía está siendo admitida y legalizada. Ya en muchos países han legislado a favor de la unión matrimonial de parejas del mismo sexo; porque se está llenando nuestra sociedad del mismo espíritu que esclavizó ciudades como Sodoma y Gomorra; y corren vientos de doctrinas que están llenando a muchas congregaciones cristianas de deprimentes espectáculos y costumbres de ese mismo mundo.
En el contexto del capítulo 19 del libro del Génesis, a Lot le fue dicho, cuando fue sacado de la ciudad con su mujer y sus dos hijas: "17Escapa por tu vida; no mires tras ti, ni pares en toda esta llanura; escapa al monte, no sea que perezcas". Pero, ¿qué sucedió con su esposa? Da la impresión de que ella era la que más atada estaba a ese mundo sodomita. "26Entonces la mujer de Lot miró atrás, a espaldas de él, y se volvió estatua de sal". Mirar atrás es mirar al mundo de donde salimos, mirar sus atractivas diversiones, sus superficiales y engañosas relaciones sociales, en fin, todo lo que ese mundo encierra. Una persona creyente que esté mirando para atrás se puede quedar como la mujer de Lot, pues la sorprende la muerte o la venida del Señor y queda convertida en una estatua de sal. Disfrutemos los bienes recibidos de Dios, pero hagámoslo para el Señor, conforme Su voluntad y misericordia. Es una bendición tener bienes, porque Dios nos los ha dado; pero el Señor ha puesto en nuestra manos ciertas cosas con un fin determinado, no para que nos perdamos. Tengámoslo todo a disposición del Señor.
¿Qué miraba la mujer de Lot? Tal vez miraba sus empresas que dejaba, miraba todos esos bienes, sus amistades, su círculo social, miraba con nostalgia toda esa vida a la que se había acostumbrado. Tal vez pensaba: «¡Ay, todo lo que yo dejo atrás! Quién sabe ahora para dónde vamos». Pero Dios quería librarlos de males mayores.
4. Los frutos
Pasemos ahora al evangelio de Juan 12:20-26 para ver el fruto de la operación subjetiva de la cruz. Creo en el Señor que en lo que se está hablando hay mucha claridad de lo que es la cruz. Dice la Palabra de Dios: "20Había ciertos griegos entre los que habían subido a adorar en la fiesta". Estos griegos que menciona aquí, se refiere a prosélitos de la religión judía; eran gentiles creyentes del judaísmo, e iban a adorar en el templo de Jerusalén, pues también creían en Dios pero siguiendo las prácticas del Antiguo Testamento. "21Estos, pues, se acercaron a Felipe, que era de Betsaida de Galilea, y le rogaron, diciendo: Señor, quisiéramos ver a Jesús. 22Felipe fue y se lo dijo a Andrés; entonces Andrés y Felipe se lo dijeron a Jesús. 23Jesús les respondió diciendo: Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado. 24De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto". ¿Qué significa esta palabra? ¿Qué relación tiene con aquellos griegos? Señor, ¿por qué tú no hablas con ellos? ¿Hay algo que impida que los recibas y los atiendas a ver qué quieren de ti? Pero el Señor Jesús sabía perfectamente a qué venían estos griegos; y Él en esos momentos no podía serles útil; no podía. El Señor tenía la gloria de Dios dentro de Sí, pero esa vida, para que pudiera dar su fruto, tenía que salir, pero Su misma humanidad se lo impedía. Como hombre, Jesús era un simple carpintero en Nazaret. Lo leemos en Mateo 13:53-56: "53Aconteció que cuando Terminó Jesús estas parábolas, se fue de allí. 54Y venido a su tierra, les enseñaba en la sinagoga de ellos, de tal manera que se maravillaban, y decían: ¿De dónde tiene éste esta sabiduría y estos milagros?" (Sus paisanos lo habían visto crecer con ellos; lo habían visto cómo ayudaba a sus padres, y cómo había aprendido el oficio de carpintero con José) 55¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas? 56¿No están todas sus hermanas (hay una tradición que dice que Jesús tuvo dos hermanas) con nosotros? ¿De dónde, pues, tiene éste todas estas cosas?". En Mateo dice que Jesús era hijo del carpintero de Nazaret, pero en Marcos dice que Él era el carpintero. Tal vez siguió el oficio después de la muerte de José. Leámoslo en Marcos 6:1: "1Salió Jesús de allí y vino a su tierra, y le seguían sus discípulos. 2Y llegado el día de reposo, comenzó a enseñar en la sinagoga; y muchos, oyéndole, se admiraban, y decían: ¿De dónde tiene éste estas cosas? ¿Y qué sabiduría es esta que le es dada, y estos milagros que por sus manos son hechos? 3¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas? Y se escandalizaban de él. 4Mas Jesús les decía: No hay profeta sin honra sino en su propia tierra, y entre sus parientes, y en su casa". Jesús era el carpintero; entonces un mero carpintero, ¿qué podría darle a unos griegos prosélitos del judaísmo? Miren, hermanos, Él era también una persona humana; incluso su misma madre y sus hermanos quisieron estorbarle en su ministerio. A lo mejor puede que exagere un poco, pero es posible que sus mismos parientes más cercanos pensaran de Él que los estaba haciendo quedar mal en la sociedad.
El grano de trigo
Entonces vemos en la Palabra que Cristo tiene a Su familia espiritual, a la Iglesia, por encima de la familia humana. La verdadera familia de Cristo es la Iglesia. Leamos acerca de esto en Mateo 12:46-50: "46Mientras él aún hablaba a la gente, he aquí su madre y sus hermanos estaban afuera, y le querían hablar". Seguramente al llegar encontraron una copiosa multitud y les era muy difícil llegar hasta donde estaba ubicado el Señor; seguramente empezó a pasarse la voz de persona a persona hasta llegar a alguien junto al Señor. "47Y le dijo uno: He aquí tu madre y tus hermanos están afuera, y te quieren hablar". Aveces hago estas conjeturas debido a que al leer el contexto me pregunto: ¿Por qué los parientes del Señor no podían esperar que Él terminara y luego acercarse a hablarle? Esto suena como a interrupción sin otro objetivo que el de aconsejarle que no siguiera con eso. Porque observemos la respuesta del Señor. "48Respondiendo él al que le decía esto, dijo: ¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos? 49Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. 50Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre". Vemos aquí la verdadera familia del Señor. No se trata de que Él haya dejado de amar a María y a sus hermanos en la carne. Amados, ¿cómo se hace la voluntad de nuestro Padre que está en los cielos? Tomando la cruz cada día. ¿Quiénes son, pues, la madre y los hermanos del Señor? Son todos los hijos de Dios vencedores, los que cada día toman su cruz para obedecer a Dios. Nosotros somos la familia del Señor.
El Señor mismo pasa por esta situación, y esto nos sirve a nosotros como ejemplo. "24De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto". ¿Cómo muere? Lo dice el siguiente versículo: "25El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará". Así muere; para dar fruto tiene que morir. El grano de trigo es una semilla perfecta, pero tiene una cascarita dura; tan dura, que puede durar intacto hasta veinte años sin que pierda la vida que guarda dentro. Pero para que se multiplique, debe morir. Para que salgan de él otros mil granos, debe pasar por un proceso de podredumbre y transformación; y cuando ya ese cascaroncito se pudra y sea destruido, y pierda ese grano su individualidad, es cuando empieza a brotar y a salir la vida que encerraba por dentro. Nosotros también tenemos un cascarón en nuestra vida, que no deja que la vida de Dios, la vida de Cristo, salga y se manifieste a través de nosotros. Porque tenemos unos afectos que no los controla nadie sino nuestra alma; y tenemos una integridad almática que no la queremos perder; tenemos unos bienes que nos amarran, que no nos sabemos dominar en el espíritu y por Dios, y por eso no damos fruto.
Miren cómo las cosas se van concatenando; y lo que Dios quiere es que lo que tú eres y tienes, sea para dar fruto en Cristo Jesús. Ahí lo dice: "25El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. 26Si alguno me sirve, sígame; y donde yo estuviere, allí también estará mi servidor. Si alguno me sirviere, mi Padre le honrará". ¿Qué debemos hacer con el grano de trigo? Llevarlo al terreno; un terreno ya labrado, un terreno con humedad, un terreno con calor suficiente, un terreno que reciba la luz solar, un terrero aireado, un terreno apropiado, y abonado; allí se siembra y empieza el proceso de muerte y resurrección de vida. ¿Qué necesita nuestra alma para ser procesada así? La cruz, la cual tenemos que tomarla nosotros, hermanos.
Entonces que el Señor nos ayude a que todo lo que somos, a que todo lo que tenemos, a que todo lo que amamos, sea encaminado a servir al Señor. Gracias te damos, Señor. Amén.
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